Pétalos sobre Nieve

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Este relato forma parte del mundo de ficción Heroes di Palo

 

El frío se clavaba como agujas en la garganta, nariz y boca de Torrajnar Ulsfon. Nubes de vapor congelado salían de sus labios constantemente por la rápida respiración de la marcha forzada. Capas de escarcha cubrían casi por completo mechones de la gran barba castaña peinada en trenzas gruesas. Incluso su cuerpo, cubierto por el sudor del ejercicio, emanaba vapor condensado dándole una imagen fantasmal. Su expresión de resolución cejuda daba más agresividad a su rostro decorado por múltiples tatuajes de color azul por toda la cara y cabeza.

Varias capas de ropa de cuero y pieles, protegían al Enano del frío cortante y los vientos helados que corrían por las estepas de Nordicia. La nieve crujía rompiéndose a su paso firme y decidido, la cual parecía devorar sus pies constantemente.

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Imagen by Mr. Jack

Nordicia, el país del frío eterno, estaba cubierto por nieve y esto sólo en las zonas periféricas. En el centro todo era hielo, un desierto de opaco y frío hielo, lleno de tundra, dunas, gargantas y muros de agua petrificada. Estas tierras eran duras y de muy mal carácter, sometidas a la inclemencia del bajo cero perpetuo; la vida en ellas estaba casi condenada al fracaso.

Por esto los Enanos decidieron, eones atrás, ceder la superficie al frío y a las criaturas que pudieran sobrevivirlo. Así, Trolls, Gigantes, Wyvernas, Huargos y otros seres tan peligrosos como legendarios, hacían de la superficie su hogar por derecho propio.

Las Razas Sociales en cambio, encontraron su morada en el mundo subterráneo. Múltiples ciudades y pueblos se extendían a lo largo, ancho y profundo en intrincados laberintos y enormes salas excavadas en la roca o aprovechando grutas naturales.

Las nubes ocultaban permanentemente el Sol, el cual veías si eras afortunado dos o tres veces en la vida. Aun así, en la superficie seguían habiendo materiales de necesidad que debían ser recolectados o cazados, como madera de los enormes y poderosos Abetos Moteados, tarea en la que los leñadores de la ciudad debían partir a diario (excepto cuando el tiempo era demasiado malo) para talar y recoger cuanta madera podían. Si los Lacronios podían alardear de su Acero, duro y persistente, los Nordicios tenían el Abeto Moteado para responder. Ningún otro tipo de madera había demostrado ser tan resistente, duradera y a la vez, fácil de trabajar con las técnicas apropiadas. Un buen artesano carpintero y ebanista de esta madera era tan respetado como un Harlar, los gobernadores de las grandes ciudades.

Fue un grupo de leñadores el que se topó con el problema de esta historia. O mejor dicho, el problema los encontró a ellos. Durante dos días seguidos, una extraña bestia había atacado y matado a un par de ellos. El primer día fue considerado mala suerte (es algo que a veces pasa en estos lugares), pero el segundo indicaba costumbre.

Así que el hacha de Torrajnar, como Harlar de la ciudad, debía ser la primera en ser empuñada. Y no miento cuando digo que no le temblaba el pulso al hacerlo. Emprendió el camino sin más compañía que Haarlika, su hacha de doble filo, y el Skald personal que le seguía a todas partes.

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Torrajnar la portaba a Haarlika a su espalda, bien sujeta por unas correas. El mango había sido hecho en hierro y cubierto por tiras de cuero duro. El filo en cambio, fue forjado en el mejor material que se podía desear para un arma: Acero Lacronio de Lacre, el único país que conocía y guardaba celosamente el secreto de trabajar tal material. El filo estaba surcado por detalles tallados, runas y otros escritos con el fin de asegurar que los dioses dieran fuerza y sabiduría a su portador. No era un arma mágica, pero eso no quitaba valor a las supersticiones de dedicar un arma. Con magia o sin ella, Haarlika había sido entregada a él cuando alcanzó la madurez de edad por la Hermandad de Herreros, y había demostrado numerosas veces ser un amigo fiel y eficiente que le acompañó durante toda su vida. Un hacha del que la Hermandad se sintió orgullosa.

Unos pasos por detrás de él, su Skald le seguía a la carrera, encargado durante toda su vida de recordar cuantas hazañas realizara Torrajnar e inmortalizarlas en cantos y poemas. Le parecía increíble la facilidad con la que Torrajnar podía moverse por la nieve pese a su corta estatura, y es que uno no se pasaba la vida en esta tierra sin aprender a moverse eficientemente entre la nieve y en el caso del Enano, eso era muchos años.

– Este es el sitio – dijo el Skald, por detrás del Harlar –. Y allí pueden verse aun huellas de los leñadores, gracias a que no ha nevado en días. Vienen de allí.

– Vamos – gruñó Torrajnar.

Tras unos metros remontando las huellas de la huida de los leñadores, llegaron a un punto justo donde empezaba el bosque, una basta y densa marabunta de Abetos que crecían de forma salvaje. Allí, en el suelo, podía verse la mancha de sangre congelada en la nieve y el cuerpo de uno de los leñadores.

Se encontraba destrozado, el cuerpo casi partido en dos por el pecho y era obvio que algo o alguien lo había devorado parcialmente. Se veían los huesos quebrados de piernas y brazos y algunas de las costillas habían sido rotas en un intento de arrancar la carne del torso.

– Es Gorgonso. Un buen hombre, y buen brazo para talar árboles –dijo el Skald.

– De momento lo dejaremos ahí. Luego nos lo llevaremos para hacerle un entierro apropiado – dijo Torrajnar – . Supongo que la criatura volverá a venir a este sitio. Ha debido de aprender que aquí hay comida fácil y volverá a por más. Haré como que corto el árbol para atraerlo.

Sacó un hacha rudimentaria y comenzó a fingir talar un árbol, aunque realmente estaba bien atento, con los sentidos centrados en cualquier ruido o sombra que pudiera delatar que algo raro se acercaba.

No tuvo que esperar mucho cuando oyó ruido de ramas crujiendo. Algo merodeaba al rededor.

– Ya viene. Por ahí.

– ¡Silencio! No lo asustes.

Así siguieron unos minutos más que parecían eternos, oyendo como el ruido sofocado de ramas rotas se iba haciendo más próximo. La tensión crecía… Silencio… Una rama rota… Más silencio… Tensión… Era el silencio que precede la batalla.

Torrajnar se movía más despacio pendiente del ruido, a la espera de que la criatura apareciera de una maldita vez. Sin dejar de golpear el árbol con una mano, asió a Haarlika con la otra.

Algo saltó de entre los árboles abalanzándose contra Torrajnar. Este esquivó el ataque de una garra a duras penas, por puro instinto. No era extraño que los leñadores, concentrados en su trabajo, hubieran sido presa fácil.

El Enano dejó el hacha de trabajo y blandió Haarlika frente a la criatura. Esta se había quedado quieta frente a él, observándolo.

– ¿Pero qué cosa más fea es esa? –dijo el Skald, intentando encontrar palabras para describirla.

La bestia, obviamente estaba acostumbrada a un ataque rápido y mortal en el que el resto huían y lo dejaban tranquilo con su presa; la actitud agresiva del Enano le hizo sentir confusa. Lo observaba con unos ojos grandes como platos y blancos como la sal de roca, analizando la situación con su mente animal. Su respiración era también acelerada y pesada, creando espesas nubes de condensación por el hocico rosáceo, ancho pero corto, lleno de dientes mal puestos. Unas orejas grandes y puntiagudas surgían de ambos lados de la cabeza encarando lados opuestos. El resto del cuerpo era grande, más que Torrajnar y, aunque caminaba a cuatro patas, las delanteras eran tan largas, que le hacían parecer erguido como una persona. La piel, áspera como cuero sin curtir y tan lechosa como los ojos, se ceñía a la carne definiendo una musculatura atlética y potente. Una línea de pelo grueso también albino rodeaba el cuello y descendía por la parte trasera de los brazos y la columna hasta acabar en el lumbar. El color le hacía carecer practicante de contraste contra la nieve volviéndolo difícil de ver, especialmente al estar tan inmóvil. No emitía sonido alguno y esto, en la experiencia del guerrero, no era bueno. El perro que ladra, es el que no se atreve a morder.

Torrajnar se acercó a él, con el hacha bien aferrada, preparado para descargar golpes cuando hiciera falta. Caminaba ligeramente encorvado, aparentando ser incluso más pequeño de lo que era. Nubes de vapor salían a golpes secos por los agujeros de la nariz. Había visto que la bestia era rápida y no quería exponerse dando el primer golpe. Se movió en círculo, flanqueándola mientras esta no le perdía de vista tampoco a él. Estaba confusa, pero para nada asustada.

El Enano hizo un falso ataque para tantear, pero la criatura no tenía mucha inteligencia y lo tomó como un ataque real. Esta saltó hacia atrás y automáticamente se abalanzó contra Torrajnar. Él, apenas pudo hacer otro movimiento que golpearle en plena cara con el mango del hacha para apartarla de encima. Pero la bestia ya había decidió atacar y tal que tocó el suelo volvió a cargar contra él. Torrajnar la esquivó y esta pasó por encima de él, pero cayó más cerca de lo que previó, a distancia de propinarle un zarpazo con una de sus larguísimas patas. Las garras se clavaron en la carne, atravesando piel, ropa y cuero. El Enano se contuvo de gastar inútilmente energía en gritar y en cambio respondió con un movimiento circular, impactando con fuerza en el hombro del predador. Quizá debido a la dureza de su piel, Haarlika apenas hizo mella en su cuerpo y rebotó sin hacer brotar sangre alguna. Aun así, el monstruo gruñó de dolor pero no retrocedió, sino que se tiró a morder al Enano con mayor furia.

Haarlika bloqueó la boca poniendo el mango de por medio, pero el Enano no pudo evitar ser derribado de espaldas por el empujón, cayó sobre la nieve y se hundía bajo el peso de la aberración blanca. Forcejearon unos segundos, en los que el animal mordisqueaba con rabia el mango, quebrando el cuero que lo cubría allí donde los dientes hacían fuerza. Hilos de baba caían sobre la cara del Enano y el vapor de ambas respiraciones se entremezclaba. Torrajnar le propinó una patada en el pecho, cortándole la respiración unos segundos. Aprovechó esto para sacar el mango de las fauces del animal y golpear de abajo a arriba en las mismas. Este, por el impulso retiró la cabeza hacia atrás y Torrajnar aprovechó para asestarle un gran golpe en plena cara. Haarlika seccionó en dos partes el hocico de la bestia, salpicando sangre, dientes y babas, rompiendo el albino color de la nieve con el rojo de la sangre caliente.

El animal se convulsionó y retrocedió profiriendo un espantoso aullido de dolor, su mandíbula parecía ahora una flor de cuatro pétalos carmesíes abierta. Se retorció y saltó salpicando todavía más de sangre. Sus garras se movían en todas direcciones sin saber exactamente dónde, únicamente para evitar que nadie se le acercase.

Torrajnar lo observaba, atento a encontrar el momento oportuno para dar otro golpe, a ser posible mortal.

La criatura giró sobre si misma, o más bien, se retorció, dándole la espalda durante un segundo. El Enano lo aprovechó para saltar sobre ella y Haarlika la mordió con furia en la espalda. Pese a haber usado toda su fuerza en el ataque, el filo apenas se clavó unos pocos centímetros en la impenetrable piel del animal. Al fin y al cabo, sin ningún pelaje, de alguna manera debía ser capaz de soportar los vientos lacerantes de la superficie.

La bestia volvió a retorcerse, más por la impresión que por el dolor. Pilló desprevenido al Harlar pensando en la dureza de la piel, con lo que pudo golpearle con el brazo y tirarlo al suelo, donde volvió a hundirse en la nieve. Acto seguido, el animal se lanzó hacia él. Y le hubiera muy mal herido, empalando al Enano con sendas garras afiladas, si una piedra lanzada por el Skald no le hubiera impactado en la cabeza. No le causó mucho daño, pero si lo suficiente como para hacerle fallar y permitir a Torrajnar salir del agujero en la nieve y contraatacar. Esta vez descargó todas sus fuerzas en un revés al cuello al tiempo que un gruñido de esfuerzo se le escapaba. El filo Lacronio hizo un buen corte esta vez, del que brotó un buen chorro de la vida del animal y nuevamente se tiñó de rojo la nieve blanca, fundiéndose a contacto del calor del líquido. La criatura dio un golpe a ciegas con una de las patas, fue fácilmente esquivado y sin perder más tiempo, Torrajnar, repitió el mismo golpe en el mismo punto. El corte profundizó más en el cuello. Salpicaduras de sangre cubrían casi por completo a Torrajnar, mezclándose con la de su propia herida.

La fiera dio un salto extraño, que acabó por tirarlo hacia atrás. La vida se le escapaba en regueros de un rojo intenso. Gruñía, gritaba en gorgoteos ahogándose en su propia sangre. Se convulsionaba y daba golpes al aire, levantando puñados de nieve en un intento desesperado de aferrarse a la vida.

Torrajnar lo observó a cierta distancia, y cuando el animal parecía perder fuerza, se acercó a él. El Skald apenas podía distinguir nada, ya que la pobre criatura estaba muy hundida en la nieve, pero pudo ver como su Harlar levantaba a Haarlika con las dos manos y dio un golpe de verdugo. Sangre salpicó nuevamente el rostro del Enano. Otro golpe. Y un tercero. Al cuarto, Torrajnar pareció satisfecho.

Tomó la cabeza, se la enseñó al Skald, luego la metió en un saco y le dijo:

– Espero que hayas tomado buena nota y no olvides nada de lo ocurrido. Y sobre lo de la piedra…

– Nunca hubo tal piedra – se apresuró a terminar la frase el Skald.

– Bien – dijo. Limpió a Haarlika al tiempo que pensaba en voz alta – . Debía ser un Wendigo o algo así. Quizá llegó hasta aquí acosado por otros monstruos más grandes; Trolls o Gigantes. Es probable que más bestias aparezcan pronto. Habrá que estar preparados.

Dicho esto, tomó el cadáver del leñador al hombro y emprendió el camino a casa, con la cabeza de la fiera colgándole del cinturón, goteando sangre oscura que escapaba por entre el tejido del saco, perlando la blanca nieve como pétalos de rosa sobre la nieve.

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Pero lo que ocurrió cuando llegaron a la ciudad, la cena y el relato del Skald sobre la pelea contra el monstruo, es otra historia que no me corresponde relatar.

Relato de javier C.H.

Las fotografía pertenecen a sus respectivos autores.

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