La granja del tesoro (5)

Parte 5

Efectivamente, no tardé en darme cuenta de que el grupo de bandidos me estaba siguiendo a cierta distancia. Intentaban hacerlo en silencio, pero fracasaban miserablemente.

Por fin, el múrgol me salió al paso, con una gran sonrisa falsa.

—Buenas. Así que conseguiste entrar y salir de la granja. Incluso has traído el cadáver del viejo Lyachand… de padre —dijo.

El resto de la banda salieron de sus escondites y se colocaron de forma que me rodeaban. El enano estaba a mi diestra, la humana de pelo negro a mi siniestra y la otra detrás. Todos ellos intentaban ocultar que blandían armas ocultas.

—Sí. Aunque, en realidad, no está muerto —respondí y lo dejé caer con cuidado—. Está sedado para que no arme escándalo. Es un señor algo inestable. Aunque supongo que ya lo sabréis. Creo que os tendré que cobrar un extra por su rescate.

—En realidad, no tenemos ningún interés en él —dijo el enano con una sonrisa socarrona—. Con que nos des nuestra herencia tenemos suficiente. ¿Está en ese saco? —preguntó mirándolo con ojos ansiosos—. Es muy abultado. Seguro que pesa mucho.

—Sí. Está aquí. Tomadlo. Pero quiero mi parte, según convenimos —me desenganché el saco y se lo ofrecí al múrgol. Este me lo quitó de las manos de un tirón.

—No te vamos a dar nada. ¿A dónde ibas? No estarías intentando escapar con nuestros cristales, ¿verdad?

—¿No vais a darme nada? Hay muchos toquens ahí. Incluso pagándome mis honorarios normales, seguiríais teniendo más de lo que os podríais gastar en vuestra vida.

El múrgol no parecía tener interés en abrir la bolsa, y me estaba poniendo nerviosa, aunque ni mi expresión ni mi actitud lo manifestaba en absoluto. En cambio, el enano se mostraba claramente exaltado y dirigía miradas ansiosas a la bolsa.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el viejo era rico! —exclamó la humana castaña.

—¿Cuánto hay? ¡Míralo! —dijo el enano.

—No importa ahora —rugió el múrgol—. Lo que estoy pensando es que… ¿qué va a pasar con este viejo? ¿Y con la mujer? No quiero dejar cabos sueltos.

—¿Quieres matarlos? —se sorprendió el enano.

—No contaba con que el viejo siguiera vivo. Y esta mujer… puede denunciarnos.

—¡Qué diantres nos importa a nosotros que nos denuncie o no! —protestó el enano—. Ya estamos buscados por la ley. ¿Qué importa un delito más o menos? Mejor para nuestra reputación.

—¿Eres idiota o qué? ¡Olvidas que esta mujer es una cazarrecompensas! Si la dejamos viva volverá a por nosotros, a robarnos nuestro botín y a cobrar la recompensa por nuestras cabezas. Es mejor quitarla de en medio ahora —dijo sacudiendo mucho el saco.

Entre las sacudidas que le daba al saco, pude percibir que la gallina había despertado, y se agitaba dentro del saco. Pero nadie más parecía darse cuenta, ya que ahora estaban enfrascados en el nuevo tema, y nada agradable, acerca de asesinarme.

—Tiene razón —dijo en enano—. Acabemos con ella. Dejemos vivo al viejo, pero acabemos con ella.

Todos sacaron las armas que tenían escondidas hasta el momento. El múrgol dejó caer el saco-trampa, como si se hubiera olvidado de él, para sacar un garrote inmenso. Básicamente con lo que contaban eran garrotes y alguna daga. Simples armas de simples asaltantes. Pero demasiado cerca de mí, y rodeándome. La táctica de la gallina en el saco no estaba funcionando. Entonces, dije con toda la calma del mundo:

—Está bien. Asesinadme si queréis. Pero entonces vosotros tampoco obtendréis el botín del anciano. Debéis saber que el auténtico lo escondí a buen recaudo para recuperarlo más tarde. El saco está relleno con trastos inútiles. Matadme, y os quedareis con un saco lleno de calcetines malolientes.

Las caras de todos se congelaron en una mueca extraña, pero divertida desde mi perspectiva.

El múrgol fue a recoger el saco, pero el enano ya se había lanzado sobre él, y lo había abierto.

—¿Qué hay …? —comenzó una humana. Pero no necesitó terminar la frase porque obtuvo respuesta inmediatamente.

La gallina, recuperada y más furiosa de lo normal debido a su cautiverio y las sacudidas que el múrgol había dado, salió presa de una cólera que nunca podré olvidar. Se agitaba y revoloteaba como un pequeño tornado de horror emplumado. Se había abalanzado contra el enano y le estaba rasgando la cara con una tormenta de zarpazos.

El resto de la banda pudo reaccionar antes que yo, pero de poco les sirvió. El múrgol salió corriendo presa del pánico gritando como un desesperado y se perdió entre los árboles. Las humanas querían atacar a la gallina, pero no se atrevían a acercarse a ella. El ave se lanzaba de una a otra a una velocidad y frenesí insólito, tan rápida, que apenas era capaz de verla.

Tras unos segundos, me organicé. Alcancé a la humana castaña en un par de zancadas y la dejé inconsciente de un golpe en el punto famukikosa de la cabeza. Desde mi posición, lancé un dardo a la otra humana, y otro al enano. Los venenos los dejaron inconscientes. Quise hacer lo mismo con la gallina, pero había desaparecido.

No tardé en volver a verla. Había volado alto, y cayó justo sobre mí, aferrándose, nuevamente, en mis hombros para picotearme, otra vez más, la cabeza.

Instintivamente, salí corriendo, dando golpes al aire con los brazos para que se soltara, sin ver por dónde iba.

(Continuará…)

Dibujo de portada  pertenece a jbrown67.

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