Ejercicio policiaca

Esto es un ejercicio para un curso de escritura. El objetivo era únicamente presentar la situación, sin desarrollarla. No obstante, tengo todo el concepto apuntado, así que no descarto que algún día escriba la novela.

Argantillas era una pequeña villa. En realidad, apenas consistía en una herrería, una posada y unas pocas tiendas más, apartada de otros burgos mas importantes.

El deshielo daba paso a la primavera, y varias flores ya asomaban por entre la nieve. Los dos hijos de Artolia habían venido al bosque colindante precisamente a ver esos primeros brotes. Como no había animales salvajes en las cercanías, no suponía ningún peligro para los niños jugar allí. De hecho, era un lugar frecuente, con la posada como única alternativa al entretenimiento.

Súbitamente, los gritos de los niños alertaron a su madre. La mujer dejó lo que estaba haciendo y corrió en busca de sus hijos.

No tardó en encontrarlos, aún en las cercanías de la casa. Estaban plantados. Observaban, con expresión extraña, algo en el suelo.

—¿Estáis bien? ¿Os habéis hecho daño?

—¡Mamá, mira!

Artolia miró donde señalaba su hijo. Soltó un grito de horror al ver lo que la nieve medio derretida había mostrado.

Donlin, el comisario del pueblo, estaba desconcertado. También asustado. Además, era el único representante de la ley. Al ser un pueblo tan pequeño y tranquilo, nunca había hecho falta ningún tipo de guardia, y él solo se bastaba para solucionar los escasos problemas locales. Ahora, todo el pueblo tenía los ojos en él, en busca de respuestas.

—Comisario, ¿cómo ha llegado eso ahí?

—Un poco de calma. Dejadme pensar. Pero, ante todo, no lo toquéis.

Donlin se rascó la cabeza. Se acercó y observó aquello con detenimiento. Tras él, un pequeño grupo de locales observaba la escena.

—¿Estáis seguros de que todo el mundo está bien? ¿Nadie ha desaparecido? ¿Ningún altercado o algo raro?

—No. Ya hemos preguntado, varias veces, y todos están bien. Asustados, pero bien —respondió alguien del pueblo.

«Maldita sea. De todos los pueblos del mundo, apareces en el mío».

—¿Ha pasado algún forastero?

—Ninguno en las últimas semanas —dijo el posadero.

—¿Has averiguado algo ya? —preguntó el maestro herrero.

—¿Cómo voy a saber nada, hombre?

Sin embargo, aquello era una puerta a muchas preguntas cuya respuesta, probablemente, no quería saber.

—¿De dónde has salido tú? O, lo más intrigante, ¿a quién perteneces, y dónde está?

Allí, tirado en el bosque, a poca distancia de la casa de la Artolia, había aparecido, sin motivo, un pie humano desnudo cercenado. Sin marcas de dientes, ni violencia. Solo un corte perfecto a la altura del tobillo.

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