La granja del tesoro (1)

Prólogo

—En este mundo, a veces, pasan cosas muy absurdas. Pero lo más ridículo es que la gente se comporta de forma incoherente —dijo Geanaïlle a la persona que tenía sentada frente a ella—. Quizá es porque no acabo de cogerle el truco a la conducta humana ya que, como varadikta, tiendo a ser más lógica. Los humanos dicen que los de mi raza somos así porque descendemos de los reptiles y eso nos hacer ser fríos y sin sentimientos, pero eso no tiene nada que ver. Por supuesto que tenemos emociones, nos ponemos tristes, nos enfadamos… estamos tan motivados a actuar por las emociones como vosotros, pero no dejamos que nos controle; tenemos las riendas de nuestros caballos. Vosotros, los humanos, sin embargo, actuáis motivados por deseos y emociones, y luego justificáis vuestros actos. Es como si dejarais que los caballos fueran desbocados y luego quisierais convencer al mundo que obedecían vuestras órdenes. No te ofendas, no es una crítica; es una observación objetiva.

—No me ofendo —respondió el otro. Los humanos también sabían cómo eran los varadiktas, y estaban acostumbrados a sus «observaciones objetivas».

—¿Ve usted bien? ¿Quiere que suba la luz? —preguntó Geanaïlle aumentando la luz del candil. La luz que apenas iluminaba la sala se intensificó—. Como mi trabajo me ha acostumbrado a moverme en las sombras, me olvido de que el resto de la gente no ve nada.

—Sí. Al principio me ha resultado difícil encontrarla, camuflada en un rincón.

—Cosas del oficio. ¿Ve mejor ahora?

—La verdad es que mejor así, gracias.

—Como decía, después de todos estos años, a mi avanzada edad y ya retirada, sigo sin encontrarle el menor sentido a la mayor parte de las cosas que hacéis los humanos. Pero lo que más me sorprende es ver cómo la gente se adapta a ese sin sentido con toda normalidad —Geanaïlle se acomodó en la silla de madera.

Tras una pausa, perdida en sus pensamientos, continuó:

—A veces pienso que si pensarais sobre todos esos absurdos e incoherencias, vuestra cabeza colapsaría, así que lo mejor que podéis hacer es ignorar esas muestras de caos y asumir las cosas tal y como vienen.

»Por ejemplo, recuerdo una vez, hace mucho tiempo, en la que un grupo de gallinas de una granja se hicieron a las armas y se dedicaron a conquistar toda una región por la fuerza.

Hizo otra pausa para llenar su taza de té.

—¿Quiere más té? —ofreció Geanaïlle.

—No, gracias —rechazó. Si Geanaïlle se había escondido por la fuerza de la costumbre de su ex-profesión, no iba a comer ni beber nada que una ex-asesina le ofreciera—. ¿Qué es eso de las gallinas?

Geanaïlle negó ligeramente con la cabeza, con rostro serio, expresando lo poco contenta que estaba con aquella historia.

Dejó la tetera. Dio un sorbo al té mientras seguía caliente, casi hirviendo. Se acomodó otra vez, y continuó.

—¿Acaso la gente se extrañó por eso? Para nada. Los locales siguieron con su vida, aceptando la situación como si tal cosa. Ni se molestaron en investigar las causas del asunto. Es más, la atención de la gente se centró en otro elemento mucho menos relevante.

—Un momento —la interrumpió la persona frente a Geanaïlle, y rebuscó en su maletín. Sacó más hojas en blanco y las extendió frente a él. Tomó la pluma y la mojó en el tintero, preparado para tomar nota de todo lo que fuera a contar.

—¿Está seguro de que no necesita más luz? —preguntó Geanaïlle, aumentando la intensidad del candil..

—Me va bien, gracias. Continúe —dijo.

Parte 1

Fue cuando vivía en Barchaûgonille, en la parte sureste de Argilidar. Allí, como ya sabe, ofrecía mis servicios como incursora, asesina, espía o, en el peor de los casos, ladrona de guante blanco, a quienes pudieran permitírselo. Normalmente, en una ciudad tan grande e importante, no me faltaba trabajo. Mi reputación me predecía y me garantizaba una cartera de clientes habituales. Por desgracia, siempre llega un momento de paz, o, lo que también es frecuente, mis clientes son eliminados por otros compañeros de profesión. Así es este negocio; Seschosé en Seschosé.

Normalmente, en estos casos, viajo al país vecino, Hepifenos-Nymus, que también hay buena demanda. Pero en este caso, decidí probar suerte a Annmoule, una ciudad cercana y también bastante próspera, con la intención de abrir nuevos mercados. Además, varios de mis clientes que aún seguían vivos tenían amigos allí, lo que debería facilitarme las cosas. Pero me estoy entreteniendo con cosas sin importancia.

El escribano levantó una ceja, evaluando internamente la tinta y papel que había traído.

Recorrí gran parte del camino en caravana pero, por el placer de caminar y disfrutar un poco del entorno rural, quise recorrer la poca distancia que quedaba hasta Annmoule andando.

No recuerdo cuanto anduve pero, en algún momento, vi una gallina suelta por entre los árboles. Pensé que probablemente se habría escapado de alguna granja cercana y, seguramente, su dueño ya la habría dado por perdida, así que sería una buena cena.

Lanzarle un dardo hubiera sido extremadamente fácil y aburrido. Así que quise atraparla con las manos, juego que me permitiría desentumecer el cuerpo un poco después de un día días de viaje sin nada de actividad.

Me acerqué al ave con cuidado, a pasos pausados y estudiados, con la gracia y perfección felina digna de los que hemos dedicado años a mi profesión. Mi atención, imperturbable, estaba fija sobre mi presa. Casi sentía pena esa pobre gallina, sin ninguna oportunidad frente a mí. Porque no lo he dicho aún, y no quiero pecar de pedante, pero soy la mejor incursora de todo Argilidar. Probablemente, de otros países también.

Como decía, me iba acercando en completo silencio a la gallina, como una sombra de muerte.

Me preparé. Flexioné mi cuerpo para lanzar un movimiento rápido y preciso, como un rayo.

Apenas hube empezado a prepararme cuando, con algún sexto sentido que los animales poseen, la gallina debió darse cuenta de mi presencia y se abalanzó sobre mí como una furia.

Por desgracia, los varadiktas, aunque somos muy rápidos en lo que se refiere a actuar, no lo somos tanto al reaccionar; nuestros reflejos son muy lentos y tardé unos segundos en reaccionar al ataque.

La gallina se había colocado sobre mis hombros, aferrada a la ropa, y me picoteaba con saña en la cabeza. No estoy segura de que se puedan llamar zarpas a las patas de una gallina, pero desde luego lo parecía, y me estaba arañando los hombros.

Sorprendida por esto, y sin poder pensar claramente, corrí a la desesperada, sacudiendo los brazos al aire, con la esperanza de que la gallina se soltara sola o me dejara en paz al ver que me rendía. Pero eso no pasó. El problema con las gallinas es que no se puede razonar con ellas.

Corrí entre los árboles y la maleza, casi tropezando con ramas. Corrí sin saber a dónde me dirigía, y la gallina no se soltaba ni dejaba de picotearme, causándome varias heridas, no especialmente graves, pero bastante dolorosas. Me lancé contra un árbol, para golpearla. Contra otro, y un tercero, pero la gallina no se soltaba. Sus constantes ataques no me dejaban pensar.

Por fin, en uno de los manotazos, la pude coger por el cuello y la lancé todo lo lejos que pude. La gallina voló en parábola hasta estrellarse contra un árbol, y cayó al suelo, aturdida.

Sacudió la cabeza para espabilar y se lanzó contra mí, emitiendo unos cacareos frenéticos como nunca había escuchado de un ave.

Pero ahora, con un par de metros entre ella y yo, estaba en mi terreno. Con un solo movimiento, preciso y tan rápido que apenas puede ser visto, le lancé una daga. Esta se le clavó en el cuello, y el cacareo se tornó un sonido extraño ahogado por su sangre. El ave seguía corriendo hacia mi, con los ojos inyectados en sangre, en un desesperado intento de morir matando. Me preparé para recibirla, pero no hizo falta; cayó muerta a mis pies.

Si bien en un principio había querido cazarla para comérmela, ahora ya no estaba tan segura; esta criatura se había comportado de forma extraña, y no me fiaba de estuviera infectada de rabia o alguna enfermedad. La verdad es que soy de ciudad y el mundo rural me es desconocido. ¿Pueden las gallinas tener la rabia?

—Ni idea —respondió el escribano, encogiéndose de hombros.

—Solo por precaución, la enterré para evitar que algún otro depredador se la comiera y resultara infectado.

Tras esto, y sin entender nada de lo que había pasado, continué mi camino, extremando la guardia, en caso de que algún otro animal pudiera salirme al paso con idéntica conducta. Una gallina no había supuesto un auténtico problema, pero un jabalí o un oso podría serlo.

 

(Continuará…)

Dibujo de portada  pertenece a jbrown67.

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