Conflicto de Intereses

Una grieta de luz oscura resquebrajó el aire y creció hasta formar un agujero. Una figura encapuchada salió de él, seguida de un hombre alto y musculoso, apenas vestido por un taparrabos de cuero.

—…todos los días puedo meterme en peleas, o encuentro a alguno de los enemigos que había derrotado en vida, y puedo volver a zurrarlos sin parar, ¡porque ya estamos muertos! ¡Me encanta ese sitio! —decía el tipo musculoso.

«Menudo tostón me está dando», pensaba su guía. Avanzaba en silencio y hacía caso omiso de la verborrea constante del alma que había traído al mundo de los mortales. «Los bárbaros solían ser tipos lacónicos y secos. A este, la muerte le afectó».

Tras unos pocos minutos, llegaron a una cabaña.

—¿Por qué me has traído de vuelta al mundo? —preguntó el guerrero.

—Te lo he dicho antes, pero estabas enfrascado hablando de tus hazañas, tus peleas y tus cosas, y no he mas hecho caso —respondió la Muerte sin molestarse en ocultar su descontento—. Los dioses han decidido devolverte a la vida. Por algún motivo que no entiendo, les has caído en gracia y quieren seguir viéndote haciendo tus cosas de bárbaro. En esa cabaña está tu cuerpo. Entra en él y disfruta de tu vida. Buenos días.

—¡Ni hablar! —exclamó el guerrero.

—¿Qué?

—No quiero volver a vivir. Quiero volver al lugar donde estaba, a mis peleas sin fin. ¡Llévame allí de inmediato! —ordenó con ese orgullo característico de los héroes. Según su forma de comportarse, ir por ahí derrotando villanos le daba el derecho a exigir lo que le daba la gana.

—Pero ¿tú estás tonto? Te estoy devolviendo la vida. Los dioses en persona te han dado otra oportunidad única. Cualquier otro mortal rría tenerla. ¿Entiendes? Ahora, cierra el pico y entra en tu cuerpo.

—Yo no quiero volver a la vida. ¿Has visto esa chabola? He pasado toda mi vida en tugurios como ese, maldurmiendo en lugares incómodos, alerta por si alguien me asesina mientras duermo, o me ponen veneno en comida y bebida. ¿Creés que las heridas de combate no duelen? Esta de aquí me tuvo amargado durante meses. Ni loco vuelvo yo. En ese otro sitio, puedo pasar el día peleándome sin miedo al dolor, a las puñaladas por la espalda, coger enfermedades venéreas, ni nada. ¡Llévame de vuelta o te obligaré! —Desenfundó su espada enorme, y la blandió de forma muy amenazadora—. ¡Te mataré! ¡Mataré a la Muerte y seré el héroe más grande de todos los tiempos!

Los golpes la atravesaban como al aire sin producir ningún efecto. La Muerte se limitó mirarlo con cara de fastidio.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de comportarte como un niño y entrar en tu cuerpo?

—¡Jamás! ¡Eh!, ¿qué es esa cosa voladora? —dijo, señalando a un punto en el aire.

—¿Qué cosa…? Oh… mierda.

En efecto, en cuanto había vuelto la cabeza, el guerrero corrió para internarse en el bosque.

La Muerte se arremangó el sudario y corrió a perseguirlo, pero en la foresta, le había perdido la pista por completo.

Aunque varias de sus capacidades le servían para localizar almas y saber cuándo estaban apunto de ser liberadas, en lo concerniente a las retornadas al mundo de los vivos, eso era otro asunto. El bárbaro era un fantasma y se escapaba de su jurisdicción. El auténtico problema era que si notificaba la pérdida del alma para pedir apoyo, sobre todo la de ese héroe, iba a perjudicar seriamente su inminente promoción.

«Maldita sea. Me he dejado engañar como a una novata».

No obstante, podía percibir todo lo vivo: las plantas, animales, insectos… Debía concentrarse en encontrar algo carente de vida, un vacío.

Pero no era capaz de percibirlo de ninguna manera. El bárbaro debía ser un experto en camuflaje e, incluso muerto, se había mimetizado a la perfección con el entorno. Además, como ahora era un fantasma, podía incluso estar oculto dentro de un árbol, y escapar a sus sentidos.

—¡Te reto a un duelo! —gritó—. Si ganas, te dejo libre y podrás decir a todo el mundo que derrotaste a la Muerte. Serás el héroe más grande de todos los tiempos. Pero es imposible. ¡Nadie puede derrotarme en un duelo!

Casi de inmediato, el bárbaro salió de entre unas matas.

—¡Yo te derrotaré en combate singular! Soy el más grande héroe de todos los tiempos.

—Pero si te gano, vuelves al cuerpo.

—Y me suicidaré para volver a morir —dijo el bárbaro—. Pase lo que pase, yo gano. ¡Soy más listo que la Muerte!

Con un gesto, la Muerte hizo aparecer una espada en su mano y le dijo:

—Antes, hay algo importante a saber sobre esta espada; fue forjada por los dioses mismos. Lo pone en estas palabras.

El bárbaro entrecerró los ojos para poder leer la letra minúscula tallada en el filo.

Aprovechando esto, la Muerte golpeó con la empuñadura al bárbaro en la cabeza. Antes de tocar el suelo, ya estaba inconsciente. Lo cogió del pie y lo llevó a rastras hasta la choza.

—«Me suicidaré para volver a morir. Pase lo que pase, yo gano». Cuando resucites, no recordarás nada de esto, zoquete.

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