La decisión

Desde un extremo de la calle, Tobías miraba fijamente a Maxom, situado en el otro en idéntica postura. Aunque le calmaba estar a distancia de su espada, esto también ponía a su enemigo fuera del alcance de sus hechizos.

La pequeña tropa de guardaespaldas de su enemigo observaba sin inmiscuirse. Tras él, estaba su única banda: Hornol, expulsado de la academia de magia por torpe. Este intentaba, por todos los medios, convencer a su amigo de lo absurdo de la situación.

—Tío, no seas idiota. Te va a cortar la cabeza.

Tobías lo ignoraba. Aunque nadie lo había declarado, esto era un duelo oficial de un estudiante de tercero de mago contra un guerrero veterano. Maxom aún mantenía la espada envainada, pero su mano no soltaba el mango. Intercambiaron miradas de odio mutuo.

—Ningún lanzachispas me va a dar órdenes, especialmente un par de niñatos.

—Yo no he venido aquí a darte órdenes. Solo quiero ayudaros para convertir esto en una auténtica banda.

Nada en el rostro de Tobías delató la mentira. Realmente intentaba manipular a los bandidos de este poblado oculto, usarlos como sus secuaces personales y conseguir un puesto dentro del crimen local. Maxom se rebeló como el mayor de todos los obstáculos. El guerrero apareció desde el primer momento para crear problemas, no solo contra él, sino contra toda iniciativa de hacer de Orxate una comunidad de ladrones próspera. Aterraba al mago hasta la médula, pero todos los maltratos a los que le sometió agotaron su paciencia. Aunque tenía miedo, sobretodo, estaba furioso.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el espadachín cargó sin aviso.

¡Taqa Yadfae!

Una onda púrpura translúcida le golpeó. Este cayó y se incorporó en un solo movimiento con gran pericia, listo para lanzarse nuevamente.

¡Taqa Dire!

Un halo del mismo tono cubrió al mago justo cuando Maxom llegó a su altura con un embiste de la espada. El hechizo protector frenó parte de la inercia del ataque, pero no lo suficiente. Tobías sintió un palmo de acero dentro de su vientre. Tras unos segundos, cayó al suelo, cubriéndose la herida sangrante.

—No has durado ni un asalto. —Rio triunfante. Limpió la espada y la envainó—. Con este ataque, hubieras muerto en poco tiempo. Pero ahora, gracias a tu truco, morirás lentamente en agonía. Debo darte las gracias por dejarme disfrutarlo.

Hornol corrió junto a su amigo. Este se retorcía e intentaba formular un hechizo, sin éxito.

—No puedo hacerlo. —Tobías aguantó un quejido—. Duele demasiado como para poder concentrarme. Debes hacerlo tú.

—¿Yo? ¿Estás loco? A mí solo se me da bien hacer explotar las cosas. Recuerda las ranas cuando practicamos la curación.

—Puedes hacerlo, solo debes concentrarte bien, controlar esos dedos de morcilla que tienes.

—¿Estás seguro?

—No, pero no hay otra opción.

Maxom había vuelto con los suyos. Se sentó a ver tranquilamente cómo el mago moría.

Hornol puso las manos en posición. Pronunció las palabras lentamente, con mucho cuidado.

Alkjurum Tiam-kaira.

—Vas bien. Mantén la concentración. Cuida el pulgar de la mano derecha. ¡Tu otra derecha! Céntrate.

—¡Cállate! ¡Me estás poniendo nervioso!

—Me callo, pero date prisa.

Volvió a reunir la concentración. Una neblina arenosa surgía de sus manos y se difuminaba en la herida de Tobías. Poco a poco, se curaba. Este reprimió sus ganas de decirle cosas para no desconcentrarle. Por fín, tras unos segundos eternos, la herida estaba completamente cerrada, aunque con una cicatriz bastante extraña, con algunas partículas de piedra.

—¡Lo hice! Ha funcionado. No has explotado o salido en llamas ni nada, de momento.

—Sabía que podrías hacerlo. Ahora, voy a finiquitar esto de una maldita vez.

—¿No volverás a por el psicópata ese?

—Quiero Orxate. Quiero ser su líder. No voy a perder esta posibilidad cuando la tengo tan cerca.

Maxom se incorporó, listo para enfrentarlo.

—De verdad estás decidido a morir.

—Eso ya se verá. Tengo algunos trucos en la manga.

Las manos de Tobías emanaron un vapor denso violáceo al concentrarse.

Hornol se limpió el sudor de la frente. No podía dejarle morir de esta manera, pero tampoco meterse, de lo contrario, el resto de los guerreros se sumarían. Solo podía gritarle desde la distancia.

—Tío, déjalo, esto es algo muy gordo. Se nos va de las manos.

—¡Nunca después de todo lo que hemos pasado por esa gente, por conseguir su confianza. No voy a rendirme ahora. Me he ganado ser su líder. ¡Lo merezco!

—Esto nos supera, ¿no lo ves? Te has obsesionado con tus sueños de ser un señor del crimen. Déjalo, vámonos a casa. Es mejor huir para luchar otro día que morir y no poder ganar nunca. Ya encontraremos otra manera.

Maxom avanzaba tranquilamente, fingiendo una pereza insultante con intención de irritar al mago.

Tobías cerró los puños con rabia. A su alrededor, los ladrones del poblado vivían sin un objetivo que los guiara. Él se lo podía dar, y conseguir provecho de eso. Su sueño estaba ahí, muy cerca. Casi podía tocarlo.

El sonido de la espada del guerrero lo sacó de sus pensamientos.

«Este es el premio a todo nuestro trabajo…». Hornol y él se enfrentaron solos a un grupo de Gnolls que amenazaba al pueblo; combatieron a un paladín al robar una reliquia de su templo; casi se matan al robar aquel barco volador. «Todo eso para renunciar ahora». Dio vueltas a su cabeza. Apenas contaba con algún hechizo ofensivo, y ni siquiera tenía claro que bastara ahora. No estaba preparado para esto. La rapidez y experiencia de Maxom le hicieron superar sin apenas problemas el empujón telequinético, su mejor ataque. Le corroía la rabia, pero debía admitir la verdad las palabras de su compañero.

—Tú ganas. Lo dejo.

Este se sorprendió.

—¿Cómo? —escupió.

—Me largaré de aquí para siempre. Puedes matarme si quieres, pero atacaras a un hombre indefenso. Ni siquiera tú puedes hacer eso.

Maxom enfundó su espada con ira. Deseaba matar al joven de una vez, pero no podía atacarlo ahora, tras su rendición, sin perder el respeto de sus soldados.

Antes de que pudiera cambiar de idea, Hornol lo tomó del brazo para salir de allí cuanto antes.

Mientras abandonaban el poblado, Tobías dedicó una última mirada a Maxom. «Has ganado la batalla, pero no la guerra. Volveré a por ti cuando esté preparado».

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