La Voz de la Razón

 

 

La voz dulce de mi Asistente Artificial me saca con urgencia del sueño en que había caído.

Te llaman a servicio, Krzys —dice desde mi móvil.

—Gracias, Ángela. ¿Puedes contestarles que voy de camino? —respondo saltando del sofá.

—Por supuesto. Por cierto, quizá no es el mejor momento, pero quisiera recordarte que tienes la nevera de casa casi vacía. ¿Quieres que te haga el pedido online al supermercado?

—Eh… Sí. ¿Sabes lo que hace falta, verdad?

Mucho mejor que tú —bromea Ángela—. Si me permites, voy a pedir según a una dieta. Últimamente los sensores de casa te han detectado un aumento del 15% de grasa y peso en tu cuerpo.

—Como quieras. Gracias, Ángela —digo mientras me apresuro por los pasillos del Centro de Seguridad hacia mi puesto, en la sala Control de Drones.

Ángela es como mi madre personalizada, todo lo que hace es por mi bien; es para lo que está programada su Inteligencia Artificial. Cuántas veces me habría encontrado con la nevera vacía o sin saber dónde aparqué el aerocoche si Ángela no me hubiera informado. Madre y secretaria personal en el móvil, en la palma de mi mano; miles de felices y satisfechos ciudadanos llevando una vida más fácil sin tener que preocuparse de cosas sin importancia, gracias a sus Asistentes.

En la puerta de seguridad, acerco el ojo al lector de retina, y tras comprobar que efectivamente soy yo, la compuerta se abre y entro en la sala Control de Drones.

Dentro, otros pilotos están en sus puestos, frente a paneles similares a los de un avión pequeño, con varios monitores en los que ven lo que los drones ven.

—Buenos tardes, Krzys —saluda la voz de Johnny-6, el Asistente en mi panel de control.

—Buenas tardes, Johnny. ¿Me pones al corriente?

—Por supuesto, Krzys; se está llevando a cabo un 242-6 en plena vía pública.

—De acuerdo. Activa un dron y que vaya para allá. Mientras pásame toda la información que tengas sobre el objetivo.

—Wheatley T. Johns. 25 años. Caucásico. Varón. 1.80m, 180Kg. Antecedentes penales por varios asaltos, destrucción de propiedad pública y asesinato. 3 años en el centro psiquiátrico por I.M.H. —me cuenta mientras muestra imágenes y videos de archivo del sujeto.

Al mismo, Johnny ha activado un dron, y ha salido de la nave con la que sobrevolamos la Metrópolis, a varios kilómetros de altura. Lo dirige con precisión de cirujano por el camino más rápido a un destino que ni yo conozco, entre el tráfico saturado de aerovehículos, carteles publicitarios y otros drones. Dile a una persona que haga la mitad de esas tareas a la vez y le explotará la cabeza.

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—Ambos brazos, piernas, ojos y médula espinal son prótesis cibernéticas. Mejora de fuerza, implantes craneales varios, y acceso a la Red vía craneal. Actualmente posee un filo retráctil implantado en el brazo derecho y un arma de fuego en el brazo izquierdo. Está armado y es extremadamente peligroso.

»Actualmente está bajo los efectos de una Crisis de Incompatibilidad. Ya ha causado destrucción valorada en más de 100.000 Bitcoins, y la muerte de cinco civiles, siete agentes, y diez heridos.

—Gracias, Johnny.

Para cuando termina de darme la información, el dron ha llegado al destino y las imágenes de la destrucción de Wheatley están siendo recibidas en uno de mis monitores, con amplificación de luz y estabilizador de imagen.

Puedo ver con toda nitidez y amplificación de la luz mediante visión de ISO varios cuerpos por el suelo en charcos de sangre, un par de coches en llamas y escombros de paredes destrozadas. No es mi función hacer balance de daños, y de hecho puedo ver el dron de alguno de mis compañeros identificando los cadáveres y heridos, y un par de drones evaluando los costes para sus compañías de seguros. Varios agentes han creado un perímetro de seguridad para evitar que ningún civil se acerque, pero aun así no podrán evitar que cientos de ellos de amontonen y graben la escena con sus móviles o cámaras implantadas en sus ciberojos. Los agentes han recibido la orden de no actuar hasta que reduzca al objetivo, evitando así más bajas innecesarias, así que hay que ponerse manos a la obra.

Si alguien sufre una C.I. en la que pierde el control de sí mismo por los ciberimplantes que lleva, nuestra misión es encontrar y neutralizar a estos individuos cuando son especialmente peligrosos para los servicios de seguridad estándar. En algunos casos, los objetivos son máquinas y androides que alguien ha hackeado, son víctimas de un virus o algo les pasa y están fuera de control. Pero la verdad es que son los humanos los principales causantes de problemas.

Aunque prácticamente todo el mundo lleva cierta cantidad de ciberimplantes y hacen una vida normal con sus discos duros craneales, un ojo biónico con cámara u oídos mejorados, la mente es muy frágil y no es capaz de soportar esta intrusión a su naturaleza. Cuando esa línea empieza a ser pisada, comienzan las crisis. Si vas demasiado lejos, te pasa lo que le pasa a Wheatley; el cerebro es incapaz de procesar información normal y mecánica. Demasiada presión para un órgano tan delicado, complejo y apenas descifrado a día de hoy. Demencia extrema, esquizofrénia paranoide, incapacidad de autocontrol, histeria destructiva…

Un 242-6, en otras palabras.

Y entonces, nosotros entramos en acción.

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Los de nuestro equipo tenemos prohibido tener ningún implante, debemos permanecer completamente orgánicos para evitar estas crisis. Pero en su lugar contamos con nuestros drones, para ofrecernos mayor ventaja táctica, y los Asistentes que los controlan y nos ayudan a nosotros.

Francamente, los Asistentes son la mejor ayuda con la que se puede contar. Aunque la mayor parte de mis compañeros que están en esta sala, patrullando y controlando la seguridad de la metrópolis, son de lo mejor en su terreno, sin sus Asistentes no darían pie con bola.

Lo sabemos perfectamente.

Nosotros nos agotamos, enfermamos, tenemos una capacidad de atención limitada, nos distraemos, cabreamos o cientos de cosas que nos hacen menos eficientes. Los Asistentes cumplen con su cometido al cien por cien siempre. No sienten celos, envidia, ni buscan ascender como lo hacemos nosotros. Un Asistente es incorrupto, no tiene maldad. Es puro. Y tampoco comete errores llevado por deseos, miedo o estrés.

Por eso nuestra vida ha mejorado desde que las I.A. cuidan de nuestras dietas, rutinas y horarios. ¡Ni siquiera recordaría cuando me toca custodia de mi hija si no fuera por Ángela, maldita sea!

Los humanos somos tan irremediablemente estúpidos y torpes. Nuestras emociones nos han hecho cometer tantos errores en el pasado…

Es por esto por lo que en las últimas elecciones la Humanidad tomó la decisión más sensata que pudo haber tenido; elegir democráticamente, y con total mayoría, a una I.A. como Primer Ministro en lugar de un Humano. Una mente sensata, coherente e imparcial, que no desea poder, ni gloria, ni puede ser engañada.

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—¿Pasamos a la acción, Krzys? —dice Johnny, devolviéndome a la realidad. Yo en mis sueños, y el Asistente plenamente concentrado en su trabajo. ¿Veis a lo que me refiero?

—¿Podemos acceder a su frecuencia?

—Lamentablemente la tiene encriptada.

—Pues tendremos que hackearla. Sintonízala.

—Ya estoy en ello —responde con calma.

La memoria interna de Johnny trabaja a una velocidad que nosotros no somos capaces ni de imaginar, rastreando las microseñales que emiten los implantes de Wheatley a través del dron. Todos los ciberimplantes cuentan con unos emisores de radio, de forma que pueden ser rastreados y controlados a distancia si se consigue acceder a ellos. Es la manera en que trabajamos. Generalmente, si el implante es legal, dicha frecuencia es fácil de conseguir y de reducir al sujeto. Pero algunos las encriptan precisamente para evitar esto. Por supuesto, esto, es completamente ilegal.

—Ya tengo la frecuencia, Krzys.

—Gracias, Johnny —no sé qué haría sin él—. Hackea el Sistema Nervioso Central.

—Ya está hecho, Krzys. Me tomé la libertad de hacerlo en cuanto sintonizamos su frecuencia. Espero que no le moleste.

Maravilloso. Durante estos años habrá estado analizando mi modus operandi y ha aprendido a anticiparse a mis decisiones.

—Paralízalo. Y ya puestos apaga sus ciberojos y todos sus miembros. Redúcelo a un pelele.

En el monitor puedo ver como la masa de metal y músculo, que había estado gritando y devolviendo el fuego contra los agentes, cayó como un peso muerto en el asfalto.

—Diles que el objetivo ha sido neutralizado. Buen trabajo, Johnny —trabajo hecho.

Me recosté en el asiento y vi como los oficiales se acercaban al cuerpo apagado de Wheatley. Era ridículo como estos oficiales continuaban apuntándole con las armas, en previsión de que aún estuviera operativo.

—¿Y si hacemos que se le mueva un brazo? Seguro que se llevarían un buen susto.

—Sería divertido. Sin embargo debo informar que hacerles creer que no está completamente reducido podría hacerles desconfiar de nuestra eficiencia en el trabajo.

Johnny tiene razón. Aunque sería muy divertido gastarles una pequeña broma, lo más sensato es dejar las cosas como están.

Francamente, sin las I.A. esta sociedad sería un caos.

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Las ilustraciones pertenecen a sus propietarios.

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