El Cliente

 

 

Las luces de las farolas empezaban a apagarse y la escasa de luz del Sol, que no había acabado de aparecer, iluminaba poco a poco las calles con una legañosa luz ámbar de la madrugada. Algunas pocas personas esperaban adormilados al primer autobús de la mañana, y un camión de la basura recogía la ídem antes de que la ciudad recobrara la actividad.

Luis Fernando entró más adormilado que entusiasmado en el bar, dispuesto a comenzar una nueva jornada.

—Buenas —saludó a Jorge, el otro camarero que había abierto el bar apenas una hora antes.

—Buenas —respondió éste en tono seco.

Luis no acabó de darse cuenta de la seriedad de su compañero debido al sueño de la mañana. Fue directo a la maquina de café para prepararse uno.

—¿Qué tal la mañana, todo bien? —preguntó tras un bostezo.

—Sí. Perfecto, sin problemas. No ha pasado nada —respondió Jorge.

Luis, entre bostezos, seguía sin notar el tono tenso en la voz de su compañero.

—¿Ha venido alguien? ¿O sólo los de siempre? El tipo ese que se pone a leer el periódico y se mete un coñac entre pecho y espalda a primera hora, ¿ha venido?

—Sí, han venido. Pero todo normal. Nada raro.

Luis tomó su taza de café y desapareció por la puerta del almacén sin hacerle mucho caso.

Apenas unos segundos después salió allí nervioso y se dirigió a la carrera hacia su compañero.

—¡Hay un muerto en el almacén! —dijo por lo bajo a Jorge.

Este no respondió, se limitó a mirar al suelo.

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Imagen del sketch “El café sin”, de Solocomedia.

—¡Hay un puto cadáver en el almacén! —repitió Luis— ¿Qué coño ha pasado?

—Lo he matado. ¡Lo he matado! Ha sido culpa mía —admitió Jorge con vergüenza—. He matado a un cliente.

—¿Has matado a un cliente? —respondió Luis alarmado—. Querrás decir que has matado a otro cliente. Es el tercero que te cargas —le dijo cogiendo a Jorge por el cuello de la camisa.

—¡Ya lo sé! No me presiones. No pude evitarlo —respondió soltándose.

—Pero tío, ¡no puedes ir matando clientes! No a los nuestros por lo menos.

—¡Pero si no quería hacerlo! —se disculpó—. Cuando quise darme cuenta lo estaba golpeando con el pan de ayer, y una vez así no pude dejarlo; tuve que terminar la faena. Ya sabes que no me gusta dejar las cosas a mitad.

—Tío… menudo marrón. Tienes que hacer algo con esos impulsos. Al menos no era un regular; su cara no me suena de nada.

Un cliente entró, cortando la conversación.

—Un cortado largo de leche. Del tiempo —dijo el susodicho y se puso a hojear un periódico.

—Y ahora, ¿qué? —dijo Luis por lo bajo mientras hacía el café en la máquina, aparentando normalidad.

—No sé, macho —dijo dudando, pensando rápidamente un plan—. Podemos hacer lo que las otras veces. Hasta ahora ha funcionado.

—«Lo de las otras veces». Al final voy pensar que lo haces adrede, Jorge. Menuda movida. Y todo por tus arrebatos. ¡Tus putos arrebatos! —gritó en voz baja.

—¡Te he dicho que lo siento, joder! No quería que esto pasara —se disculpó subiendo también el tono.

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Escena de la serie “Makinavaja”

—Vale, está bien —le dijo bajando la voz y mirando de reojo al señor del cortado, el cual estaba a lo suyo leyendo el Don Balón—. Llama a la Cuqui y al Julio, para que vengan lo antes posible. A ver si entre todos nos deshacemos del fiambre ese.

—Vale. ¿Y nosotros que hacemos mientras estos vienen?

—Una barbacoa, que hoy hace bueno para estar al solecito. Yo haré el Allioli y tú ves fileteando al tipo ese para la barbacoa. Y con lo que sobre la Cuqui que haga «concretas».

—¿Y si esta vez en vez de Alioli hacemos mejor un mojito? Creo que le pegaría bien y no repetiría luego tanto a ajo.

—Vale. Y guarda las vísceras para el charcutero, que la otra vez me las pidió para hacer morcillas. De verdad que le salen buenas. Y en cuanto se vaya ese señor —añadió—, cierras el bar, que no se cuele nadie.

—¿Y si metemos al señor este en el menú? Por si nos quedamos con hambre —añadió Jorge.

—¡Tú ves como lo tuyo es vicio! Deja al señor en paz.

—Vale tío, tranquilo. ¿Y al jefe le decimos algo? Está de vacaciones ahora y no podrá venir. Pero se cabreará si no le avisamos.

—Le guardamos unos filetes en el congelador y cuando venga que se los coma. ¡Ah! —añadió Luis— y mira a ver si encuentras la receta para hacer sorbete con el seso.

—Joer, me apetecía tarta crocanti —protestó Jorge.

—Pues tú te comes tu crocanti, pero yo quiero sorbete de seso. Venga, pues llama a estos antes de que almuercen y yo voy a por el vino.

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Delicatessen (1991)

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