La granja del tesoro (6 y final)

Parte 6

—Un rato después, me había deshecho de la gallina, y, mientras los bandidos seguían inconscientes y el múrgol a la fuga, me apresuré a irme lo más lejos que pude de ese lugar, de sus granjas, sus gallinas y sus bandidos.

Geanaïlle sacudió la tetera para comprobar si quedaba más té. Estaba vacía.

—¿Cargó con el viejo todo el camino?

—En absoluto. Aunque fui entrenada para cargar con pesos largas distancias, tampoco soy tonta. Preferí despertarlo y que él solo pudiera recorrer el camino por sí mismo. Algo de lo que me arrepentí a los cinco minutos.

»El anciano no paraba de hablar incoherencias, a veces a susurros y a veces a pleno pulmón, sin más motivo o aviso que el que le daba su maltrecha cordura. Al principio creía que me estaba hablando a mí, y me sentía obligada a responder, pero al rato me di cuenta de que hablaba solo. Aún así, fueron tres horas de constante parloteo sin sentido, en el que las malas palabras se repetían una y otra vez. Estuve tentada varias veces a volver sedarlo y llevarlo a cuestas, pero preferí mantenerme a varios metros por detrás de él. Lo único que más o menos me consolaba, era pensar que al menos todo esto no había sido en balde y, una vez llegáramos a Annmoule, y el humano canjeara su joya por toquens, me pagaría por mis servicios, y yo podría perderlo de vista para siempre jamás.

—Bueno, por lo menos sacó algo de todo eso. Una historia muy interesante —dijo el escribano.

—Verá… la historia no termina ahí… aún hay más.

—¿No?

—A veces, es increíble cómo las cosas sencillas pueden dar de sí, y revelar nuevos niveles de complejos imprevistos —dijo la varadikta, con un gesto al escribano que indicaba que debía seguir tomando notas.

»Cuando fue a canjear su tesoro, el empleado del banco puso mala cara en cuanto vio el interior de la caja que con tanto celo había guardado el humano, y no era solo porque había algo de excrementos de la gallina. Francamente, yo no estaba muy pendiente de la transacción, porque no era asunto mío, y estaba sumida en mis propios pensamientos, sobre si abrirme cuenta en este banco, de cara a futuros negocios locales. Lo siguiente que supe es que el empleado nos hizo abandonar el banco inmediatamente.

»Yo accedí a abandonar el recinto pacíficamente, pero Lyachand dio cantidades extraordinarias de problemas. A punto estaba de sacar los dardos envenenados, pero los guardias de seguridad, comportándose de forma altamente profesional, se limitaron a levantarlo entre dos, y sacarlo en volandas.

»Una vez fuera, me vi obligada a pedirle a Lyachand que me enseñara su piedra preciosa, ya que, en todo este tiempo, nunca la había visto.

—¿No sabía lo que había en la caja? ¿En ningún momento miró dentro de ella?

—En realidad no. En primer lugar, porque soy una profesional y no husmeo en los asuntos de mis clientes. Por otro lado, hacía falta una llave que el anciano portaba colgando de su cuello en todo momento. Pude haberla forzado, por supuesto, pero me pareció de mal gusto; mis clientes cuentan con fondos para pagar mis servicios, y entre mis círculos habituales no es elegante dudar de ello.

»Con gran reticencia, y tras jurarle y perjurarle que no le robaría su piedra preciosa y que le protegería hasta la muerte de cualquier ladrón, nos fuimos a un callejón apartado de todo. Allí, escondidos incluso del sol, abrió la caja y, pude por fin, ver su tesoro.

Resultó que lo que él llamaba «piedra preciosa», era literalmente eso; una piedra bonita. O por lo menos, lo que a él le parecía la piedra más hermosa del mundo. Obviamente, el empleado del banco no opinaba lo mismo. Ni él, ni nadie con un mínimo de sensatez y salud mental, cosa que, el anciano, no tenía desde hacía años, ya que su senil y deteriorado cerebro entendía, esa piedra valía un imperio.

»Viendo que no iba a ver un toquen de todo esta historia tan absurda, me despedí con educación para, a ser posible, no volver a saber nada de él, ni de su piedra, nunca más.

»Pero otra cosa que también era absurda, fue que intenté advertir a las autoridades pertinentes del asunto de las gallinas, que podrían ser peligrosas para viajeros que pasaran por ahí, y sobre los efectos de los residuos que los magos estaban causando. ¿Usted cree que alguien hizo algo? ¿Acaso se sorprendieron cuando les hablé de gallinas asesinas? Pues no. De hecho, dijeron que no pasaba nada. No hubo una investigación, ni una limpieza de la zona… ¡nada! Y todo el mundo actuaba con toda la normalidad —dijo la varadikta con incredulidad.

—Al fin y al cabo tampoco es algo tan extraño —respondió el escribano—. Con tanto mago haciendo sus cosas, no es extraño que pasen cosas así de vez en cuando.

—¿Ve? Eso es a lo que me refiero —dijo Geanaïlle, imponiendo la calma por encima de su nerviosismo— A nadie le parece importante tratar estas cosas. Las consecuencias a largo plazo, los eventos que puede provocar… De hecho, me llegaron noticias de que las gallinas continuaron mutando y se convirtieron en un cierto problema local, asaltando aldeas y a los viajeros. En cuanto a los bandidos, acabé por saber que era una banda bastante conocida en la región, pero, debido a las gallinas mutadas, se fueron a otra zona a seguir con su vida criminal.

—¿Y del anciano? ¿Supo algo de él?

—Por desgracia, unos meses después, supe de ambos; del anciano y de su piedra. De hecho, una de las causas por las que nadie hizo nada respecto al tema de las gallinas era el interés que la piedra estaba despertando en la sociedad.

»La historia del anciano que quería cambiar una piedra por miles de toquens se convirtió en una anécdota divertida que se hizo bastante popular en las charlas de sobremesa y reuniones entre los empleados del banco. La anécdota fue saltando de círculo social en círculo social, hasta que llegó a oídos de alguien tan loco, o más, que el propio Lyachand. Quisiera la suerte que el hijo de un rico tratante de arte oyó la historia y se interesó mucho en la piedra.

Mandó a buscar al hombre hasta que dio con él, lo trajo a su casa y vio la dichosa piedra. Como ya he dicho, el joven adinerado, tenía una de las combinaciones más peligrosas: una proporción inversa de riqueza e inteligencia. Este, consideró la piedra realmente maravillosa, digna de una fortuna, la cual tenía, o mejor dicho, tenía su padre. Consiguió convencer a su padre que la comprara, y este accedió, creyendo que podrían revenderla por el doble si invertían lo suficiente en acrecentar su leyenda.

De esta manera, el anciano Lyachand consiguió los suficientes toquens como para comprarse una mansión en la capital de Argilidar, y convertirse en un ciudadano respetado (que no respetable, ya que sus maneras seguían siendo las mismas de siempre) hasta que murió unos años más tarde.

Por su parte, tal y como habían vaticinado la familia que compró la piedra, la historia de la piedra se había hecho lo suficientemente popular como para que la conocieran las personas adecuadas. Si bien el hijo del comerciante era idiota de remate, el comerciante en sí, no. Era un genio de la publicidad y la compra-venta. De hecho, había hecho su fortuna a base de adquirir obras de arte hechas por artistas desconocidos, a ser posible muertos, a precios irrisorios. Luego creaba toda una historia sobre ese artista, y revendía las obras por cantidades astronómicas.

Lo mismo hizo con la piedra. Por algún motivo que solo los ricos pueden entender, hubo una subasta en la que se vendió por varias veces la cantidad que la habían comprado.

A día de hoy, la piedra está expuesta en el museo Coriänne dis Serges, en Yseulmont.

Todo esto, por una piedra. Una absurda, anodina y piedra común. Que ni siquiera era especialmente bonita. Y como todo el mundo estaba atento a la historia y mito que se estaba generando alrededor de la piedra, a nadie le importaba que un grupo de pollos de casi dos metros estuvieran saqueando las caravanas locales.

En serio; no entiendo a los humanos.

(Continuará…)

Dibujo de portada  pertenece a jbrown67.

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