Una espina

 

Muchas veces he dicho que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, porque de alguna manera u otra, mis alpargatazos han aportado algo positivo, aunque sea aprender de ellos.

Pero la verdad es que hay cosillas que se me han quedado como una espina, de las que no he aprendido nada ni cuyo error me ha aportado nada. De eso si que me arrepiento.

Como por ejemplo, hace tiempo me gustaba una chica, y nunca hice nada por acércame a ella.

En realidad, en su momento no le di importancia porque pensé que sería algo pasajero y que la olvidaría.

Pero en ese caso me equivoqué al creer eso.

Nunca hice nada, ni dije ni nada. También es cierto que no había nada que me indicara que tuviera ninguna oportunidad, así que, bajo la perspectiva de que era una misión imposible desde el momento uno, no estaba yo con la moral como para lanzarme a una derrota segura.

Sin embargo, por algún motivo, es algo que se quedó ahí, como una espinita.

Pese a lo que parece, no estoy haciendo un drama de ello, no estaba enamorado perdidamente ni es algo que me atormente; normalmente ni me acuerdo de aquello y sigo con mi vida.

Pero… cuando las redes me sacan alguna nueva foto suya en Instagram, o Facebook, la veo y siento algo revolviéndose dentro de mí, y pienso «nunca hice nada».

En el caso de esta chica, me jode no haber fracasado, porque eso hubiera sido un indicio de que lo intenté. Creo que era una de esas peleas que merecen la pena intentar aunque lo tengas todo en contra.

Ahora solo me queda esa sombra, una sensación más amarga que la del haber caído en el intento.

Recuerdo algunas conversaciones que teníamos; era una mujer inteligente, con personalidad y cabeza, y también con sentido del humor. Son las cosas que ahora recuerdo, y lo que más la identificaba. También que era alta, más que yo, algo que me gusta en una mujer.

Había otra cosa que la identificaba, y era la manera en que poco a poco se fue sumiendo en una tristeza interior. El trabajo, horas y horas de trabajo, el cansancio y el hecho de que poco a poco se fuera ensimismando me daba la impresión de que no veía más a su alrededor. No me refiero a que me viera a mí, sino que tampoco encontraba un aire fresco que la hiciera sentir mejor. O quizá esa era mi impresión.

Intentaba quedar con ella, solo para charlar con unas cervezas o un café de por medio, pero era difícil sacarla de la rutina. Y al final, fue pasando el tiempo y cada vez la veía menos.

Hasta que un día, decidió dejar la ciudad para siempre, y probar suerte en otro país. Ahí termino una historia que nunca llegó a empezar.

La última vez que la vi fue cuando la ayudé con la mudanza. Recuerdo que cuando me fui, y tras despedirnos, ella estaba de pie en la puerta de casa, dividida entre decirme adios y atender al caos que era la mudanza, con varias personas dando vueltas. Aunque estaba energética, sus ojos mostraban fatiga, física y espiritual. No me preguntes que llevaba puesto, que día era o nada de todas esas mierdas romanticonas. Ni idea. Solo recuerdo su mirada y expresión.

Es una sensación extraña la de despedirte, posiblemente para siempre, de alguien que te gusta, y nada ha sido dicho. Cuando sabes que va a ser la última oportunidad de decir algo, pero al mismo tiempo sabes que no va a cambiar nada.

Y al final decides dejar las cosas como están.

Tenía (tiene) una sonrisa muy bonita, amplia, grande.

Han pasado muchos años desde entonces, ni sé cuántos, puede que más de seis o siete, pero cada vez que Instagram me saca una nueva foto suya, pienso en que ni siquiera lo intenté, no me di la oportunidad de fracasar. Por desgracia esto solo se llega a descubrir cuando es demasiado tarde.

Y lo peor es que esa oportunidad sí que se la he dado a otras que me han importado mucho menos, muchas a las que ya ni recuerdo que existen.

Se comete un error de juicio al asumir que la gente hace lo que quiere y por una decisión lógica; en realidad, hacemos lo que nos atrevemos a hacer. Por eso, muchas veces dejamos pasar situaciones que realmente nos importan.

 

 

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