Relato: La casa de mi Hermano

Hace días que no se nada de mi hermano Chimo. Siempre ha sido un chico problemático que tiende a rodearse de gente poco recomendable y ahora ha desparecido sin dejar ni rastro.

No contesta al teléfono, ni ha abierto la puerta cuando he ido a su casa fuera de la ciudad, así que me temo lo peor. Por eso he tomado la decisión de entrar por las malas y ver que pasa. Solo espero no encontrarme nada que no quiero encontrarme. Espero que simplemente le haya dado una de sus neuras de aislamiento y esté encerrado jugando con la consola o atiborrándose a porros. Mientras solo sea eso, va bien. Pero espero no encontrarme con nada más gordo.

Solo por si acaso, en caso de toparme con problemas serios, cojo mi pistola reglamentaria de la policía y la copia de la llave que me había dado hacia años. Solo por si me encuentro con gente chunga realmente problemática.

Una vez en la puerta llamo en un último intento de que él mismo me abra pero nadie responde. Las persianas de todas las ventanas están completamente cerradas, por lo que tampoco puedo ver nada de lo que hay dentro.

Uso la llave y abro la puerta con la despreocupación que da la confianza familiar. Si no le gusta que me meta en su casa, que se joda, que no hubiera desaparecido.

Dentro, todo está oscuro. ¡Qué peste! Huele a algo como… ¿plantas podridas? Enciendo el interruptor pero no funciona. La luz que entra por la puerta en la que aún estoy me permite ver malamente que todo esta cubierto por lo que parecen enormes telarañas. ¿Qué coño ha estado haciendo este tío?

Llamo a mi hermano a voces pero nadie responde. Tengo un mal presentimiento. El hedor llena el aire de la casa por todas partes. No solo huele a flores podridas, sino como si aún conservaran su aroma original, pero no consigo saber que flor es.

Avanzo por la entrada de la casa, apartando las telarañas y al tocarlas me doy cuenta que no son tal. Es algo extraño que no había visto en mi vida. Pese a ser grises y llenas de huecos de aspecto viejo y seco, el tacto es como de hojas frescas con una flexibilidad impropia de las apariencias. Me doy cuenta que han aparecido por todas partes y lo cubren todo; paredes, muebles, techo… Incluso el suelo está cubierto por estas cosas. Es increíble como ha podido aparecer todo esto en solo unos días. Quizá sea algún tipo de enredadera extraña que mi hermano ha estado cultivando. Quizá alguna variante de marihuana. Vete a saber.

Súbitamente, mi instinto me avisa que algo va muy mal. Saco la pistola y subo las escaleras hacia el despacho de Chimo.

Me asomo a su cuarto y lo que veo me hiela la sangre. El cuarto, antes amueblado, está vacío excepto por lo que parece una gran jaula hecha a mano. Apenas puedo ver bien lo que es. Hay más hojas raras de estas por todas partes y envuelven la jaula como si fuera un capullo o como si quisieran atraparla. Me acerco apartándolas, pisándolas incluso para abrirme paso. Quito varias de las que cubren la jaula y puedo ver mejor lo que hay dentro.

¡Chimo! ¡Está muerto!

El cadáver de mi hermano. Chimo muerto. Pero lo peor es la expresión de la cara; una mueca retorcida y grotesca que expresa una agonía inmensa en la que debió de morir. Los ojos abiertos de par en par, apunto de saltar de sus cuencas, la boca desencajada en un aullido aún en sus labios. La manos contraídas sobre su cabeza, como protegiéndose de algo. Varias heridas profundas hechas con las uñas en la propia cabeza.

La boca se me llena de vómito, no puedo evitar soltar un gran chorro de potada sobre la jaula, plantas, y… ahora los veo, unos libros dentro de la jaula, junto a Chimo.

Las hojas parecen reaccionar levemente al contacto con los ácidos.

Toso. Mis piernas flojean, me siento débil.

Intento centrarme en los libros y ver de que tratan. Parecen de brujería o magia negra a juzgar por las imágenes.

¿En qué coño te has metido Chimo?

Y sobretodo ¿qué ha podido causarte tal muerte para que tengas esa cara? ¿Qué puede haberte matado de esa forma? Y sobretodo, ¿por qué? En toda mi vida de policía he visto de todo, pero nunca a nadie así.

Salgo del despacho con una nueva oleada de arcadas. Me apoyo en el pasamanos y vomito nuevamente.

Entonces lo veo, en el piso de abajo.

Una cosa extraña y amorfa, con protuberancias, oquedades y surcos por todo el cuerpo sin orden ni sentido, algo similar a una patata pero mucho más grande, más grande que un perro. Del cuerpo surgen multitud de tentáculos segmentados en anillos que lo mantienen elevado y lo transportan lenta y torpemente.

Y me mira. No tiene cara, ni ojos, pero sé que me mira. ¡Me está mirando!

¿Qué es esa cosa? ¿De dónde ha salido?

Unas aberturas pequeñas, similares a agallas, se abren de forma rítmica. Una especie de silbido me inunda.

Mi cabeza empieza a doler.

El dolor va en aumento, y también todos mis nervios. Los nervios lanzan descargas cada vez más agudas de dolor que me hacen gritar de agonía. Es como si aceite hirviendo recorrieran todas mis venas.

Y cada vez es más intenso.

Esto debió ser lo que mató a mi hermano; un dolor tan inhumano y agudo que hará que muera por puro dolor y colapso nervioso.

Saco la pistola y meto el cañón en la boca.

Cualquier cosa es mejor que sufrir lo que sufrió mi hermano.

¡El dolor es insoportable!

Aprieto el gatillo.

 

 

 

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