El cabaret de la gente divergente

No sabría realmente como empezar a relatar esta historia, mis queridas damas y caballeros, porque, aunque se suele decir que «sabes como empiezas pero no como acabas», la realidad es que para cuando te quieres dar cuenta, no sabes ni cómo llegaste.

¿Cuándo empiezas a meterte en la madriguera del conejo? ¿Cuando lo ves o cuando pones un pie en ella? Quizá empezaste a entrar en ella en el momento en que despertaste.

Lidia era de ese tipo de joven que habla poco, tiene pocos o ningún amigo, mucha fantasía y, por mucho que quisiera negarlo, se sentía sola la mayor parte de las veces. Aunque, por otro lado, sentía un poco de confortabilidad en esos momentos de soledad ligeramente adictiva, esa comodidad que da poder ser quien realmente eres cuando nadie mira.

Pero la verdad era que a veces deseaba algo de compañía, alguien con quien compartir confidencias, hablar o salir a tomar una cerveza. Por desgracia, no conseguía conectar con nadie de quienes la rodeaban.

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La noche en que esta historia empezó, continuó o encontró su conclusión, según quieran interpretar, llovía ligeramente. Los adoquines brillaban al reflejar las luces de los coches y la gente iba de un lado a otro protegiéndose bajo sus paraguas. Lidia se sentía agobiada en su casa, tanto tiempo encerrada entre las paredes, y le apetecía sentir el frescor de la lluvia, el aire limpio, y sentirse diferente; mientras la gente huía de la lluvia, ella la buscaba. En el fondo, le gustaba sentirse rara, diferente… divergente.

Vagabundeó sin rumbo por callejones oscuros, de esos donde no hay más que contenedores, poca luz y mucha calma. Giraba hacía direcciones aleatorias, absorta en el sonido de la lluvia, sintiendo como la oscuridad circundante aliviaba sus ojos de tanta luz artificial.

En un giro, sus ojos se vieron invadidos por una tenue luz roja. Cuando levantó la mirada del suelo se dio cuenta de que había ido a parar a un callejón sin salida, con la entrada de un local al fondo de él.

Tenia pinta de bar antiguo de madera, y sobre la puerta, un cartel de letras parpadeantes brillaba orgullosa.

Se dio media vuelta para volver sobre sus pasos, pero una música venía de dentro. Una música que le pareció extraña, porque tenía todo el estilo de ser swing o música de los años veinte. Algo totalmente fuera de lugar en el ambiente moderno de su ciudad, donde la música comercial imperaba por encima de las demás.

Lo que tiene la gente con fantasía, es que suele venir acompañada por curiosidad. Un local extraño, en algún punto perdido de los callejones, y con música añeja, ningún portero ni nada que fuera a pedirle el carnet de identidad o detenerla. La tentación era demasiado provocativa como para no caer en ella.

Abrió la puerta y se asomó.

Era justo lo que parecía. Un bar, pub, night club o algo así, no lo tenía claro, porque no se parecía a nada de lo que había visto. Aunque esto no era del todo cierto, sí que se parecía a algo; a un cabaret de principios del siglo veinte.

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No sabía que hubiera nada así en su ciudad, aunque la verdad es que tampoco la conocía mucho. Por lo que había visto en internet, mucha gente era aficionada a modas vintage, steam punk u otros estilos que recrean viejos estilos, y quizá este local era uno de ellos. Quizá se reunían a escondidas para que la gente «normal» no los señalara con el dedo ni se rieran de ellos.

El cabaret estaba lleno de gente, humo, voces, risas y olor a alcohol. En el centro, una pista central estaba llena de una multitud de gente bailando al ritmo de la música que interpretaban los músicos en el escenario, con un trio de mujeres cantando al unísono, vestidas como estrellas de principios del siglo veinte. La música, sin embargo, le resultaba extraña. Sonaba descompasada, como si el ritmo careciera del mismo, cada músico fuera por su lado, pero en conjunto, había algo inexplicablemente agradable en ese desorden. Como si su mente fuera capaz de encontrar el orden en el caos.

Se abrió paso entre la muchedumbre temiendo que en cualquier momento alguien la detendría para decirle algo. Ella no pegaba en absoluto en ese lugar. No por ella, sino por el estilo. Esta gente iba vestida de acuerdo a una época, y la ropa de ella era negra, más moderna y estaba fuera de lugar. Pero, se dio cuenta, de que nadie la miraba.

Incluso si estaba a punto de chocar con alguien, esa persona la sonría con amabilidad, cedía el paso y seguía con lo suyo. Una chica que llevaba el sombrero de copa de su acompañante la guiñó un ojo como saludo. Un camarero le cedió el paso con cortesía. A nadie parecía importarle cómo iba vestida, su estilo o su presencia. Y poco a poco, iba sintiéndose más a gusto entre esa gente.

Cuando llegó hacerse con la barra, esta estaba completamente saturada de gente apostada en ella, hasta que un caballero vestido con traje y pajarita le consiguió hacer sitio al apartar con delicadeza a su acompañante.

No tardó mucho en que el barman la atendiera, y cuando pidió una cerveza, al camarero le dio un ataque de risa.

—¿No preferiría un té irlandés? —dijo guiñándole un ojo con complicidad.

—No, gracias, solo una cerveza —respondió contando el dinero que tenía, sin estar muy segura si sería suficiente para pagar.

—No te preocupes. Aquí el dinero no importa.

Esto sí que era sorprendente.

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Con la cerveza en la mano, ahora lo difícil era encontrar un lugar donde poder sentarse. Todas las mesas, alineadas alrededor de la pista de baile, junto a las paredes, estaban abarrotadas de gente. Gente riendo, conversando a gritos, acercando la oreja para poder oír por encima del griterío, comiendo… De hecho, el cabaret estaba lleno de gente por todas partes. ¿Quién hubiera pensado que hubiera tanta gente aficionada a representar esta época?

Deambuló buscando algún rincón en el que poder quedarse y ver el espectáculo de los músicos, hasta que decidió quedarse apoyada contra un pilar.

— ¡Joven! ¡Joven! Aquí hay sitio libre si quieres sentarte.

A su lado, sentado solo en una mesa, había un señor mayor de aspecto amable. Le pareció raro que, mientras que por todas partes la gente estaba en grupos, llenando todas las sillas, e incluso estando de pie, él estuviera solo.

No obstante, decidió aceptar la invitación y se sentó en una de las sillas, pero mirando al escenario.

— ¿Te gusta este sitio? —dijo el señor.

—Sí —respondió Lidia, escueta.

—Nunca te había visto por aquí.

—Es la primera vez que vengo. No sabía que existía un lugar como este.

—Nadie lo sabe. No nos publicitamos. Solo vienen los que lo encuentran.

—Pues parece que lo encuentra mucha gente.

—La verdad es que son los mismos de siempre, y algunos traen amigos. Somos como una gran familia —explicó—. Vienen de todas partes porque se sienten a gusto. Es uno de los pocos lugares en los que pueden ser ellos mismos y encontrar gente similar a ellos. Por eso lo encontraron. Hace falta ser un poco especial para darse cuenta de este cabaret; la gente «normal» no suele prestar atención a este tipo de lugares.

—Pues yo lo encontré.

—Eso es lo que me complace. Es bueno que alguien como tú lo haya encontrado. Está bien tener nuevas caras por aquí.

—¿Esto es una recreación de época o algo así? Todos aquí tenéis un aspecto similar —entonces se dio cuenta de que el anciano vestía de forma más sencilla. Definitivamente de la misma época que los demás, pero más modesta.

—Algo así —sonrió—. Pero no todos van vestidos iguales, el bosque te tapa los árboles. Mira allí —dijo señalando a un trio de caballeros que parecían salidos de la época napoleónica—, y allí hay una pareja más moderna— y los ojos de Lidia dieron con un chico más actual, ochentero quizá.

—Es cierto, ahora que me fijo, hay más variedad de la que pensaba. Y la música, ¿es también de diferentes estilos?

—Eso sí que permanece. Me encanta el swing, el jazz, el blues… y así es como quiero mantener mi local —dijo el anciano, entrelazando los dedos sobre la mesa para dejar clara su decisión.

— ¿Es usted el dueño de este… bar? —aventuró Lidia.

—Así es —dijo con complacencia—. Y bien orgulloso de mantener este lugar todo este tiempo, y su maravillosa clientela. Todos buena gente que solo quiere divertirse. Hasta el fin de los tiempos.

Lidia continuó disfrutando del espectáculo, intercalando miradas observando a la gente. Había algo en ellos que le resultaba llamativo, pero no acababa de saber muy bien el qué. El anciano, como si hubiera leído los pensamientos de la chica, le pregunto en voz baja:

— ¿Todavía no te has dado cuenta?

— ¿De qué? —respondió ella, confusa.

—De nosotros. ¿No hay nada que te llame la atención en especial?

Lidia los miró, intentando saber a qué se refería. Algo dentro de ella le decía que había especial en todos ellos. Algo que, pese a los diferentes estilos, los unificaba y todos lo tenían en común. Su instinto se lo decía, pero su mente no alcanzaba a oírlo.

—Bueno, veras —empezó en voz baja el hombre, como compartiendo un secreto—, el caso es que, estamos todos muertos por aquí. Yo estoy muerto, ellos están muertos…

Lidia se quedó de piedra. Ahora se daba cuenta de lo que su voz interior le decía. Lo había sabido todo el rato, solo que no había querido darse cuenta. Ahora que este hombre se lo había dicho, todo terminaba de encajar. Probablemente, porque entonces, la siguiente pregunta le asustaba aún más.

— ¿Yo también estoy muerta? —preguntó con algo de miedo a la respuesta.

El anciano sonrió todavía más, con expresión de haber escuchado esa pregunta muchas veces.

—No. Tú no. Tú estás viva —respondió el anciano, tranquilizándola—. No es frecuente que vengan vivos por aquí. Normalmente ellos no captan lo extraño e insólito.

—Bueno… yo soy algo extraña e insólita —respondió como explicación, casi más para sí misma.

—No te preocupes, no va a pasarte nada. No somos peligrosos. Pero si me permites un consejo, no les digas tu nombre. No podrías quitártelos de encima.

Lidia fue a preguntarle el por qué de eso, pero justo en ese momento fue interrumpida.

— ¿Quién es esta chica tan encantadora? —dijo una chica vestida con un traje de lentejuelas y una diadema con una gran pluma blanca en la cabeza. La chica se acomodó en una de las sillas libres sin esperar permiso y se encendió el cigarro que había al otro extremo de una boquilla larguísima—. ¿Cómo te llamas pequeña?

Lidia y el hombre intercambiaron una mirada de complicidad.

—Me gusta mucho tu vestido —dijo Lidia evitando responder.

—Oh, machas gracias —exclamó la chica—. ¿Te gusta este sitio?

—Sí. Me parece muy curioso.

—«Curioso». Nunca se me habría ocurrido esta palabra para definirlo. Hacía tiempo que no venía alguien como ella por aquí, ¿verdad? —dijo al anciano—. Es agradable.

—Ya sabe quienes somos —le explicó este.

—¿Y no te asusta? —le preguntó a Lidia.

—La verdad es que me gusta un poco —respondió encogiéndose de hombros.

La joven respondió con una carcajada.

Era todo tan extraño… Pero por otro lado, era cierto que se sentía a gusto. Cada vez se sentía más contenta de poder estar en un cabaret lleno de fantasmas, que bailaban y disfrutaban como si fueran vivos.

—Vamos a bailar —dijo la chica llevándose a Lidia de la mano.

Lidia se dejó llevar. Y estuvo bailando, riendo y divirtiéndose entre los fantasmas de otros tiempos, siempre evitando decir su nombre, y, cuando consideró que era demasiado tarde, volvió a casa tarareando las melodías que había escuchado una y otra vez.

Al día siguiente no pudo sacarse el recuerdo de la cabeza. Nunca había oído ninguna historia de ese estilo, ni mucho menos pudo habérsela imaginado. Recordaba claramente que fue cierto, no tenía ninguna duda. No era ese tipo de cosas en las que al día siguiente no tienes claro si fue real o no. En absoluto. Lidia tenía perfectamente claro la veracidad de todo aquello. Tanto, que no le contó nada a nadie.

Cuando salió de clase, por la tarde, se dirigió directamente en busca del cabaret; quería asegurarse de que podía encontrarlo otra vez. Recorrió el camino, dudaba en ocasiones, pero en general sabía cómo dirigirse, hasta que llegó al callejón dónde estaba segura que estaba el cabaret.

Pero este no estaba. No estaban las luces, ni las puertas, ni las ventanas. En su lugar había un almacén, con un tipo en la puerta fumando ocioso un cigarro.

— ¿Buscas algo? —le dijo cuando Lidia se quedó plantada frente al almacén.

Estaba segura de que ese era el sitio, pero no estaba. Recordaba los adoquines del suelo, las casas cercanas. Era en este sitio. Pero no estaba el cabaret ni nada que se le pareciera, sino un almacén.

— ¿Buscas algo? —repitió.

—No, nada —respondió ella, decepcionada.

Ahora no podía estar segura de nada. Quizá se lo había inventado todo. Quizá había estado soñando despierta, con un local lleno de fantasmas que la aceptaban y con quienes se había divertido. Quizá se había metido en otro bar, y bebió más de lo que recordaba. Ahora ya todo daba igual.

—Buscaba un cabaret. Muy antiguo, tipo años veinte —dijo ella, realmente para sí misma.

— ¿Un cabaret? Ya no está aquí. ¿De dónde has sacado eso? De vez en cuando viene gente preguntando por él.

—Lo vi en internet, sobre locales antiguos de la ciudad, y quería encontrarlo —mintió.

—Pues ya no está. Esa página debería actualizarse; ese cabaret ardió hace muchos años y el bajo estuvo vacío mucho tiempo.

— ¿Y el dueño del cabaret? ¿Qué pasó con él?

—El dueño del cabaret murió en el incendio. Se dice que no quiso abandonarlo, que se iría con él al otro mundo.

Ahora sabía que el cabaret seguía existiendo. El dueño realmente se fue con él al otro mundo, y allí seguía. En otro mundo o plano de la existencia, al que sólo podían llegar gente diferente, con una percepción del mundo diferente. El cabaret estaría allí, y cuando ella se encontrara en sintonía con él podría volver a entrar, y sería bien recibida.

Y si otras personas habían venido buscándolo, ahora sabía que no era la única, que había más gente como ella. Más gente divergente.

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