Un nuevo tipo de espectáculo

El depredador llamó a la puerta del señor Gurnate. Su nombre era Garrison y trabajaba en la oficina de hacienda.

Un hombre de mediana edad, con intachable expediente, serio y educado; un miembro respetable de la comunidad. Todo ello una fachada que ocultaba a una bestia salvaje de instintos ferales.

Hoy había salido de caza y el señor Gurnate era su presa. Este era un hombre solitario sin familia que vivía solo, una víctima perfecta con la que deleitarse satisfaciendo sus ansias homicidas. Su posición privilegiada en hacienda le permitía acceder a la información de la gente, y seleccionar a los más adecuados y vulnerables.

Mientras esperaba a que aquel abriera la puerta, dedicó unos segundos a asegurarse que su aspecto era insuperable, no sólo por las apariencias, sino por su propia satisfacción personal.

La americana azul marino, la camisa blanca y la corbata, perfectamente planchadas y limpias, a juego con los zapatos. Se miró en el espejito de bolsillo disfrutando de su propia efigie. Un afeitado de anuncio, dientes blancos y piel suave bien cuidada. Su imagen era impecable. Casi divina. De hecho, propia de un dios.

De entre su repertorio de «caras», esa mañana había tomado la del Encantador; un personaje que había creado durante años de observación, imitación y práctica. Este perfecto caballero ocultaba el monstruo frío y despiadado que realmente era. Un monstruo que disfrutaba asesinando a sangre fría.

Shlomi Nissim

Nunca había sentido lástima ni remordimientos por ninguna de sus víctimas, sino bienestar y la satisfacción de ser él quien tomaba el control. Por supuesto no había nada personal hacia ninguna de ellas, ni siquiera las conocía. Sólo eran presas elegidas metódicamente de entre una masa de posibles objetivos.

En su maletín, estaban delicadamente dobladas y bien dispuestas las herramientas que iba a usar; no eran papeles ni documentos como cualquiera podría creer, sino un traje completo, guantes y máscara de plástico que le protegería de mancharse de sangre. Como fetiche, hoy le apetecía usar un cuchillo largo y estrecho para hundirlo lentamente en su víctima.

Estaba disfrutando de la imagen, a medio camino de una erección, cuándo la puerta se abrió lo que la cadena de seguridad dio de sí. Alguien le miraba en silencio con unos ojos apagados, en los que Garrison pudo leer la timidez y recelo en sus ojos.

—Buenos días, señor Gurnate —dijo en tono tranquilizador con una gran sonrisa—. Mi nombre es Garrison y vengo en nombre de la Agencia Tributaría. ¿Podría pasar un momento, por favor?

El hombre, al otro lado de la puerta, desvió la mirada. El cazador detectó inseguridad. Estos eran fáciles de manejar.

—No creo que sea buen momento ahora. No puedo atenderle. ¿Por qué no vuelve mañana? —respondió en voz baja sin mirarle a los ojos.

Un contratiempo. Esto no gustó al depredador, a escasos centímetros de su presa.

—Comprendo que he aparecido sin avisar y no ha sido lo más oportuno. Le pido disculpas por molestarle pero, por favor, señor Gurnate, tengo que insistir. Tengo una agenda muy apretada y me causaría muchas molestias tener que volver otro día. Solo llevará unos pocos minutos y me haría un gran favor —remarcó el concepto del favor. A los débiles les gusta complacer a sus superiores.

El hombre dudó unos segundos.

—Ahora me pilla muy ocupado. Vuelva mañana.

Tanto contratiempo le estaba poniendo nervioso. Tenía un cuchillo en el maletín que satisfacer. ¿Es que este estúpido egoísta no era capaz de entenderlo?

—Me temo que me es imposible volver mañana. Por favor, le aseguro que seré lo más breve posible. Por favor, déjeme pasar, debo insistir.

La puerta se cerró sin aviso.

zebra

Todo parecía fallar con este tipejo. Sentía que estaba fracasando y esto le hacía sentir frustrado y encolerizado. Tuvo que reprimir las ganas de abrir la puerta de una patada y apuñalar a ese bastardo mil veces, cortarle el cuello y ahorcarlo con sus propias entrañas. Respiró hondo y volvió a intentarlo; no iba a aceptar una negativa.

—Por favor, señor Gurnate. Debe dejarme pasar, esto es un asunto importante. Si no colabora me veré obligado a acudir a la policía y entonces tendrá serios problemas —dijo, cambiando a un tono más imperativo. El Encantador no estaba funcionando.

Tras unos segundos pudo oír el sonido de la cadena y la puerta se abrió. Se relajó ligeramente, pero debería lavar su orgullo en sangre para quedar satisfecho.

El señor Gurnate le dejó pasar, apenas vestido con un albornoz completamente cerrado.

—Lamento las molestias. Pase, por favor. —se limitó a decir evitando el contacto visual, mientras se cerraba el albornoz.

No pudo evitar sentir desprecio por tal personaje. Su postura encorvada, la voz baja y la falta de contacto visual delataba un sujeto sin carácter ni personalidad, débil y vulnerable. Pudo apreciar que, debajo del albornoz no llevaba nada. Seguramente lo había pillado masturbándose con alguna página porno. O quizá lo hubiera pillado con alguna prostituta. Quizá iba a ser su día de suerte tendría un dos por uno.

—¿Está solo, señor Gurnate? —quiso asegurarse.

—Sí. Bueno —se corrigió—, estaba en medio de una videoconferencia.

¿Una videoconferencia? ¿Desnudo? La idea divirtió al cazador. Ahora estaba seguro de que lo había pillado pajeandose con una webcamer. Una idea le pasó por la cabeza.

Tenía un pasamontañas en el maletín. Quizá podría matarlo frente a la cámara, ante los ojos de la chica o chico, o quien fuera. La idea de ser observado, de aterrar a alguien que lo vería todo en directo, le hizo tener una erección. Garrison se acarició los labios con los dedos con deleite.

Apenas podía esperar. Su corazón latía con más fuerza y su animal interior ansiaba hacer el espectáculo. Matarlo ante una cámara. La idea latía en su cabeza, como un eco impaciente. Matarlo ante una cámara. «Alguien viéndome y sin poder hacer nada, salvo aterrarse y gritar». Un nuevo tipo de espectáculo.

hiena

— ¿Le importa que vaya un momento al cuarto de baño? —preguntó.

—Al fondo a la derecha —dijo con un hilo de voz sin dejar de mirar al suelo.

—Gracias —respondió, controlando el nerviosismo.

Habitualmente se tomaría su tiempo, hablaría con la víctima y analizaría más la casa, recreándose en quién era, posiblemente para añadir datos a futuras «caras» que pudiera usar en otro momento. Pero su voz interior insistía, y él quería satisfacerla. «Mátalo ante la cámara». Quería verlo sangrar cuanto antes, el ansia de muerte era intensa. Deseaba verla cara de la chica al otro lado de la cámara. Quería matar y quería matar ya. Y cuando él quería algo, lo quería ya.

Se dirigió al cuarto de baño pensando en el momento en que blandiera el cuchillo. Quería matarlo ante la cámara. El nerviosismo y la ansiedad le recorrían el cuerpo y apenas podía esperar. Una caza en directo. Cuan placentero sería sentir el acero hundiéndose en la carne, la sensación de control y la sangre fluyendo. Mucha sangre… Sangre ante la cámara.

Cuando encendió el interruptor de la luz del cuarto de baño, sangre fue todo lo que vio.

Los baldosines de las paredes estaban cubiertos de ella. Salpicaduras rojas lo cubrían todo. Gotas aun frescas caían dejando surcos verticales como códigos de barras.

En la bañera yacía el cuerpo mutilado de una mujer sumergida en su propia sangre. La cabeza estaba cercenada y colocada de forma ritual en alto, sobre un charco goteante, flanqueada por un par de velas. Los ojos sin vida estaban abiertos mediante imperdibles para que pudiera ver la escena y ahora lo observaban a él. Los miembros estaban cortados en varias partes, amontonados de una forma descuidada que mostraba que había sido interrumpido.

La sorpresa lo dejó paralizado en el sitio.

—Le dije que estaba ocupado. Pero no me quiso hacer caso —dijo el señor Gurnate, tras él.

El inspector se giró al oírlo. El que iba a ser su presa, estaba plantado bloqueando la puerta, blandiendo un machete en una mano. Alargó la otra, tomó una GoPro y se la sujetó en la cabeza.

—Ahora… va a unirse al show. Sonría, está en directo.

Sin aviso, se abalanzó contra el cazador bramando como un animal descontrolado. El maletín sólo pudo contener los dos primeros golpes del machete.

Más sangre salpicó las baldosas, y más gotas dibujaron nuevas líneas en las paredes.

La mirada inerte de la muchacha era testigo indiferente de la mezcla de los rugidos animales del hombrecillo y de los agonizantes bramidos del señor Garrison.

Los espectadores debían estar encantados. Estaban recibiendo un dos por uno por el mismo precio. Todo transmitido on streaming, a tiempo real. Un nuevo tipo de espectáculo.

mantis

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