Día #111 – Mi worldbuilding (o casi)

Querido diario, dos puntos.

En el curso de escritura, esta vez teníamos que escribir un texto de 1100 palabras máximo sobre worldbuilding.

Lo difícil en este caso es resumir todo lo que tengo en la mollera en tan poco espacio. Al final opté por ceñirme exclusivamente en la ciudad donde ocurren la mayoría de mis historias, y transmitir el trasfondo más importan al rededor del que giran. Al final no lo conseguí, porque dediqué mucho a explicar la economía y el asunto de los imperios mercantiles, pero el mundo criminal lo cuento muy por encima. Aún así, es importante resaltar el mundo “normal”, el no criminal, porque al fin y al cabo es lo que lleva a la gente a caer en el crimen.

En fin, esto es. Quizá como cosa personal (y por llenar entradas de blog para darle movimiento a esto), hago más entradas explicando otros aspectos del mundo.

Si alguien lee esto (suena a mensaje de naufrago), me gusta que pusiera en los comentarios lo que todo esto le sugiere, para ver si transmito lo que quiero transmitir, qué tipo de mundo y entorno es el reinante en este burgo.

Por cierto, parece que el nombre de Tolnedra lo he plagiado inconscientemente, ya que es una de las ciudades de las crónicas de Belgarath, libros que leí hace mil años. No sé que hacer, si cambiarlo y evitar problemas o dejarlo como un guiño a esas novelas.

Para cuando el sol está asomando, las calles de Tolnedra ya son un hervidero de actividad. Decenas de carros transportan materias primas, recién descargadas de los barcos o lonjas, donde fueron almacenados el día anterior, a talleres para ser transformados en productos. Otros barcos y transportes reciben su carga en un ciclo furioso y continuo, disputándose la calle con rebaños de animales, en su camino a mataderos para el mismo destino que los otros materiales. Tal bullicio y actividad, fue, por decirlo de alguna manera, un accidente que convirtió una pequeña posada de tránsito en uno de los burgos más grandes de Lacre, hasta el punto de ganarse el título de metroburgo.

La cantidad ingente de este trabajo artesanal, en especial la forja del acero, base de la economía de Tolnedra, exige que las llamas de cientos de fraguas no conozcan el descanso. Sus calderas consumen carbón con un hambre insaciable, entre el bullicio de golpes de martillos, gritos y órdenes de sus trabajadores. En los niveles superiores, los maestros artesanos trabajan con vehemencia, dirigiendo a sus subordinados, crean nuevos diseños o perfeccionan los conocidos. En los inferiores, hordas de trabajadores, con sus manos como única cualificación o cultura, dedican la mayor parte del día a asegurar la productividad de todas esas factorías.

Mientras, otras partes del burgo se pueblan rápidamente con tiendas, cuyos operantes publicitan, con más o menos gracia, sus productos y precios. Estos pequeños comercios, los de toda la vida, ven con ojos amargos su existencia amenazada por un nuevo tipo de amenaza, los Imperios Mercantiles de artesanos y mercaderes. Estos titánicos conglomerados, bestias feroces capaces de todo por dominar el mercado, fagocitan los gremios de oficios sin ningún tipo de piedad. Decenas de tiendas de barrio han cerrado sus puertas en los últimos años, ante el creciente poder de estos colosos, y propietarios optan por trabajar para ellos. Los menos afortunados, acababan en la indigencia.

A estos Imperios les gusta verse a sí mismos como una gran familia, donde las diferentes secciones cooperan como hermanos y permanecen unidos. Realmente son como una gran familia, de esas donde se hace lo que el patriarca manda mientras estés bajo su techo; si padre no está contento con el gobierno de la ciudad, sus hijos tampoco lo están.

A diferencia de otros países, donde el gobierno recae en alguien por ser «hijo de», en Lacre, tras ganar la independencia mediante una revolución clásica un par de siglos atrás, desecharon ese sistema y adoptaron otro basado en contratos. Aquí, la gente se organiza para decidir sus leyes y sistemas. Luego, contratan a alguien para encargarse de llevarlo a cabo durante seis meses, renovable a otros seis y si sigue, con contratos anuales. Si a la gente no le gusta, no lo renuevan o lo despiden. Son los ciudadanos quienes deciden cómo será gobernada su población. Pero la mayoría de esos votantes trabajan para uno u otro Imperio Mercantil. Por lo tanto, quien domina a la masa obrera, domina el gobierno. Por este motivo, el actual Encargado del Metroburgo está con la soga al cuello, en un equilibrio entre gobernar la ciudad que lo contrató, y mantener contentos a estos Imperios.

Una mayoría analfabeta cuyas únicas perspectivas son trabajos artesanales o de campo, enseñados de boca en boca, obcecación por ceñirse a lo práctico y un lema nacional, «si ha funcionado los últimos quinientos años, no lo toques», ha llevado al país a un retraso tecnológico, cultural y mágico con respecto a otras naciones. La magia no está prohibida ni mucho menos; de hecho, Tolnedra cuenta con un Instituto de Formación Profesional de Magia Ernestina. Ver magos es relativamente frecuente. Existe un mercado de objetos mágicos y, aunque pocas, principalmente extranjeras, es posible encontrarse con personas con partes del cuerpo sustituidas por versiones golem. Pero, en estas tierras, la gente desconfía de lo que no pueda hacerse con herramientas clásicas. Solo unos pocos hechiceros consiguen trabajar en Imperios Mercantiles gracias a tener buenos contactos. El resto, malviven como magos autónomos, emigran a países con mayor orientación a la magia, como Siau Lûndul, o acaban en el mundo clandestino, ofreciendo sus servicios de forma ocasional para alguno de los tres sistemas de crimen organizado. Quienes no se adaptan a esta realidad, acaban por dejar la magia y dedicarse a trabajos no cualificados para poder pagar las facturas.

No solo mercancías llegan a Tolnedra. Decenas de forasteros de zonas cercanas, o de otros países, son atraídos por las posibilidades que un metroburgo ofrece. En este crisol, no solo de culturas, humanos, enanos, mürgol, varadiktas y goblins, han convivido desde hace generaciones, hasta el punto de no existir una segregación entre ellas. Por encima de las diferencias raciales, los une una cultura lacronia común. Así, un humano se siente más hermanado con un mürgol paisano que con un humano de Eriador.

En la otra cara de la moneda, está el mundo de las sombras. Con tanto comercio, mercancías, barcos entrando y saliendo, la delincuencia aflora como hongos. Muchos transportes nunca llegan a su destino; algunas mercancías desaparecen; cientos de carteristas están al acecho del despistado; el juego clandestino y peleas prohibidas en sótanos mueven cientos de toquens en apuestas; prostitución, trafico de sustancias exóticas, contrabando o cualquier otra forma de ganarse el dinero como sea, es la sangre que corre por las venas de Tolnedra, la alimenta, la refuerza. Este es un lado del burgo cuyas reglas te conviene aprender cuanto antes; el río cuenta con peces bien alimentados con quienes se pasaron de listos. Tres sistemas de crimen organizado dominan la ciudad y nada ocurre sin su consentimiento. Es importante conocer la ley de la calle, los códigos de las bandas, las normas de los sistemas, ya que, a menos que quieras una vida de vasallaje en uno de los imperios mercantiles, más te vale saber moverte en este lado del burgo, porque es donde vas a vivir y, con toda certeza, morir. La cuestión es, ¿qué vas a hacer con ese breve lapso de tiempo?

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