La Bestia de más de Mil Ojos

El siguiente relato contiene escenas explicitas de violencia, sexo, sangre y otras muestras de malas maneras.
  …

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Haces de luz azules y rojos iluminaban el escenario, en el que un grupo mixto de atractivos bailarines semidesnudos danzaban la coreografía de apertura del programa al ritmo de la música que el público del plató coreaba con palmas. Un ejército de cámaras enviaban las imágenes a todas las televisiones del país a una cantidad ingente de espectadores en sus hogares, deseosos que de el programa empezara.

La música terminó y los focos se encendieron para iluminar completamente el enorme escenario. De entre una cortina de humo, micrófono en mano, saludando a los espectadores con una enorme sonrisa, el presentador hizo su entrada en escena ante un fervoroso aplauso del público.

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“The Running Man” (1987)

 

— Muchas gracias. Muchas gracias por estar ahí una nueva edición. Son formidables. Muchas gracias a todos ustedes — saludaba, flanqueado por una de las asistentes a un lado y un chico musculado al otro —. Bienvenidos a una nueva edición de… `Ejecución´, su programa favorito dónde podrá contemplar violentas ejecuciones en vivo para todos ustedes en riguroso directo. Todo lo que aquí ocurra es totalmente real, verídico cien por cien. Pónganse cómodos porque hoy podrán disfrutar de nada menos que seis ejecuciones, aquí, para todos ustedes. ¿Cómo morían? Ni siquiera nosotros lo sabemos, y esa es parte de la emoción del juego. Porque… ¿dónde estamos?

— ¡EJECUCIÓN! — respondió la masa de espectadores.

— Y, ¿qué quieren ver? — volvió a preguntar.

— ¡EJECUCIÓN! — respondieron nuevamente.

— Sí, damas y caballeros. Y ahora, para comenzar el espectáculo de esta noche, presentaremos al primer participante — decía sin dejar de moverse, ante la mirada fija e impaciente de cientos de ojos — . Pero antes, queremos recordarles, que todos nuestros participantes son voluntarios. Completamente voluntarios. Como podría serlo cualquiera de ustedes — dijo con alegría, señalando a la multitud — . Nuestros participantes han decidido terminar con sus vidas y prefieren hacerlo en directo, para todos ustedes, mi querido público. Además, como gratificación por su sacrificio, serán recompensadas con un sustancioso premio en metálico para sus familiares.

Cientos de manos rompieron en un aplauso como un solo ser que inundaba todo el auditorio.

— Así que recuerden, si han pensado en acabar con su sufrimiento y su vida no es como le gustaría que fuera, usted también puede participar y beneficiar a sus familiares con ello. ¿Dónde? — preguntó acercando el micrófono a público.

— ¡EN EJECUCIÓN!

— ¿Quién se preocupa por sus familiares y les ofrece una muerte digna?

— ¡EJECUCIÓN! — clamó una voz formada por miles.

Una nueva ola de aplausos sacudió el palco.

— Creo que es hora de pasar a la acción. No está bien hacer esperar a nuestro primer participante. Demos un caluroso aplauso a ¡Roberto Yung!

Al ritmo de una sacudida de aplausos, un hombre de mediana edad, de aspecto oriental entró en el escenario desde un lateral. Una atractiva chica de grandes pechos desnudos, le guiaba cogiéndole con cariño del brazo hasta llevarlo junto al presentador, que lo recibió con un fuerte abrazo.

— Muy buenas noches Roberto. ¿Cómo está usted esta noche? ¿Nervioso? — le preguntó en tono animado.

— Buenas —titubeó— . Si, estoy algo nervioso.

— Bueno, es normal, se encuentra en su momento de gloria. Todo el país está ahora mismo viéndole en directo desde sus casas. Pero no se preocupe por eso, sea usted mismo.

» Y ahora, como marcan las reglas, voy a preguntarle por ultima vez, y quiero que se lo piense bien, ¿está usted seguro de que desea usted pasar a mejor vida? Esta vez la respuesta será definitiva. No se preocupe, puede echarse atrás si lo desea — añadió exagerando una expresión de tristeza, ya que cambiar de opinión defraudaría a los cientos de espectadores en el plató. Miles en sus casas.

Hubo un silencio sepulcral, la gente guardaba silencio indicado por un cartel enorme, esperando la respuesta. Todo el mundo ansiaba el `sí´.

Los sentidos del señor Yung funcionaban a cámara lenta y de forma confusa. Apenas podía pensar bien, y sus conclusiones tendían a dejarse llevar por lo que se le pidiera. Ese era el efecto de la droga que le habían suministrado en el agua en secreto. De esta manera se aseguraban que no cambiaran de opinión en el último momento, ya que el contrato les permitía esa oportunidad.

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“Battle Royale” (2000)

Titubeó durante unos segundos. La presión de cientos de personas esperando su aceptación era un gran peso para su cabeza adormecida. De todas formas ya había tomado una decisión, y no podía echarse atrás.

— Sí. Estoy seguro — dijo al fin.

— ¡Muy bien! Muy valiente señor Yung. Un fuerte aplauso para él.

El público estalló en nuevos aplausos y vitoreos. Algunos exhibían pancartas con mensajes como “Gracias por tu sacrificio” o “I love Ejecución”.

— Y díganos, ¿cómo le gustaría ser ejecutado?

— Decapitación — respondió lentamente.

— ¡Decapitación! Maravilloso, algo sangriento, pero no muy doloroso.

Las masas aplaudían con aprobación la decisión, tanto los que llenaban la totalidad de la butacas, como los que estaban en sus hogares.

— Recuerden, ustedes también pueden recibir una eutanasia completamente legal. Si está sufriendo una terrible enfermedad, cuyo final ya conoce, o incluso si lo único que necesita es algo de dinero para su familia, puede hacerlo aquí, en directo. Nosotros no vamos a juzgarle ni cuestionar sus motivos. Sólo debe enviar un email a Eutanasia@Ejecucion.com, y podrá poner fin a su sufrimiento de forma limpia y digna, acabando con esos dolores que le atormentan.

» Y… no puede haber una ejecución sin un ejecutor, ¿verdad? — continuó, casi de inmediato — . ¿Quién será el ejecutor del señor Yung? Nuestros sistemas han elegido al candidato perfecto de entre los cientos de personas que se inscribieron como Ejecutores — se acercó a una cámara y continuó con excitación — Efectivamente. Usted también puede ser un Ejecutor o una Ejecutora. Si siempre ha deseado matar a alguien, sin incurrir en el delito, envíe una solicitud inmediatamente a nuestro programa a la dirección Verdugo@Ejecucion.com, y podrá matar a alguien de acuerdo a sus preferencias de forma totalmente legal. Asegúrese de que lo envía a la dirección adecuada, no la envíe a la errónea… — el público rió el chiste — . Además, entrará en un concurso de los mejores ejecutores del mes, dónde podrá ganar un premio de hasta dos millones de Euros.

»Y sin más esperar, demos una cordial bienvenida al verdugo del señor Yung, ¡el señor Alaciá!

Con una música de rock duro, y bajo un aluvión de aplausos, un par de azafatas, luciendo su semi-desnudez, acompañaban al futuro verdugo, el cual entraba con gran ánimo y saludando a sus observadores de forma algo agresiva.

— Buenas noches señor Alaciá. ¿Cómo se encuentra? ¿Con ánimos de matar a alguien?

— ¡Sí! Muchas gracias, estoy muy contento de haber sido elegido. Llevaba meses mandando solicitudes y por fin lo he conseguido.

El señor Alaciá estaba algo nervioso, adrenalinico, brillaba bajo los focos por el sudor que cubría su cara y los ojos casi se le salían de las órbitas.

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La droga que a los verdugos le suministraban les excitaba, les volvía más agresivos. Una droga que se había usado en los soldados en la guerra. Esto aseguraba que el espectáculo ofreciera la sangre y violencia que la masa demandaba. También aseguraba que no cambiaran de opinión por algún sentimiento de culpa de última hora. Ya había pasado y el programa perdió valiosos inversores por ello.

—Pues esta noche es su gran momento de gloria — dijo el presentador entre risas — . Y, díganos, ¿por qué quiere usted matar a alguien?

— Lo que realmente quiero es cortarle el cuello al bastardo de mi jefe. Pero aquí al menos podré desahogarme y pensar que es él. Además, siempre he querido cargarme a un cabrón amarillo — dijo mirando con desprecio al señor Yung.

— Estupendo, esa es la actitud. Debo advertirle que el señor Yung ha decidido ser decapitado. Es así como deberá ejecutarle. ¿Está usted de acuerdo? Por supuesto le daremos varias opciones para que pueda elegir su propio estilo.

— Sí, sí. Me parece bien — respondió con ansia, limpiándose el sudor con la mano.

— Pero antes, querido público, le damos paso a unos mensajes de nuestros patrocinadores que hacen posible este programa, y en seguida volveremos con…

Cientos de bocas gritaron a coro:

— ¡EJECUCIÓN!

Los asistentes volvieron a salir al escenario a bailar, luciendo sus cuerpos prácticamente desnudos, musculosos y fibrosos unos, exuberantes y sensuales las otras. Al mismo tiempo, unas pantallas gigantes emitían el anuncio de un nuevo modelo de coche, seguido de una colección de ropa de moda, luego otro de joyas, y otro de corbatas.

Tras unos minutos, los bailarines salieron del plató y las pantallas de apagaron. Nuevamente, los focos iluminaron el plató, mostrando al señor Yung amarrado en una silla y, cerca de él, una mesa cubierta por un paño rojo.

— Tras esta breve pausa, ya tenemos al señor Yung a punto. ¿Está cómodo señor Yung? — preguntó el presentador.

— Sí, estoy bien — respondió lentamente.

Una azafata estaba sentada de forma provocativa sobre él.

— ¿Desea decirles unas últimas palabras a su familia? Han venido a verlo y están entre el público.

Un foco iluminó a una mujer asiática entre la multitud. No parecía disfrutar mucho del espectáculo.

— Que la quiero mucho, y lo siento. Pero… creo que es mejor así.

— Preciosas palabras — cortó el presentador. El enjambre de vibrantes espectadores no quería dramatismos, sino violencia y sangre, y tampoco convenía que empatizara con el que iba a ser ejecutado — . Y ahora… el momento del Ejecutor. Señor Alaciá, como ya le hemos indicado, y de a cuerdo con los deseos del señor Yung, deberá acabar con su vida, y garantizar tres mil euros para su familia, mediante la decapitación. Ahora es el momento Señor Alaciá, es el momento de coger toda esa ira que siente hacia…

— Mi jefe — respondió.

— Toda esa ira y esa rabia que siente hacia su jefe, y déjela salir. Todos odiamos a alguien, ¿verdad?

Una criatura compuesta por cientos, aplaudió y vitoreó.

— Y para ayudarle a liberar su odio, ¡aquí están los objetos que podrá elegir!

Una azafata de pelo oscuro, pechos bien contorneados y piernas firmes, descubrió la mesa y varios objetos quedaron expuestos a la vista del mar de ojos. La asistente los mostró con un movimiento de brazo y una expresión lasciva y morbosa: Un machete, un hacha, una motosierra y unas cizallas.

— ¿Y bien? ¿Cuál va a ser su herramienta de Verdugo? — dijo el presentador.

— ¡La motosierra! — respondió el señor Alaciá rápidamente.

El deseo de sangre y masacre de los Verdugos, enardecido por la droga que habían tomado, les hacía, casi siempre, elegir los métodos más brutales.

La chica tomó la herramienta, apretándola contra su cuerpo, y con unos andares sensuales, acompañó al ejecutor hasta su tarima, detrás y un poco más alto que el señor Yung. Luego, apretando sus pechos contra él, le ayudó a arrancarla.

La música ambiental cesó y sólo se oía el petardeo de la motosierra.

El señor Yung sudaba nervioso al oír el ruido, sin poder moverse.

El señor Alaciá respiró hondo y comenzó a cortar el cuello por el lado derecho. Rápidamente, grandes cantidades de sangre salpicaron por todas partes. Cara y cuerpo quedaron completamente cubiertos por ella en los primeros segundos.

El programa había decidido, hacía tiempo, no proporcionar ningún tipo de protección a los Verdugos. Que quedaran empapados en sangre hacía más macabro el programa, y daba más sensación de realismo. Las estadísticas demostraban que la gente reaccionaba mejor. Además, si por algún motivo, el Verdugo tenía un accidente y él también resultaba herido o incluso muerto, las audiencias subían como locas. Las redes sociales harían circular esos vídeos de forma viral, fomentados precisamente por la propia censura que el programa imponía, proporcionando mucha más publicidad de forma gratuita, gracias a los propios internautas. El programa no se hacía responsable, ya que en una de las cláusulas del contrato que el Verdugo había firmado, eximía al programa de toda responsabilidad.

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El señor Yung comenzó a gritar al sentir como la cadena mecánica le destrozaba la carne y astillaba el hueso. Se agitaba y sacudía contra unas correas que lo mantenían fuertemente sujeto. Pero sus aullidos eran cubiertos por el ruido de la motosierra, que rugía con frialdad impasible.

— ¡Muérete cabrón amarillo! — gritaba el señor Alaciá, fuera de sí.

La sierra penetraba muy lentamente en el cuello de la víctima, ante los vitoreos de la mayoría, mientras otros se tapaban los ojos o la boca. El suelo estaba ya cubierto de sangre. Unos pocos vomitaban en las bolsas que habían en los asientos. Un par de azafatas danzaban sensualmente a ambos lados del señor Yung, con la intención de animar aún más el espectáculo y excitar al Verdugo.

Llegó un momento en que la sierra tuvo problemas para seguir seccionando el hueso de las cervicales y apenas avanzaba, lo cual enfureció al ejecutor.

El presentador empezó a hacer señales al público para animarlo. Este comenzó a gritar a coro varias frases, pero entre ese follón, se podía distinguir una mayoría que clamaba:

— ¡Machete! ¡Machete! ¡Machete!

— Creo que nuestro público prefiere el machete…— informó el presentador.

El señor Alaciá tiró la motosierra al suelo, golpeando el suelo encharcado e hizo salpicar gotas de sangre alrededor.

Una de las bailarinas se acercó a la mesa, acarició el machete y lo tomó con suavidad libidinosa. Lo estrechó contra sus pechos como si fuera un falo y se lo entregó al señor Alaciá lanzándole un beso.

Este, muy al límite de la excitación, sopesó el peso del machete y sintió el poder que le daba. Miró al señor Yung que, aunque seguía gritando, había bajado la intensidad. Debía darse prisa si quería matarlo mientras seguía consciente.

Alzó el machete y lo descargó contra el cuello. Más sangre salpicó. Le costó sacarlo de las cervicales en las que se había quedado incrustado. Un segundo golpe falló y le dio al señor Yung en la cara, a la altura de la sien, saltándole un ojo. La gente vitoreó. El tercer golpe dio en el hombro. El señor Alaciá, con la cara cubierta en sangre apenas podía ver bien y menos aún apuntar. Comenzó a dar golpes a ciegas. El ejecutado pareció recobrar la vitalidad por los golpes aleatorios y volvía a chillar y a sacudirse, como queriendo soltarse de las correas que lo aferraban.

El señor Yung recibió más impactos del machete en varias partes de la cabeza, cara y algunos en el cuello, hasta que este quedó mayormente seccionado y se inclinó hacia la izquierda.

El ejecutor sujetó la cabeza por el pelo, y con la otra mano le dio un golpe tras otro hasta que consiguió separar completamente la cabeza del cuerpo.

— ¡Sí! ¡He matado a este hijo de puta! ¡Sí!

Entonces la levantó y la enseñó en pose triunfal a la bestia de mil ojos.

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“El Señor de las Moscas” (1990)

Esta se alzó en sus asientos como una legión todopoderosa entre un rugido de aplausos y gritos, concediendo su aprobación y satisfacción. Pero su ansia de sangre sólo había empezado. Aún quedaban otras seis ejecuciones, y no podía esperar a ver más.

— Felicidades señor Alaciá. Ha hecho tres mil Euros más rica a la señora Yung. ¿Cómo se siente al ayudar a esa familia a mejorar su situación económica?

Las azafatas, cuyos cuerpos estaban también manchados en la sangre en la que se habían bañado, le ayudaron a bajar y le cogieron el machete de la mano. Una de ellas lamía la sangre con deleite.

— Bien. ¡Me siento fenomenal! — gritó eufórico a la audiencia, la cual le premió con más aplausos y vitoreos.

— Ahora, nuestro primer Ejecutor pasará a formar parte del concurso del Ejecutor del mes. ¡Pero aún quedan muchas más ejecuciones para todos ustedes!

La bestia aplaudió y exigió más sacrificios para aplacar su sed.

— Pero ahora, unos mensajes de nuestros patrocinadores mientras limpiamos el escenario, y después… ¡una participante que desea ser quemada viva para todos ustedes!

 

 

 

 

 

 

«Lupus est homo homini, non homo, quom uails sit non novit»

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro

— Plauto, `Asinaria´

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