Detallitos

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Valencia. 2084.

La sociedad, tal y como la conocemos, se ha ido al garete.

La humanidad, en los últimos cinco meses, ha sido diezmada rápidamente y su población reducida casi a la extinción.

La causa: el ataque imprevisto de unos pingüinos payasos mutantes, probablemente comunistas, y un poco ninjas (cinturón amarillo nada más). ¿De dónde habían surgido? Nadie lo sabía. Pero de la noche a la mañana aparecieron, conquistaron todos los centros de poder del mundo y tomaron las ciudades.

Sólo unas pocas reservas de humanos prevalecen ocultas en pequeñas comunidades. Sobreviven en condiciones casi primitivas, pero sin pintar bisontes por todas partes. Todavía.

Muchos murieron al no estar preparados para el nuevo estilo de vida, cuando descubrieron con espanto que no había aplicaciones de móvil para encender hogueras, ni para saber cazar conejos o cuando descubrieron con horror que no podían extraer recursos con las manos, tal y como habían aprendido en el Minecraft.

Han sido tiempos duros en los que sólo las habilidades de supervivencia de la vieja escuela han sido útiles. Sólo los puretas, recuerdos vivientes de tiempos más incivilizados en los que había que usar los dedos para algo más que teclear, tomaron el control y adoctrinaron a las nuevas generaciones en técnicas de supervivencia básicas con ayuda de místico y olvidado «manual de los jóvenes castores» o la biografía de Bear Grylls.

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Es en este mundo en el que Jonhy, que aunque era español tenía nombre anglosajón porque mola más, era un miembro importante para su comunidad. Jonhy era el que se infiltraba en la abandonada y pérfida ciudad de Valencia D.F. en búsqueda de víveres. Porque tampoco existían servicios de envío a domicilio de comida.

Aquella mañana, Jonhy, había conseguido adentrarse en la ciudad lo suficiente sin ser visto gracias a unos accesos secretos por una alcantarilla. Estos pasadizos le permitían entrar hasta zonas profundas con relativa seguridad. Unos accesos que los pingüinos desconocían y, por eso, eran seguros. Aun así, a veces debía evitar a las ratas, que aunque no eran comunistas, ni zombis, ni nada, también habían mutado y, por lo que sea, se habían convertido en testigos de Jehová e intentaban siempre adoctrinar a todo aquel que se encontraban, y venderle biblias.

Una vez en la superficie, Jonhy, era víctima potencial. Los pingüinos casi ninjas[1], se ocultaban en todas partes al acecho de algún humano superviviente al que picotear hasta la muerte. Jonhy, no podía fiarse ni de su sombra.

Se movió en completo silencio, acurrucado detrás de cada coche, pasando de uno a otro con cuidado extremo, vigilando que no hubiera ningún maldito pájaro bobo oculto en lo alto de alguno de los naranjos que habían plantados cada pocos metros a ambos lados de la calle. El silencio era sepulcral, pero no iba a dejar que esto le hiciera bajar la guardia. No cometería el error que cometió su amiga y mentora; la Jeni.

A la Jeni le quedaba un día para retirarse. Esta iba a ser su última incursión y le daría el relevo a Jonhy, llamado en aquel entonces Jose Luis. La veterana incursora había perdido el respeto al peligro, algo normal cuando se tiene demasiada experiencia. La Jeni caminó con descuido en una calle igual a esta, en una situación igual a esta. Pensó que la calle estaba desierta. Igual que esta.

Fue su último error.

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Antes de que se quisiera dar cuenta, un shuriken se había clavado en su hombro y un pingüino, con la cara pintada y una peluca enorme de colores chillones, había aparecido de la nada blandiendo unos nunchakus de plástico de la tienda de los chinos, de esos hacen «¡pi!» cuando golpeas.

Jose Luis quiso ayudarla, pero más cabrones en frac aparecían de entre bombas de humo.

«¡Sálvate, Jose Luis!», le había gritado su compañera. Las atroces imágenes retumbaban en su memoria, y los gritos de agonía entremezclados con el sonido de más armas que hacen «¡pi!» seguían torturándole en sus pesadillas incluso a día de hoy.

Jose Luis sólo pudo emitir un grito de desesperación que retumbó por las calles valencianas:

— ¡JENIIIII….!

Nadie que haya visto a una persona tan querida morir a manos de armas de juguete de a un euro puede vivir sin que eso le afecte.  Por eso, aquel día, había elegido llamarse Jonhy[2]. Jose Luis había muerto aquel día. Murió junto a su compañera, su amiga… su amante[3].

Pero Jonhy se alzó de sus cenizas.

Poco a poco, salto a salto, consiguió acercarse a la puerta de un Mercadona. Esta, de cristal, había sido destrozada en algún momento del caos del principio, cuando los supervivientes del primer ataque salieron a saquear los víveres que podían. Idiotas. Porque el tumulto había atraído a más de esos simpáticos y pequeños torpes bastardos. Fue una masacre.

Jonhy se movió con cuidado entre la multitud de cuerpos en descomposición que yacían por todas partes. Apartó ligeramente una cabeza con el pie, y continuó avanzando en sigilo. Siempre en sigilo. Podían estar en cualquier parte.

Consiguió hacerse con el pasillo de comida en bote y llenó rápidamente su mochila con fabadas y garbanzos. Luego añadió fiambre envasado al vacío y algunas botellas de leche que, por asuntos del guion, no habían caducado.

Con más peso en la espalda, emprendió el camino de regreso.

Se asomó con cuidado. Todo estaba en calma. Demasiado en calma. Sentía que era esa calma que precedía la tormenta.

Volvió a escurrirse entre los coches, acercándose lentamente a la alcantarilla de la que había salido.

Entonces lo vio. Había cometido un terrible error; se había dejado la tapa abierta. El acceso a las alcantarillas estaba a la vista de cualquiera. Y lo que era peor, un pingüino vestido con pantalones anchos multicolores estaba allí, inspeccionando el agujero oscuro, olisqueando.

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Si no actuaba rápido, avisaría a otros y descubrirían el acceso y, por lo tanto, acabarían por llegar al refugio.

Sin tiempo para pensar ni planear nada, se movió como una ardilla hasta la espalda del pingüino, lo agarró por el cuello y, con un movimiento preciso, le rompió el cuello.

Una tarta de nata-shuriken surgida de la nada voló hasta impactar a Jonhy en la cabeza. El chico quedó aturdido por el golpe y manchado por la nata[4]. Con las prisas no se había fijado en que ese pingüino no estaba solo.

Todavía aturdido, apenas tuvo el tiempo justo de esquivar una katana de plástico que golpeó en el suelo.

Otro pingüino entró en escena en plena patada voladora. Jonhy lo esquivó por el canto de un duro y le dio un puñetazo directo en la nariz roja pegada en el pico, se le incrustó en cráneo y el ave murió en el acto.

El de la katana volvió a la carga y lanzaba un golpe tras otro que Jonhy esquivaba con problemas. Sabía que no aguantaría mucho más.

En un acto épico, el joven consiguió sujetar el filo de plástico entre sus manos en uno de los ataques. Pingüino y humano forcejeaban por el control del filo de plástico. Haciendo de sus tripas un sayo, Jonhy le propinó un rodillazo en el pecho y este cayó a peso soltando la katana de los chinos.

No pudo reaccionar porque, antes de levantarse, Jonhy ya la blandía, mirándole fíjame a los ojos.

El pingüino le devolvió la mirada, sabiéndose derrotado. Con sus aletas le indicó que lo hiciera, lo desafió a terminar la faena.

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Herido, triunfante, y con un par de biblias en el bolsillo[5], consiguió llegar a su refugio donde los suyos le acogieron entre alborotos y bienvenidas.

—¿Qué nos has traído, Jonhy? ¿Has conseguido traer leche? —le preguntó la líder del grupo, una anciana mujer a la que llamaban «la yaya».

—Sí —respondió—. He traído también algunos garbanzos y fabada asturiana en bote. Y algo de jamón y lomo —contestó sacando los dos cartones de leche—. También te he traído lo tuyo —dijo lanzando un paquete de cigarros a un tipo silencioso con barba frondosa—. No ha sido fácil, yaya. Casi caigo en la incursión.

—Oye, esto que has traído es leche semi. Yo tomo entera —apuntó una chica—. ¿No había?

Jonhy quedó confundido.

—No sé, no me fijé. Pero esa vale igual —contestó.

—No tío, esto está tratado químicamente —replicó la chica—. No pienso beber esta chufa industrial.

—¡Eh! ¡Estos cigarros son mentolados! —bramó el de la barba—. Maldita sea Jonhy, ¿cómo esperas que me fume esta mierda?

—Pero… pero… —balbuceó Jonhy—. ¿Tan importante son esos detalles?

—¿Y leche soja no has traído? —preguntó otro chico—. Soy vegano.

—¡Joder! Es la cuarta vez que me hacéis volver hoy —exclamó Jonhy—. Que si «mejillones en salsa de tomate no, que tiene nosequé, trame en aceite», «que tantos huevos no porque es malo para el colesterol», la carne roja no la queréis porque puede producir cáncer, y el tofu que sea de marca «tal», porque es orgánico. Me tenéis arto. ¿No os habéis enterado aún de que hemos pasado por un apocalipsis? No tenéis ni idea de lo chungo que es conseguir esas cosas. ¡Y vosotros ni si quiera sois capaces de cazar un venado o lavar la ropa en el rio!

—¿Estás loco? ¿Sabes cómo estropea eso la ropa? —respondió alguien al uso.

—Eh, chaval —dijo el de la barba—, no nos llores. Hemos sido criados en una sociedad que nos ha educado a que es nuestro derecho a tener lo que queramos, cuando lo queramos y porque lo queramos.

—Eso —apoyó la chica—. Bastante es estar en este infierno sin wifi, ni papel higiénico suave, locales de moda ni un nuevo modelo de Iphone. Nosotros tenemos problemas reales, ¿entiendes? Así que si te pedimos leche entera, queremos la puta y jodida leche entera, y la queremos ayer.

—Tal y como están las cosas, ser capaces de sobrevivir ya es un logro, vamos, creo yo —replicó Jonhy cruzándose de brazos—. Bastante es que puedo traer comida y vamos tirando.

—¿Tú crees que esto es sobrevivir? —dijo el de la barba dándole una patada a la leche del suelo—. ¿Pretendes que nos bebamos esta mierda química?

—Déjalo Jose Carlos Antonio —dijo la chica tomándolo del brazo—. Este chico es un puto nazi. Lo siguiente que hará será decirle al vegano que coma carne porque no hay otra opción.

Se oyeron gritos de desconsuelo.

—La madre que os parió… —refunfuñaba mientras volvía a la alcantarilla.

—No le presionéis —dijo la yaya viéndolo partir—. No debe ser nada fácil ir y venir sin un Ipod. La tensión le está presionando.

—Sí, pero está despistado. Que estemos en un post-apocalipsis no es motivo para no cuidarse, ¿no? —respondió el de la barba.

—Y a mí sigue sin traerme el tinte de rojo 23 —dijo otra voz.

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Jonhy no fue visto nunca más, y nadie supo nunca qué fue de él, pero algunos pensaban que seguía buscando tofu orgánico y mascarilla facial en algún lugar remoto.

La realidad es que Jonhy volvió a llamarse Jose Luis y fue apadrinado por las ratas, volviéndose él mismo en testigo de Jehová. Tuvo una vida feliz y plena entre ellas.

Por lo menos las ratas eran capaces de adaptarse a las circunstancias y no se quejaban tanto de la falta de lujos.

……

[1] Suspendían el psicotécnico casi siempre y no pasaron de cinturón blanco-amarillo.

[2] Y porque siempre queda más digno gritar «¡Jonhyyyyyy!», que «¡Jose Luiiiiiiiss! ». Si alguien tiene que gritar tu nombre cuando mueres, tiene que sonar bien. Hay que saber morir con clase.

[3] Porque si algo nos ha dejado claro el cine es que si juntas a dos personas durante el rato suficiente, acaban follando. Independientemente de lo que hagan durante toda la historia, su relación, o incluso que ya tuvieran una.

[4] Afortunadamente no era intolerante a la lactosa.

[5] Las ratas testigos de Jehová pueden ser muy persuasivas.

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