No Subestimes a la Gente

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Me llamo G., y desde hace años me gano la vida alimentando a Muertos Vivientes.

No voy a entrar ahora en detalles de cómo conseguí este trabajo, pero para gente como yo, no está mal. Me ha permitido tener buenos ingresos y un cierto estilo de vida, un buen movil con el que controlo mi casa inteligente, via wifi con un injerto craneal en mi cabeza, y prácticamente cualquier aparato que poseo, un par de prótesis biónicas de los buenos y mi propio aerocoche.

Como decía, yo y mis compañeros nos dedicamos a proporcionar alimento a nuestros “clientes” en un agujero que llamamos “el zulo”, y es mi lugar habitual de trabajo. Yo estoy en las celdas, cuidando de los prisioneros y sirviendo a los clientes, mientras que otros compañeros se dedican a otras cosas, como conseguir la “comida” o relaciones con los clientes.

Su “comida”, permitidme el eufemismo, la mantenemos en celdas individuales a lo largo de los pasillos que se extienden en el subsuelo que está oculto bajo una nave en la zona industrial, dónde nos aseguramos de que se mantienen en un nivel de salud óptimo.

Aunque la verdad es que a la mayoría de los Muertos les da igual en qué estado se encuentren, siempre es mejor si saben que no van a hincarle el diente a alguien con alguna degeneración por consumir drogas raras o, con los ciberimplantes a la orden del día, tener la certeza de que van a morder carne y no metal, cables o algún órgano sintético. No les hace la más mínima gracia, os lo puedo asegurar.

Así que este negocio se ha convertido en algo bastante próspero y ha conseguido hacerse un hueco en su mundo al proporcionarles no sólo comida, sino un lugar donde poder hacerlo sin preocuparse de que les molesten durante el proceso ni deshacerse de lo que dejan detrás. Les proporcionamos un lugar donde alimentarse tranquilamente. Vienen, comen, pagan y se van. Ese es el trato.

Por supuesto, te podrás hacer una idea de qué tipo de material estamos hablando cuando digo que les alimentamos; personas.

 

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Sí señor. Secuestramos individuos marginales o de forma selectiva, los mantenemos encerrados y en buen estado hasta que un muerto viviente lo elige como su cena. Lo que ocurre después… Bueno, hubiera ocurrido igualmente, pero al menos así es más limpio y menos aleatorio, ¿no?

Tampoco quiero entrar en los detalles de cómo descubrí el mundo de los no-muertos para no alargarme, pero por suerte o por desgracia lo hice. Por fortuna tuve la opción de trabajar aquí, en el zulo.

Se toman muy en serio el asunto del secretismo, pero la verdad es que por mucho que a “ellos” no les guste que los mortales conozcamos de su existencia, al final necesitan que algunos de nosotros les echemos una mano.

Todos los “Colaboradores”, que es cómo nos llaman, tenemos una marca que nos identifica, y evita que nos cace algún Muerto que se dedique a la caza furtiva, y nos mantiene a salvo de la cadena alimenticia. Aunque se cuentan rumores de que algún que otro colaborador ha sido devorado por error.

Además, están los “Siervos”, que son como los “Colaboradores”, pero están en exclusiva al servicio de los Vampiros. Mi colega Frank es uno de esos siervos.

Normalmente los Vampiros no recurren a nuestros servicios, porque ellos tienen su propios criados y les resulta más fácil alimentarse que a los No-Muertos, pero en el mundo de los Vampiros no todos son iguales; los hay que no tienen tanta suerte y viven al margen de su propia sociedad, sobreviviendo como pueden, y otros son todavía jóvenes y tienen que probar su valía entre los suyos.

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Este tipo de Vampiros son los que vienen al zulo, pero aun así se consideran mejores que los muertos, y por eso prefieren contar con sus colaboradores exclusivos, como mi colega; a los Relamevenas les encanta tener siervos personales que les hagan la vida más fácil.

Y para ser francos, es mejor ser un Siervo de un grupo de Vampiros, que un Colaborador a secas como yo; tiene muchas más ventajas.

Frank es un Siervo desde hace bastante tiempo, y eso quiere decir que ha conseguido ganarse la valoración de los Vampiros a los que sirve, y estos le hacen algún que otro favor. Si juega bien sus cartas, podría llegar a ser un Siervo de Vampiros de verdad, de los poderosos.

En mi caso, como colaborador, no tengo mucho futuro dónde estoy, porque los Muertos-Vivientes no tienen jerarquía, así que no hay ningún puesto por el que subir. A ver, puedo hacer contactos, y me pueden echar un cable en un momento determinado, o yo a ellos, que tampoco está mal. Pero no puede compararse las ventajas que te dan los Vampiros con la de los Muertos.

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Todo este sermón viene a una anécdota que recordé el otro día viendo “El Padrino” en mis ciberojos. Lo que disparó mi memoria fue una gran frase que Don Vito decía, no literalmente porque la memoria no es mi fuerte, pero era algo del estilo:

“Por el mundo hay gente que pide a gritos que las maten. Son esos que provocan a los demás, gritan, y subestiman las habilidades de las demás personas”.

Esto es incluso más exagerado hoy día, siendo que cualquier imbécil puede mejorarse con algún implante cibernético o sintético de segunda mano por cuatro Bitcoins. Se instalan una mejora de reflejos, un ciberbrazo o cuchillas retractables y se creen Superratón.

Pues hace unas noches nos fuimos Frank y yo a emborracharnos a una zona de bares poco recomendable, y para variar estaba cayendo la lluvia ligera que se ha convertido en algo tan normal en nuestras vidas como el zumbido de fondo del cableado y señales inalámbricas. Tan normal, que la gente sigue haciendo su vida como si esa lluvia no estuviera ocurriendo.

Llevábamos ya unos cuantos Pink Fluyds[1] en el cuerpo, la noche ya estaba bastante avanzada y habíamos conocido a un par de chicas bastante “interesantes”, con ojos de Levitantac® último modelo, y cuerpo remodelado agolpe de bisturí. Probablemente eran putas a la caza de clientes despistados, pero nos daba igual; nuestras cuentas de crédito virtuales estaban más que cargadas de Bitcoins.

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Tras las típicas frases, bailes e intentos de ponerlas un punto a tono, nos habíamos metido en un callejón algo apartado de la calle principal, lejos de las patrullas de policía, mojándonos el culo en la acera húmeda por la lluvia, a fumarnos unos porros de la hierba que conseguía Frank.

Estábamos ahí riéndonos y tonteando con las chicas, cuando sin saber de dónde, aparecieron tres musculitos de gimnasio, vestidos de chándal y con cadenas de oro. Eran totalmente de libro.

Aunque los intensificadores de luz de mis ciberojos me ayudaban a poder ver bien en aquel callejón, entre las bebidas y el porro, apenas enfocaba; no eran más que unos borrones, pero bien iluminados, eso sí. Los tipos estaban ahí plantados, exhibiendo músculos y el que tenía más cerca, sonreía con una expresión estúpida. Los temblequeos de uno de ellos me daban a pensar que además debían tener algún injerto adrenalínico o algo raro. Seguro que injertos de fibras musculares debían llevar también.

—Dejar a estos dos piltrafas y veniros con nosotros —dijo alguno de ellos, con acento del este.

Y otro de ellos creo que dijo “matémosles”, aunque no lo recuerdo muy bien; como digo, iba bastante afectado.

Ahora lo analizo en retrospectiva, y pienso que realmente podría no haberlo contado aquella noche. En semejante barrio, con la mala suerte adecuada, nos matan y venden nuestros órganos en el mercado negro alegremente; unos riñones o hígado auténticos en buen estado se cotiza muy alto. Os lo puedo asegurar, es lo que hacemos con las sobras que nuestros clientes desechan.

Miré a las chicas y vi que ellas estaban también nerviosas, manteniendo la mirada en cualquier lado lejos de la escena, esperando que alguien hiciera algo.

Nadie dijo nada. Pero fueron ellos los que rompieron el silencio.

Ja pierdzielę. ¿Qué pasa? ¿Nadie dice nada o qué? ¿Acaso molestamos? —le dijo a Frank a pocos centímetros de su cara.

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Y la sorpresa fue grande, porque, Frank, que suele ser tranquilo hasta que deja de serlo, tiró lo que le quedaba de porro al suelo con rabia.

Yo todavía estaba ocupado en intentar enfocar la cara del que hablaba, y tan en eso estaba, que no me di cuenta de lo que pasó luego.

Sin mediar más palabra, Frank le dio un gancho al que le había hablado en la cara con tal fuerza que lo levantó por lo menos medio palmo del suelo. Luego cayó de espaldas con un profundo “boom” que me dolió hasta a mí.

Durante unos segundos todos permanecimos pasmados, y sólo se oía el ruido de la lluvia y el del tráfico lejano.

Quizá fueron cosas mías, pero juraría que Frank se tensó, los músculos del cuello se hincharon y algunos huesos le crujieron de una forma que no era normal. Y entonces, antes de que nadie pudiera reaccionar, hizo más o menos lo mismo con el que estaba junto a él, y al de la sonrisa estúpida le dio tal golpe en la cara que pude oír claramente a hueso roto y llovieron dientes por todas partes. Sus movimientos fueron tan rápidos que nos les permitió ni reaccionar.

Aunque Frank sólo es un criado genérico de los Vampiros, estos suelen darles de beber un poco de su sangre, lo que les hace fieles como perros bien adiestrados. Es similar a un tipo de droga. Pero además, les da algo de capacidades especiales, como una fuerza y velocidad increíble. Es algo que se sabe, pero la verdad es que esa era la primera vez que le veía haciendo gala de esas capacidades.

Algo de lo que me alegro.

Las chicas, se pegaron tal susto ante semejante relámpago de golpes que prácticamente no reaccionaron, quedándose con cara de pasmo sin entender qué había ocurrido en tan poco espacio de tiempo. Realmente lo habían visto, pero su mente bien educada por una sociedad que les ha enseñado lo que es real y lo que no, no les permitía aceptar la verdad de los hechos, porque Frank no se comportaba de forma cómo lo haría alguien con metal en el cuerpo. Ni siquiera como una persona normal. Incluso sus rasgos habían cambiado mucho. Aunque era el mismo, había algo en su expresión que lo había hecho convertirse en algo feral, salvaje. Algo que me impresionaba y a la vez me causaba admiración, al saber a lo que se debía.

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Por mi parte, yo estaba petrificado, incapaz de moverme, absorto en observar el efecto que  la sangre Vampírica causaba en mi compañero y, francamente, sin la menor gana de acercarme a él en ese momento.

Mi compañero estaba fuera de sí, golpeando con rabia visceral a los cuerpos en el suelo de nuestros atacantes. Su cara se salpicaba a cada puñetazo, y la cara de uno de ellos acabó por reducirse a una masa pulposa irreconocible, bajo los golpes y gritos en ruso y español que Frank bramaba.

Las chicas salieron corriendo como locas, pero yo me quedé, más por la parálisis que la situación me había causado que por otra cosa, porque puedo asegurar que si hubiera estado en mis cabales, hubiese corrido incluso más que las chicas.

—¿Sabes qué te digo? —dijo Frank al cabo de un rato—. Llama al Unidental, y que se lleve a estos. Al menos sacamos algo de provecho de esta noche de mierda, ya que no hemos follado.

Asentí afirmativamente ante esa idea.

En apenas quince minutos apareció la furgoneta, tan sucia y desgarbada como su conductor, el Unidental.

Entre los tres metimos a los sujetos dentro, en las jaulas que hay para el efecto. Los esposamos y amordazamos para que no dieran problemas. Nadie nos vio, y si lo hizo, no lo demostró. El desgraciado con el que Frank se hubo cebado estaba siniestro total, pero no convenía dejar cadáveres detrás. Además, el Unidental dijo que podría servir para algún Necrófago.

Poco después, los tipos estaban ya cada uno en su respectiva celda; listos para servir. Apenas sacamos 75 pavos por cada uno de ellos, porque estaban hasta el culo de esteroides, química e injertos artificiales, y eso hizo que perdieran valor.

La verdad es que envidio a Frank, servir a Vampiros es mucho mejor, tiene más estatus y ventajas. Ojalá yo pudiera repartir ostias como las repartió él aquel día. Los Zombis no dan ninguna ventaja de ese tipo.

No digáis que les he llamado zombis, les molesta muchísimo.

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Todas las imágenes pertenecen a sus creadores.

Registrado en Safe Creative

[1]   El nombre es una variante sacado del grupo de rock clásico Pink Floyd, debido al color rosáceo de la bebida.

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2 comentarios sobre “No Subestimes a la Gente

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  1. Presentas una sociedad bastante turbia, me gusta. La trama pese a no ser del todo fluida, (las imágenes me hacen detenerme en exceso al buscarles una relación con el texto) atrapa al lector desde el principio, puedes sacarle mucho jugo al trasfondo.

    Felicidades. Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

    1. La verdad es que las imagenes están más para descansar la vista y que no sea todo una marea de letras que otra cosa.
      He intentado encontrar imágenes relacionadas, pero me ha sido imposible, y como no sé dibujar… pues no he podido ilustrarlo U_U.
      Gracias por pasarte, leer y comentar 🙂

      Le gusta a 1 persona

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