Pétalos en la nieve

Gyordenvit, Iskremova

El aire gélido se clavaba como agujas en la garganta, nariz y boca de mi señor Torrajnar Ulsfon. El clima gélido cubría sus barbas de escarcha, y su respiración en nubes de vapor. Pero su paso rápido dejaba clara su determinación a pesar de las trabas del camino.

Varias capas de ropa de cuero y pieles nos protegían del frío cortante y los vientos helados que corrían por las estepas del de la superficie. La nieve crujía a nuestro paso devorando los pies durante nuestra marcha firme y decidida. Caminábamos siguiendo las indicaciones de nuestro guía, moviéndonos a más velocidad de lo que los humanos podrían creer por nuestra corta estatura.

Nuestro país, Iskremova, no es lugar para cualquiera. Hemos aprendido a sobrevivir aquí porque es nuestra tierra natal. Somos hijos de la piedra y el hielo, nativos del interior oscuro de las montañas, en unas tierras que apenas han visto el sol ni sentido su calor. La mayor parte de la vida, tal y como la conocen los del gran continente está condenada. Así, trolls, gigantes, wyvernas, huargos y otros seres tan peligrosos como legendarios, han hecho de la superficie su hogar por derecho propio. Nuestros antepasados, eones atrás, hicieron de la montaña nuestras moradas, construyeron ciudades a lo largo y ancho de túneles, pasadizos, cuevas y salas, extendiéndose como maravillosas metrópolis ocultas al viento inmisericorde. Y así, el exterior, ese lugar que se expande sin límites, imposible de aceptar para quien se han criado en las ciudadelas subterráneas, se convirtió en un mundo ajeno a nosotros, al que solo accedían unos pocos para proveerse de lo que no podíamos conseguir en la montaña.

En estas tierras me vi obligado a internarme al cumplir con mis obligaciones para con mi señor Torrajnar Ulfson. Unas tierras que siempre había considerado distantes, de las que lo poco que sabía era por cuentos y leyendas.

Ese día había acompañado a mi señor, Torrajnar Ulfson, hijo de Gaardjar Ulfson, del linaje de los Ulf, a una reunión en la Haarlinngosz, una sala construida en una gran gruta natural en la que un ejercito de columnas aseguran la estabilidad del interior sobre el suelo de mármol pulido. Pero siendo que no soy más que un cronista, no tenía permitido participar en la mesa, así que, aburrido de las discusiones que los Zjarl parecían disfrutar, me refugié en los tapices que cubrían las paredes y columnas. Muchos estaban hechos aquí o en otras ciudades iskrëmias. Unos pocos, en cambio, habían llegado de tierras más allá del mar en muestra de amistad y alianza, como los Reinos de Kchwre o Lacre, y eran mi única ventana a un mundo lejano y desconocido. Sin duda, mi favorito era uno originario de Lacre en el que se representaba una escena de un jardín de rosas, unas plantas imposibles en nuestra tierra. Deseaba poder ver esos rosales algún día con mis propios ojos y no solo los dibujados en telas. Habiendo vivido toda mi vida entre la hermosura delicada de los cristales o el poder de los minerales, me maravillaba que en algún lugar pudiera haber algo tan hermoso vivo, coronado con unos pétalos que parecían rubíes sobre un tallo de esmeralda. Sin embargo, según me había contado uno de aquellos humanos, esos pétalos no duraban para siempre, a diferencia de los cristales, sino que, tras un breve tiempo, la flor moría y sus pétalos caían cubriendo la tierra con un manto escarlata, especialmente impresionante si lo hacen sobre la nieve. Algo que podía ser tan bello y delicado, pero al mismo tiempo peligroso si no tenías cuidado, me cautivaba.

Pese a lo que esos mundos lejanos me abstraían, las voces de los Zjarl en su acalorada discusión, me sacaban constantemente de mis pensamientos.

―Deberíamos mandar un grupo de guerreros o cazadores a poner remedio de inmediato ―expuso una de los Zjarl.

—Exageras. Seguro que han sido solo accidentes fruto de la mala suerte o el descuido; se debieron alejar demasiado del grupo y cayeron en algún pozo oculto por la nieve —dijo Braňbjorg, uno de los más ancianos y consejero de Torrajnar—. Eso debería servirles de lección para tener más cuidado. Es el problema con los jóvenes, siempre actúan de forma impetuosa.

—¡Imposible! Los leñadores saben moverse perfectamente por la superficie, conocen todos los trucos y trampas que se pueden encontrar —respondió malhumorado otro Zjarl.

—Querrás decir tres accidentes, Braňbjorg —añadió un segundo—. Una vez, podría ser un accidente. Dos, quizá también. Pero tres… Están pasando cosas extrañas. ¡Quizá les atacan criaturas y nadie ha sido capaz de verlo! Quizá sean Huargos.

—Eso pienso también yo —secundó otro más.

—Ninguno de los otros leñadores ha visto nada, y los huargos siempre atacan en manada ―negó otro―. Estoy de acuerdo con el consejero; creo que ha sido fruto de la mala suerte. Resulta difícil creer que uno de los nuestros haya cometido el error de no detectar una gruta oculta, pero a veces pasa. Esas son las consecuencias de un trabajo mediocre —Braňbjorg asintió a sus palabras―. Organizar una partida de guerreros, explorar nuevamente el terreno… Todo eso llevaría demasiado tiempo y trabajo. Un tiempo en el que nadie recolectará madera, y ya llevamos un par de días así. Si esto se alarga, va a traer problemas. Que se ciñan a la zona explorada, mantengan los ojos bien abiertos y los pies atentos.

―Yo digo que vuelvan a salir mañana mismo, que aumenten la seguridad, y que los exploradores aseguren el área ―decretó Braňbjorg alzando la mano, a lo que se le sumó Livgannik.

―¡Esto es una locura! ―protestó la primera que había hablado―. ¡Los estás mandando a morir! No voy a negar lo obvio.

Torrajnar, sentado en un extremo de la gran mesa, escuchaba en silencio las discusiones de unos y otros, que se alargaban sin llegar a ninguna conclusión. Por fin, todos callaron cuando su asiento se estrelló en el suelo al levantarse de golpe.

Cuando me giré, mi señor estaba en pie con una expresión severa en su rostro. Los Zjarl lo miraban atónitos y se levantaron de inmediato con respeto.

—Voy a ir allí a ver con mis propios ojos lo que está pasando y a solucionarlo ―sentenció.

—Pero Torrajnar, aún no hemos establecido un acuerdo. Estamos estudiando el problema para tomar una decisión —replicó Braňbjorg con una confianza que nadie más tenía.

—Vosotros podéis hablar todo lo que queráis sentados al fuego. Yo voy solucionar esto de una vez por todas.

Hubo conmoción entre los Zjarl.

―Pero, mi señor ―dijo uno de ellos―, no podemos tomar una acción tan improvisada sin planearla debidamente. Hay que preparar una partida, las ropas, guías…

―Y reunir un grupo de guerreros preparados —añadió otra—. No puede salir al exterior tan súbitamente, ¡y menos solo!

―Escuchadme ―gruñó Torrajnar―, no voy a quedarme aquí discutiendo durante horas mientras los nuestros mueren ahí fuera y nos quedamos sin madera. Tanto si es porque algo les ataca como por accidentes, voy a averiguarlo inmediatamente, y mañana podrán continuar con su labor sabiendo que están a salvo.

―¿Vas a ir al exterior para descubrir que esos leñadores cayeron en un pozo? Eso pueden hacerlo los exploradores ―dijo Braňbjorg con tranquilidad—. Prepararemos una partida de inmediato.

—Respeto tus palabras y sabiduría. Fuiste el consejero de mi padre, y lo has sido mío desde mi primer día, siempre con sabiduría y cautela. Sin embargo, soy el Haarlar de esta población y si realmente hay algo que los está matando, debo ser el primero en enfrentarme a eso. La decisión está tomada.

—Dejadnos al menos que reunamos un grupo de guerreros, no podemos permitir que nuestro Haarlar salga solo… —empezó otro Zjarl.

―No voy a perder tiempo organizando una partida. Quiero solucionar esto hoy mismo y estar de vuelta antes del fin de la jornada… si es que vuelvo. A excepción de un guía, iré solo; vosotros quedaos aquí organizando una partida en caso de que no vuelva o eligiendo un nuevo Haarlar.

―Nunca. Cuenta con mi hacha. Iré contigo ―exclamó la enana.

―Y la mía. No se hable más; partiremos contigo ―se sumó otro más.

―¿No se me escucha en mi propia montaña? ―rugió Torrajnar, e inmediatamente se calmó―. Aprecio vuestra lealtad, pero si hay un peligro ahí fuera, no podemos permitirnos perder a tantos enanos. Vuestra función aquí es tan importante como la mía, y yo he jurado vivir y morir por mi pueblo, y eso haré.

—¿De verdad quieres ir solo? —preguntó Braňbjorg. Torrajnar asintió―. Dejadlo entones. Tuve muchas discusiones similares con su padre; su hijo no es diferente. No cambiaremos su opinión.

—Haarlika me acompañará. Con ella a mi lado no necesito más guerreros —respondió—. La jefa de leñadores me acompañará para guiarme hasta dónde han desaparecido nuestros trabajadores. Yuri vendrá con nosotros, para relatar todo lo que pase. —añadió Torrajnar.

Con esta última frase, los ojos de todos los presentes se clavaron en mí. Como bardo, no podía negarme, aunque hubiera querido. Salir al exterior siempre era un peligro, pero si mi señor se encontraba con algún problema digno de ser relatado, alguien debía comunicarlo de la manera más poética posible.

Los Zjarl no tuvieron más remedio que aceptar su decisión

Mientras se hacían los preparativos pertinentes, mi señor fue en busca de quien sería su única compañera en la lucha, y yo me apresuré a seguirlo. Abrió la puerta de la sala dónde Haarlika esperaba ansiosa una nueva aventura tras tiempo de inactividad, y se detuvo con la reverencia ritual que el momento merecía.

―Necesito que me acompañes una vez más. Debemos partir al exterior y no sé lo que puede pasar. Algunos de los Zjarl aseguran que no hay peligro, pero si lo encuentro, solo confío en ti.

Avanzó por la sala con paso tranquilo, casi ceremonial. De la misma manera tomó con ambas manos a Haarlika. La acarició saboreando el momento, sintiendo el tacto de las tiras de cuero que envolvían el mango de madera, y luego pasaron por el filo de acero lacronio, regalo de un gobernador como muestra de unión entre ambos pueblos. Surcaron las tallas que recorrían el metal, signos de lo noble de su naturaleza. Haarlika, el hacha del Haarlar, su arma y su símbolo, pero por encima de todo, su compañera de batalla, forjada el mismo día de su nacimiento y entregada a él cuando fue nombrado Haarlar.

Torrajnar esperaba, quizá deseaba, encontrar alguna bestia ya que no podía blandirse a Haarlika sin motivo. Las armas normales podían transportarse o desenvainarse sin llegar a usarse; pero Haarlika no aceptaba ser molestada a la ligera. Glajnan, su cuervo mascota completó su equipamiento para la aventura.

Junto a las grandes puertas que nos separaban del exterior, esperaba ya Mordjurnik, la karl de los leñadores.

Una vez todo estuvo preparado y nos cubrimos con el abrigo apropiado, unos enanos fornidos hicieron girar unos tornos y las grandes puertas se abrieron lentamente. Nos cubrimos los ojos con unas telas oscuras que amortiguaron el azote del el torrente de luz hibernada a unos ojos acostumbrados a la oscuridad. Ante nosotros, se extendía una eterna estepa blanca y brillante. El vacío de paredes, la ausencia de un techo sólido, el espacio sin fin que nos envolvía me hizo sentir vulnerable más allá de lo que las palabras pueden expresar. Me sentía devorado por una ansiedad ante algo que se me antojaba imposible y amenazaba con devorarme.

Una mano en el hombro me sobresaltó.

—A todos nos pasa al principio. Ya te acostumbrarás —dijo Mordjurnik a mi lado, con voz comprensiva.

Si mi señor sentía lo mismo, no lo demostró. Inmediatamente, encabezó la marcha y nos aventuramos en un mundo sin más cobijo que el que estábamos abandonando.

Avanzábamos a través de la nieve, con el helado viento castigando nuestros rostros. Pese al abrigo de las capas y el calor de la actividad, conseguía abrirse paso, y teníamos que ignorarlo con toda nuestra fuerza de voluntad. Liderando la marcha, la karl nos guiaba con paso decidido, hacia el lugar en el que estuvieron talando los árboles. De vez en cuando, daba un pequeño rodeo porque había algún agujero oculto por la nieve o porque el camino era más seguro. Sin duda, conocía su trabajo y el terreno a la perfección. Glajnan nos acompañaba observándonos unas veces desde el cielo y otras veces sobre el hombro de Torrajnar.

—¿Crees que alguno de los leñadores cayó por un barranco o una gruta? —preguntó este a la karl.

—Imposible, mi señor —respondió ella a una pregunta que le habían hecho ya demasiadas veces—. Los exploradores inspeccionaron la zona a conciencia. Conocemos cada trampa del terreno, cada detalle y cada peligro como nuestra propia casa. Esos enanos fueron atacados por algo sobrenatural —dijo con tono lúgubre y tal seguridad en su voz como si lo hubiera visto. Sin esperar respuesta, reanudó el paso.

—¿No cabe la opción de que alguno se apartara por algún motivo y cayera en una garganta desconocida? ―preguntó.

—Otra vez, mi señor, eso es imposible. Ningún leñador haría algo así sin explorar el entorno antes; es peligroso moverse por el exterior sin saber dónde pones los pies. No solo las trampas del terreno son una amenaza constante; pueden haber bestias al acecho, algún troll o gigante podría bajar de las montañas en cualquier momento. Nuestros exploradores son muy eficientes y celosos de su trabajo. Si hubiera algún peligro aquí, lo habrían encontrado.

Torrajnar gruñó con afirmación. Efectivamente, no es propio de nuestro pueblo actuar sin pensar ni planificar antes de actuar, sobre todo, en algo tan peligroso como el exterior.

—¿No hay tampoco animales salvajes?

―Ninguno. La zona está desolada varios kilómetros a la redonda. Los cazadores volvieron a la montaña en cuanto lo descubrieron.

―Ninguna presa que cazar en mucha distancia… excepto enanos leñadores ―murmuró Torrajnar.

―Ese es el sitio —señaló Mordjurnik hacia el bosque de abetos que se extendía frente a nosotros.

Debo admitir que fue reconfortante entrar en él y sentirme rodeado por estas columnas de madera que se alzaban por todas partes.

Aunque no había nevado en las últimas jornadas, el viento había hecho desaparecer en parte las huellas de las ruedas de los carros y las pisadas de los leñadores.

—Por culpa de esto, hace días que no salimos a por madera.

—¿Siempre desaparecían leñadores que estaban apartados?

—El primer día sí; Hurguntson desapareció cuando fue a mear. Estaba dentro de la zona segura, aunque fuera de la vista. La segunda vez, fue Djorgmar, pero ni siquiera se había alejado; se había quedado un poco detrás del grupo. De pronto, ya no estaba ahí.

—¿Y la tercera?

—Igual. Estábamos atentos, pero, a mitad de jornada, nos dimos cuenta de que faltaba Gurteňbark. Nadie supo cuándo o cómo ocurrió.

—¿Cuánto tiempo pasó desde la segunda desaparición a la tercera?

—Cuatro días.

Mi señor miró nuevamente al bosque, pensativo.

—¿Qué hay más allá? —preguntó.

—No lo sabemos; no llegamos tan lejos.

—¿Entonces no sabéis si hay alguna bestia al otro lado del bosque?

—No. Tampoco lo consideramos necesario. Está muy lejos como para que puedan suponer un problema —se excusó Mordjurnik intimidada.

―No lo suficiente para una bestia sin presas cerca ―respondió.

—Pero nadie ha visto nada, mi señor. De haber sido un animal, nos habríamos dado cuenta, habríamos encontrado sangre. Muchos piensan que ha sido un gigante del viento. Es lo único que puede moverse sin ser visto ni oído —dijo la karl.

Torrajnar le respondió con una mirada de incredulidad.

Con la guía de Mordjurnik, recorrimos la zona con cuidado, examinando las casi extintas huellas en la nieve, hasta llegar a dónde había desaparecido el último de los leñadores. Allí, la nieve había sido revuelta, pero, como dijo, no había señales de ningún tipo, ni siquiera sangre. Tampoco se encontró nada bajo la nieve, algún lugar en el que el leñador hubiera podido caer o ser arrastrado.

Así estuvieron largo tiempo, a la búsqueda de alguna señal, sin éxito. Mi señor inspeccionó el árbol mellado que el enano había estado cortando.

―¿Qué ha visto el cielo?―murmuró, pidiendo consejo a Glajnan. Si este sabía algo, no lo dijo; ni un graznido salió de su pico de obsidiana.

Yo tampoco pude encontrar nada, salvo el bosque en el que me ensimismé. Era la primera vez que me encontraba en un lugar semejante, y me sentía embargado por nuevas sensaciones. Estar rodeado por los árboles, era algo completamente diferente a estar entre columnas o estalagmitas, que era lo más parecido que conocía. Alcé la mirada hacia la inmensidad de estos abetos en toda su altura, arañando el cielo con sus ramas. Sabiendo que quizá sería mi única oportunidad, me abandoné al hedonismo de la contemplación de sus texturas y colores, cuyos invictos troncos habían sobrevivido a cuantas tormentas el dios del cielo los habían sometido, sin mostrar el menor signo de daño en su protectora corteza. Fue en esa corteza, dónde encontré algo que, nuevamente, me sacó de mis pensamientos; en uno de los árboles, había unas marcas, tres grietas paralelas profundas.

―¿Qué es eso? ¿Ha podido hacer eso una tormenta? ―pensé en voz alta.

Mordjurnik miró las marcas con extrañeza.

―Eso no lo ha hecho el viento, a no ser que el viento tenga garras ―dijo nuestro señor con satisfacción.

Inspeccionando los árboles cercanos, descubrimos en algunos de ellos las mismas señales que habían desgarrado la madera y que seguían un patrón a través del bosque.

―Tenga cuidado, mi señor. Aunque la hemos inspeccionado, es peligrosa; hay muchas oquedades y grietas ―le advirtió la karl cuando lo vio avanzar. Torrajnar se detuvo molesto por este contratiempo. Sus ojos atravesaron los árboles y luego la nieve bajo sus pies. Deseaba avanzar, pero un paso en falso y podría caer en una trampa mortal del terreno.

―Guíanos, entonces.

―Sólo hay que seguir las señales —dijo.

A lo largo del bosque, los exploradores habían marcado las zonas donde la nieve escondía fallos en el terreno para facilitar que alguien experto pudiera caminar sin problemas. Tanto mi señor como la karl eran eruditos en el arte de las señales, así que avanzaron siguiendo las que los exploradores habían dejado en los árboles. Lo hicimos a paso lento, a veces dando vueltas, lo que impacientaba a mi señor, pero siempre siguiendo el rastro de las garras. Yo, completamente lego, me limitaba a seguirlos torpemente, asegurándome de pisar allí donde ellos lo hacían.

Por fin, atravesamos el bosque, y ante nosotros, nuevamente nos enfrentamos ante un vasto desierto del color del hueso. Pero lo peor era que, sin árboles, ya no había más rastro que seguir, ni siquiera huellas. Torrajnar maldijo.

―Lo dije, es un espíritu del viento. Solo los espíritus pueden viajar sin dejar huella —dijo la karl.

―¿También arañan la madera a su paso? ―dije.

Yo conocía historias de seres que viajaban en el viento dejando muerte a su paso. También creía, como mi señor, que había sido algún tipo de criatura, y esto lo confirmaba. Aunque una parte de mí sentía temor, ansiaba encontrarla y presenciar el combate de mi señor contra ella; sería un poema fascinante que relatar… si sobrevivíamos, por supuesto.

En este lado del bosque, el viento soplaba más fuerte, amo y señor del terreno y, si alguna vez hubo algún rastro, había quedado olvidado.

―Aunque avanzáramos, no sabríamos hacia dónde hacerlo. Podríamos andar jornadas enteras en la dirección errónea, mi señor. ―dijo la karl con razón. Sin nada que nos orientase, adentrarse en la estepa era hacerlo sin rumbo―. Deberíamos volver y enviar una partida de exploradores y guerreros.

―¿Volver? ―rugió Torrajnar―. ¿Volver y esconderme en mi montaña? ¿Quieres que el Haarlar vuelva para sentarse cómodamente en su trono mientras la madera sigue sin llegar o se manda a nuestra gente a morir? ¡Nunca mientras yo sea ese Haarlar! No lo hizo mi padre y no lo hará su hijo ―añadió furioso.

Sin aviso, Glajnan levantó el vuelo, dio unos círculos en el cielo y, por fin, se dirigió hacía un punto no muy lejano de la nieve.

―Glajnan ha encontrado algo. El dios de los cielos nos muestra el camino―apuntó Torrajnar. La karl comenzó un lento avance, comprobando cada paso con experta precaución.

Por suerte, el terreno resultó ser bastante regular y no tuvimos que dar muchos rodeos, por lo que solo tardamos unas pocas horas en recorrer la distancia hasta donde el cuervo revoloteaba. Allí se abría la entrada a una gruta subterránea desde la que salía un olor a muerte y putrefacción.

Mi señor silbó y Glajnan volvió a su hombro. Los dedos de la otra mano rodearon el mango de Haarlika y la sacó de su guarda, dio un par de pasos, decidido a entrar.

—No sabemos qué hay —le advirtió Mordjurnik deteniéndolo.

—Por el olor, es posible que nuestros leñadores y, con suerte, la bestia que los ha cazado.

Los graznidos nerviosos de Glajnan antes de alzar el vuelo los interrumpieron. Eso nos alertó e hizo que pudiéramos apartarnos a tiempo cuando una ráfaga blanca se abalanzó contra nosotros desde el interior de la caverna. Torrajnar cayó con pericia y se incorporó con Haarlika lista.

Me levanté con dificultad, medio hundido en la nieve como había quedado, pero no pude ver nada a nuestro al rededor.

—¡Es un espíritu de las nieves! ¡Viaja con el viento! —exclamó Mordjurnik.

Torrajnar permanecía quieto, con la mirada fija en un punto no muy lejano de nosotros, su cuerpo tenso, preparándose para actuar en cualquier momento. Miré hacia dónde dirigía su atención. Al principio no puede distinguir nada más que la estepa, pero tras unos segundos, lo pude ver.

—Yuri, ¿conoces alguna saga que hable de esa criatura? ¿Es realmente un espíritu del viento? —me preguntó.

Me costaba identificarla, ya que su palidez y quietud la hacía confundirse con la nieve que lo rodeaba. Incluso dudaba de si realmente lo estaba viendo o si era mi imaginación.

Fuera lo que fuera, nos observaba con unos ojos que parecían tallados en cuarzo, incrustados en un cuerpo de sal. Por la ausencia de exhalación de vapor, parecía que no respiraba. Sus únicos movimientos perceptibles, eran delatados por el movimiento sutil de las fosas de un hocico rosáceo, ancho pero corto, con el que olisqueaba el aire. Ambos lados de la cabeza estaban coronados por una orejas grandes y puntiagudas que encaraban a lados opuestos. El resto del cuerpo era grande, más que cualquiera de nosotros, quizá del tamaño de un humano. Era estilizado, de formas suaves, musculoso y, aunque se sostenía a cuatro patas, las delanteras eran tan largas que le hacían parecer erguido. No era extraño que hubiera sorprendido a los leñadores; estático, sin emitir sonido alguno, era prácticamente indistinguible del entorno. Pocos ojos, excepto los de un observador experto acostumbrado a estudiar cada mínimo detalle, podrían haberlo detectado con tanta precisión. A diferencia de huargos o wyvernas, la criatura que tenía ante mis ojos poseía una presencia majestuosa, con el porte de un ser ancestral que, pese a la delicadeza de sus formas, iba a presentar una dura resistencia a quien se entrometiera en su reino. Permanecía quieta, no solo garantizando su invisibilidad, sino observándonos atentamente, quizá estudiándonos.

―¿Sabes lo que es? ―insistió mi Haarlar sacándome de mis pensamientos.

―No conozco ningún canto o poema en el que se describa algo como esto. O nadie la ha visto antes o, si lo ha hecho, no ha sobrevivido. En la saga de Gursnorri se habla de un espíritu del viento y la tempestad que se lleva a sus presas entre ventiscas de nieve para no volver a ser vistas. Y en alguna otra se menciona algo similar. Las brujas lo llaman wéndigos ―dije recordando cuando sabía.

―Quizá lo sea o quizá no; la gente llama espíritu a lo que no puede ver. Si es un wéndigo, hoy podrás narrar como Torrajnar Ulfson se enfrentó y mató a uno de esos espíritus ―dijo con seguridad.

Torrajnar se acercó a él con paso lento, calculando sus movimientos sin bajar la guardia, Haarlika preparada para descargar su furia. Caminaba ligeramente encorvado, aparentando ser incluso más pequeño de lo que era. Nubes de vapor salían a golpes secos por los agujeros de la nariz. Había visto que la bestia era rápida y no quería exponerse dando el primer golpe. Se movió en círculo, flanqueándola mientras esta tampoco le perdía de vista, sin mostrar ningún tipo de miedo a ser inferior en número.

Mi señor hizo un ataque en falso para tantear. La criatura reaccionó saltando hacia atrás y, tan pronto como pudo, se abalanzó contra él con tal velocidad, que no pudo evitar que lo derribara. A tan corta distancia, solo pudo apartarla golpeándola en la cara con el mango del hacha. Forcejearon. La bestia intentó atacar con su mandíbula llena de pequeños y afilados dientes. Torrajnar la bloqueó con el mango de Haarlika.

Pude ver a la karl nerviosa, ansiosa por ayudar a nuestro señor, pero no era nuestro derecho intervenir en un duelo. De hacerlo, deberíamos enfrentarnos a su ira, así que no podíamos sino mirar y esperar lo mejor.

Las tiras de cuero de Haarlika estaban cediendo ante los colmillos de la bestia, y estos se hundían en la madera con intención de partirla. Torrajnar le sacudió una patada en el pecho y esta saltó lejos.

Mi señor se levantó de un salto. La criatura, inmóvil, nos observaba a los tres, con unos ojos que irradiaban inteligencia. Quizá buscaba otra víctima más fácil o solo asegurarse de no ser atacada por la retaguardia.

Sin darle tiempo, Torrajnar se lanzó contra ella, pero no fue lo suficientemente rápido y la criatura se apartó de su camino con facilidad de un salto, tan elegante y perfecto, que apenas levantó nieve al hacerlo. Lo rodeó en un par de saltos más, y cargó contra nuestro Haarlar. Torrajnar se apartó de su camino rodando y pasó por debajo de ella. Cayó más cerca de lo que previó y la criatura consiguió propinarle un zarpazo. Las garras atravesaron sin problemas el cuero y pieles, y se hundieron en la carne. Mi señor reprimió el grito y respondió con un arco de Haarlika que impactó con fuerza en el hombro del predador, pero rebotó contra la piel sin llegar a hacer brotar sangre. El monstruo gruñó, pero no retrocedió, sino que se tiró a morderle con mayor furia.

Haarlika bloqueó la boca nuevamente con su dañado mango, pero el empuje fue tan potente que nuestro señor cayó nuevamente de espaldas y se hundió bajo el peso de la criatura. Lucharon durante unos segundos en los que el animal mordía con rabia el mango en su intento de destrozar el arma. Hilos de baba caían sobre la cara de Torrajnar. Este intentó nuevamente golpearle el pecho, pero el animal se cubría ahora de forma que esto era imposible. Soltó a Haarlika y le dio con el puño en el hocico. El animal liberó el mango, y aprovechó esto para golpearle de abajo a arriba. Este, por el impulso retiró la cabeza hacia atrás, Haarlika le asestó un gran golpe y el hocico quedó seccionado en dos partes, haciendo brotar gran cantidad de sangre roja y caliente.

El monstruo se convulsionó y retrocedió profiriendo un espantoso aullido de dolor. Su mandíbula, se me antojó ahora, una flor de cuatro pétalos carmesíes abierta. Se retorció y saltó esparciendo todavía más sangre. Sus garras se movían en todas direcciones, de tal forma que mi señor no podía encontrar un hueco por el que atacar.

La criatura se retorció sobre sí misma dando la espalda a Torrajnar durante un segundo que aprovechó para saltar sobre ella. Haarlika la mordió con furia en la espalda. Pese a haberlo hecho con toda su fuerza, el filo apenas abrió una herida en la impenetrable piel del animal, que parecía ser más dura que el cuero curtido.

La bestia volvió a retorcerse. Pilló desprevenido a nuestro Haarlar, le golpeó con la garra y lo derribó, hundiéndolo en la nieve una vez más. Acto seguido, el animal se lanzó hacia él. Mi señor, desarmado, se preparó para recibir a la bestia y morir ofreciendo resistencia hasta el último momento con sus propias manos si era necesario.

A punto estaba la bestia de alcanzarlo cuando Glajnan se lanzó contra su cara, apuntando a los ojos con su pico, lo que detuvo su ataque para sacudírselo.

Mi señor se incorporó y rescató a Haarlika. Se lanzó contra la bestia, y descargó todas sus fuerzas en un golpe en las patas traseras. El sonido de un crujido delató que el hueso había cedido a la furia de Haarlika, y la criatura cayó dolorida. Sin perder más tiempo, su única compañera se lanzó al cuello, liberando un gruñido de esfuerzo y rabia. El filo lacronio hizo esta vez brotar un chorro de sangre, rompiendo la pureza de la nieve al cubrirla. La criatura, histérica, daba golpes a ciegas que eran fácilmente esquivados. Mi señor, insistía una y otra vez en el mismo punto en el cuello, abriendo lentamente una grieta en la piel y carne, salpicando a Haarlar y nieve.

La fiera dio un salto extraño que hizo caer a mi señor, se revolvió y cayó de espaldas. Pero el corte en el cuello era tan profundo, que la vida se le escapaba en regueros de un rojo intenso, y la nieve transformaba su color del mármol por el del jaspe. Gruñía, gritaba en gorgoteos ahogándose en su propia sangre. Se convulsionaba y daba golpes al aire levantando puñados de nieve en un intento desesperado de sobrevivir.

Torrajnar la observó a cierta distancia y, cuando la criatura parecía perder fuerza, se acercó a ella. Estaba muy hundida en la nieve, pero pude ver como Haarlika se alzaba para caer en un vuelo ejecutor. Otro golpe. Un tercero. Al cuarto, pareció satisfecho. Tomó la cabeza y la mostró con orgullo antes de meterla en un saco.

—Espero que hayas tomado buena nota y no olvides nada de lo ocurrido. Esta noche tendrás una buena historia que contar, en la que el primer wendigo fue muerto a manos de un enano.

Inspeccionamos la cueva, que era el escondite de la criatura. Dentro encontramos huesos y cráneos de animales y monstruos. También los de unos pocos enanos, entre ellos, el cadáver medio devorado de Gurteňbark. Los sacamos al exterior, para dejarlos al alcance de Faddor Dunjska, nuestro dios de los cielos, que enviaría a sus cuervos para llevar sus almas a Suly Tur.

Tras esto, emprendimos nuestro camino de vuelta con la cabeza de nuestra bestia, que serviría como prueba y trofeo. Yo, nuevamente, les seguía por detrás, sin apartar la vista de esa cabeza, que dejaba a su paso un manto de pétalos de rubí sobre el blanco de la nieve.

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