El «frederico»

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Doña Paquita Guzmán, enseñándonos su colección de botellas de leche.
La familia Ballesteros estaba pasando una tranquila tarde en casa de la misma forma que solían hacerlo casi todos los días. Lorenzo veía el partido en la tele y bebía latas de cerveza, y Antonia hacía sus crucigramas mirando por encima de sus lentes, apoyadas al borde la nariz[1].

En el descanso de la primera parte del partido, Antonio se levantó con esfuerzo y se encaminó con el movimiento oscilante de un muñeco tentetieso hacia la cocina, para proveerse de más cerveza. Abrió la puerta del frigorífico, y se quedó pasmado mirando el interior.

Hubo un silencio de esos que indica que algo no iba del todo bien

— ¡Antonia! ¿Has hecho algo con el «frederico»?

— ¿Qué?

—¿Qué le has hecho al «frederico»? Está raro.

—Yo no he tocado nada —la mujer dejó las gafas sobre el libro de pasatiempos y se apresuró a ver qué es lo que pasaba—. Hay señor, cuando se nos llevará el Señor, siempre con poblemas, de verdá… —murmuraba para sí.

En la cocina, su marido estaba perplejo.

—Ábrelo a ver que ves —le dijo su marido en cuanto ella entró.

Cogió el asidero de la puerta, con duda, y abrió un poquito, lo justo para mirar, pero sin exponerse demasiado.

— ¡Pero cierren la puerta de una vez, diantres! —se quejó una voz desde el interior del electrodoméstico.

Antonia miró a su marido y este le devolvió la mirada con expresión de no comprender la situación.

— ¿Qué hace un señor mayor cagando en nuestro frigorífico, Lorenzo?

— ¡Yo que sé! Pensé que lo habías puesto tú. Yo, en las cosas de la cocina, no me meto, ya lo sabes.

La mujer volvió a abrir la puerta. En cuanto el señor volvió a protestar, cerró entre disculpas. Apenas tubo tiempo de ver quién era, pero tenía un marcado acento catalán.

—¡Que raro que es todo esto! Y ahora, ¿qué hacemos? —dijo Antonia—. No podemos dejar a ese señor ahí dentro, que tenía el arreglo para el cocido de mañana.

—Ya me he cansado. Va a empezar la segunda parte y quiero mis cervezas.

Lorenzo abrió enérgicamente la puerta el frigo, para demostrar quién mandaba y le dijo al señor:

—Ya está bien de tonterías. ¿Qué hace usted usando nuestro «frederico» como cuarto de baño? ¿Y dónde esta nuestra comida?

—Oiga, no me vengan con cuentos —contestó el señor con voz cansada—. Yo estoy haciendo mis necesidades en el cuarto de baño de mi casa. Son ustedes los que no hacen más que abrir la puerta. ¿Se puede saber quién demonios son ustedes?

—Lorenzo, tiene razón —dijo la mujer examinando el interior—, esto es un cuarto de baño. Y mejor que el nuestro.

—Es verdad. ¿Dónde está nuestro «frederico»? ¿Cómo ha conseguido meter su cuarto de baño ahí dentro?

—Me gustan las cortinas del baño, Lorenzo —comentó la Antonia.

—Miren, déjenme tranquilo. Yo solo quiero cagar tranquilo y me están cortando.

—Yo conozco a este señor, Lorenzo.

— ¿Lo conoces?

—Sí, Lorenzo. De la tele. Anunciaba pan de molde… ¡Punset! ¡Usted es Punset!

— ¿Quién es ese?

—Uno ya no puede tener intimidad ni en su casa —refunfuñaba el hombre

— ¡Punset! Si hombre. El señor este catalán que sabe tanto.

—Pues para saber tanto no sabe qué hace en nuestro “frederico». Oye mira, arréglalo tú que yo de cosas raras no entiendo y la segunda parte ya ha empezado.

—Lorenzo, lo del pan de molde. ¡Lorenzo! ¡Lo del pan! —le dijo la Antonia a Lorenzo— ¡Lo del pan, Lorenzo!

—Déjame, déjame. Ya estoy muy mayor para eso. Voy a abrir la puerta que están llamando.

Lorenzo abrió la puerta con el mismo estilo desgarbado.

—Buenos días —saludó un señor algo obeso, con gafas y una gran barba majestuosa, vestido con frac, chistera y monóculo.

Lorenzo miró al tipo unos segundos de arriba abajo.

— ¡Antonia! ¡El cobrador del Frac¡ ¡Antonia! ¡Lo de las facturas! —le dijo Lorenzo a Antonia— ¡Lo de las facturas, Antonia!

— ¿Me permite que pase? —dijo el tipo de frac, entrando en la casa sin esperar respuesta—. No soy ningún cobrador del frac. Vengo a terminar esta historia. Es demasiado absurda y al autor no se le ocurre un final, así que vengo a concluirla inmediatamente. ¿Quiere unos arándanos? —añadió el tipo ofreciendo una bandejita de arandanos.

— ¿Que? —dijo Lorenzo.

— ¿Quién es, Lorenzo? —dijo la mujer desde la cocina

—Con un poco de leche y azúcar. «Graçies» —dijo Punset.

—Un tipo que dice que esto es muy absurdo y algo de terminarlo —respondió el hombre masticando arándanos.

—Buenos días, señora Ballesteros. Este relato es demasiado absurdo y ha sido necesaria la presencia de alguien amable para terminarlo. Buenos días señor Punset, ¿qué tal?

—¿Molt bé, y usted? —respondió Punset, sentado en su retrete y removiendo un té.

— ¿Relato? —preguntó la mujer.

—Si. ¿Acaso se pensaban que esto era la vida real? Esto es un relato corto escrito por alguien. Miren, fíjese en que sólo somos líneas sobre un monitor.

La mujer se limpió las gafas en la bata, forzó la vista en un punto en el infinito.

—«La mujer se limpió las gafas en la bata, forzó la vista en un punto en el infinito. Leyó» —leyó—. ¡JesúsMaríayJosé! Es cierto. Somos personajes de cuento.

— ¿Yo también soy un personaje de cuento? —preguntó Punset.

—Usted no —respondió el tipo de frac—. All right, el relato termina… ¡Ya!

—Pero… mis cervezas…

—Cállese, puto facha.

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[1] Nunca he entendido esto. ¿Para qué se pone la gente gafas si luego miran por encima de ellas? La gente es extraña.

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