El funeral

Estaba muerto. No sabía el momento, pero cuando miré en su camita, estaba muerto.

Durante unos segundos, dudé si debía decirlo o no.

—Sara… Está muerto —le dije al final desde el comedor.

—¡No! —respondió ella desde el piso de arriba—. ¡No quiero verlo! ¡Por favor, deshazte de él! Yo no quiero verlo, no quiero recordarlo muerto.

«Mierda. Ya me han enmarronado» fue todo lo que pensé. ¿Cómo iba a deshacerme de Phoeby? Además, íbamos a celebrar un cumpleaños sorpresa al tercer compañero de piso, y los invitados iban a llegar en menos de una hora.

«Mierda. Esto es uno de esos momentos de padre; deshacerse del hámster muerto de mi hija. Y Sara ni siquiera es mi hija, solo mi compañera de piso»

Miré la cajita dónde Pheaby yacía. Es curioso, pero se me ocurrió pensar que cuando lo animales están muertos, realmente parecen muertos. Quiero decir, de la gente siempre se dice «míralo, parece dormido», pero los animales tienen todo el aspecto de estar tan muertos como lo están. En parte me sentí culpable por pensar esto, porque le tenía cariño al puñetero hámster, pese a su manía de cagarse en mi mano a la primera oportunidad.

Al menos esto nos quitaba un problema de encima; ese ente psicópata del averno encarnado en nuestra casera nos había dicho que no nos dejaba tener mascotas en casa aunque, irónicamente, no le importaba en absoluto la invasión de cucarachas en la casa.

Sara seguía gritando cosas desde el piso de arriba, pero mi cabeza estaba en otro mundo. Además, todo era muy absurdo; frente a mí estaba el cadáver de un roedor muy querido por todos, lo cual era triste, y por otro lado, la sala estaba decorada con carteles rosas, globos y demás decoraciones felices de cumpleaños. Bueno, solo unas, porque debía colocarlas antes de que la gente apareciera, lo cual iba a esperar hasta que me deshiciera del ex-hásmter mientras su legítima dueña estaba atrincherada en su cuarto, gimiendo cosas que no escuchaba.

¿Qué podía hacer? Podía esconderlo en un armario y finiquitarlo luego. Pero era capaz de olvidarme completamente y tener el ratón muerto durante años, lo cual haría muy mala combinación con las cucarachas. No era una buena opción.

¿Tirarlo por el desagüe? No. Eso solo servía con peces y lagartijas que luego se convertían en cocodrilos. Pheaby embozaría las tuberías y la casera se negaría a enviar a nadie para arreglar nada.

¿Tirarla a la basura? Era algo rápido y eficaz. Fui a la cocina, un par de cucarachas se escondieron al sentirme entrar, y levanté la tapa. Entonces sentí algo de conciencia moral. No me parecía una forma digna de funeral para Pheaby. Además, Sara se cabrearía conmigo por hacer algo tan poco sensible.

Volví al comedor. ¡La ventana! Estábamos en un quinto piso (o séptimo, según el lado del edificio por el que entraras. Nunca entendí eso). Aparté los globos de colores felices, la abrí y fui a sacar el brazo por ella para dejar caer el contenido de la cajita. «¿Y si le cae a alguien encima?» dijo una parte de mí.

«Es Bedminster. ¿Quién lo va a notar?» me respondí.

«Pero aún así. No me parece ni de buen gusto; debemos ser elegantes en esto. ¿Quieres ser como ese tío que deja a su perro mear en el ascensor?».

Lo peor de discutir con uno mismo es que siempre sabes como convencerte. Lanzar mascotas muertas por la ventana quedaba descartado.

¿Y si lo enterraba en un arbolito de la calle? Era lo más similar a un funeral. No tenía pala, pero podía usar una cuchara. No, ponerme a cavar en un árbol a plena luz del día sería algo muy raro, incluso para este barrio.

Entonces, ¿qué carajos hago yo con esto? ¿Dónde está la mafia italiana cuando se la necesita para deshacerse de un cadáver? ¿Qué haría Toni Soprano en mi lugar? No lo sabía, no había visto la serie, pero había visto Dexter. Él cortaría el cuerpo en partes y lo tiraría al mar. No iba a desmembrar a Pheaby con un cuchillo de cocina, pero era lo suficientemente pequeño como para no necesitarlo.

Estaba ya hasta las narices del asunto y las maneras me importaban cada vez menos. La ventana recuperó protagonismo como solución a todos mis problemas. Si lo tiraba con fuerza, podría ir muy lejos. No… me sabía mal por Pheaby. No se merecía acabar volando.

—¿Te has deshecho ya de Pheaby? —preguntó Sara desde su cuarto.

—Estoy en ello.

—¡Edgar va a venir en seguida!

«¿Y si lo meto en la tarta y por lo menos me rio un rato?». No, seamos serios.

Tengo un hámster muerto, poco tiempo y menos paciencia.

Miré nuevamente a la ventana, más y más provocativa. Estaba ya tan harto de la situación, que acertarle a alguien con el bicho muerto, era incluso gracioso.

Entonces, la misma ventana me dio la solución. No ella, sino lo que había en la calle. Dexter hubiera hecho esto ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Sin decir nada más, salí de casa, bajé las escaleras corriendo y crucé la calle. Justo en la acera de enfrente estaba el río, no enorme, pero suficiente. No lo pensé más y volqué la cajita. No sé si los ríos tienen mareas, pero este, muchas veces tiene un nivel muy bajo, hasta el punto de dejar al aire todo el fango, carritos del supermercado de enfrente, bicicletas y demás trastos. Pero Pheaby no cayó al agua. Ni siquiera al fango. Pheaby no tocó el suelo.

Una gaviota lo pilló al vuelo y solo pude mirar con cara de imbécil como se alejaba.

En realidad no me sorprendió; esos bichos son capaces de robarte un kebab de la mano, y también las he visto picotear palomas muertas. La gente no sabe lo agresivas que las gaviotas son.

No sabía qué pensar. Tanto debate moral sobre la dignidad de Pheaby, para acabar devorada por los hooligans del aire.

«Me da igual», aún debía terminar de preparar la puñetera fiesta.

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