Fernando empujaba su carro por el pasillo entre los escritorios de la oficina. Los paquetes se agitaban ligeramente con el traqueteo.
Al llegar a una mesa, tomó el sobre a nombre del oficinista y lo dejó en ella.
—Buenos días —dijo.
El receptor lo ignoró y Fernando continuó.
Dejó otro en la mesa de otra oficinista.
—Buenos días.
—Déjalo ahí y vete.
Continuó moviéndose rápidamente por entre las mesas, esquivando oficinistas en su paso rápido y ajetreado.
Alguno le reprendió por estar en medio, pese a que sabía perfectamente cómo estar fuera del camino. Simplemente, los oficinistas siempre estaban estresados y lo pagaban con él; un simple repartidor de paquetes. En esas oficinas era lo más bajo, alguien a quien nadie respetaba.
No obstante, Fernando, con los cascos puestos, seguía con lo suyo haciendo caso omiso, marcando el ritmo de la música con la cabeza y sin perder la sonrisa.
Esto era solo algo momentáneo.
Cuando vació el carro volvió al almacén donde lo llenaron con más paquetes y cartas y repitió la faena como un Sísifo moderno.
En la otra planta la gente era incluso más borde. Era recursos humanos, mayor estrés y peor actitud.
En el mejor de los casos lo ignoraban. En el peor, le decían de todo solo por pasar cerca o al abrir la puerta de un despacho donde alguien mantenía una reunión online. El trabajo de esta gente, su estatus, era demasiado importante como para ser interrumpidos o para devolver un saludo a alguien de su nivel.
Pero nada le importaba. Continuaba con lo suyo, silbando y feliz.
Pronto acabaría su jornada.
Cuando llegó la hora, dejó el carro en su sitio, junto a los otros. Se despidió de sus compañeros y cogió sus cosas de la taquilla.
Miró el móvil. Tenía un mensaje:
«Hola cariño. Espero que hayas tenido un buen día. Ya he llegado a casa y te espero. Hacemos algo juntos, ¿vale? Te quiero».
Fernando sonrió.
Iba a casa. Ahora empezaba el día para él. Daba gracias por ser tan afortunado en la vida.