La granja del tesoro (2)

Parte 2

No tardé mucho en oír unos sonidos no muy lejanos.

Me aproximé con cuidado, con las manos preparadas para lanzar alguna daga si era necesario. Pese a que el campo abierto no era mi terreno, conseguía moverme entre las malezas y ramas en completo sigilo.

El sonido se reveló más claramente como unas voces de personas, y por el tono, parecían discutir alguna situación.

Llegué hasta un punto en el que pude ver a un pequeño grupo de personas, dos humanas, un enano y un múrgol, de aspecto sucio y desaliñado, y discutían algo entorno a un fuego en el que se asaban unos conejos. Desde mi posición pude ver que iban armados, aunque de forma bastante básica; estacas y porras. Si eran hostiles, debían ser ocasionales o de poca monta. Sus ropas estaban en pésimo estado y sus maneras no eran mucho mejor. Presentaban varias heridas de diversa gravedad, desde cortes superficiales, hasta una pierna vendada. Estaba lo suficientemente cerca para poder escuchar su conversación, pero hablaban en algún dialecto local y no entendía gran cosa. Por lo expuesto ya, y el tono de la discusión, deduje que habían sido atacados por alguien.

No parecían una seria amenaza para mí, dadas las circunstancias, y, en cualquier caso, incluso si se revelaran como hostiles, no eran un peligro para mi. Se me había despertado el hambre, ellos tenían comida y problemas. Quizá pudiéramos llegar a un acuerdo.

Salí de entre la maleza, esta vez anunciando mi presencia haciendo mucho ruido con las ramas y hojas del suelo.

El grupo se giró de inmediato hacía mí. Algunos incluso se pusieron torpemente en pie con las porras en la mano.

Alcé las manos, mostrando que no era peligrosa. Quiero decir, hacerles creer que no era peligrosa.

—Tranquilos. No estoy armada. Solo soy una viajera que se ha perdido y tiene hambre. Me preguntaba si sería posible que compartierais vuestra comida conmigo. Tengo dinero para pagaros —les dije.

El escribano alzó una ceja y miró a Geanaïlle con algo de perplejidad.

Se miraron unos a otros, indecisos, y al final todos acabaron por mirar al múrgol. Debía ser el jefe.

Este miró los conejos, y luego a los suyos, haciendo cálculos. Luego me miró a mí.

Solo pudo ver a una mujer varadikta, vestida de forma muy básica y humilde, apenas vestida con botas de cuero, una elegante camisa de seda y pantalones de tela, cinturón igualmente de cuero a juego con las botas, abrigo de piel. Mi único equipaje era una mochila en la espalda, y apenas llevaba mil toquens conmigo.

—No te preocupes por el dinero… —comenzó el múrgol, pero el enano le interrumpió.

—Quince toquens por el conejo.

Ambos dos se intercambiaron gestos y palabras. Le di los quince toquens al múrgol y dejaron de discutir.

Hubo un silencio incómodo. Estaba claro que tenían asuntos que discutir, y les incomodaba hacerlo delante de mí. Podían haberlo hecho en su dialecto, por supuesto, pero incluso los pueblerinos saben que es una gran falta de educación hacer semejante cosa. Una de las mujeres, una de pelo negro enmarañado y lleno de suciedad me miraba fijamente. Cuando le devolví la mirada se limitó a sonreír, mostrando una dentadura negra y varios huecos donde debían haber dientes.

Decidí romper la tensión.

—Voy de camino a Annmoule, pero he preferido hacerlo andando, para disfrutar de la campiña Argilidonia. ¿A que os dedicáis vosotros? —pregunté. Le arranqué una pata al conejo y la saboree. Le faltaban algunas hierbas, pero serviría.

Hubieron más miradas cruzadas.

—Somos… granjeros —dijo el enano.

—Entonces tenéis la granja cerca, supongo. Eso explica que encontrara una gallina hace poco.

Noté la tensión crecer. Incluso el múrgol se convulsionó ligeramente.

—¿Has visto una gallina? —preguntó la otra humana, de pelo castaño. Aunque era bastante diferente de la otra, no podía dejar de notar una cierta similitud entre ambas.

—Sí —contesté cuando pude tragar—. A no mucha distancia, hacia allí. Se os debió escapar. Pero lo que no entiendo es que me atacó como una furia.

Hubo un silencio.

—¿Debería temer ir por estas tierras? —pregunté—. Por vuestro aspecto parece que habéis tenido algún conflicto.

El múrgol fue a decir algo, pero el enano se le adelantó.

—No. Solo típicos problemas de granja. Algunos animales se ponen violentos en la época de celo, o se escapan… esas cosas.

—No sabía que las gallinas tuvieran época de celo —dije.

—Eh… sí, claro que la tienen. Y se ponen muy agresivas —argumentó el enano—. A veces se pelean por el macho.

—Claro —se le sumó la humana castaña—. Así es como hacen las peleas de gallo.

—Sí. Eso es. No quieres saber cómo es el celo de los patos… —dijo el enano, y a continuación, preguntó para cambiar de conversación—. ¿Qué es lo que hace una señorita sola por el bosque de camino a Annmoule?

Terminé el conejo y me limpie con un pañuelo que tenía entre las ropas.

—Soy una cazarrecompensas —quise ponérselo fácil para no tener que dar muchas explicaciones.

Los tipos se sorprendieron. Las mujeres dejaron de sonreír y se miraron.

—¿Una cazarrecompensas? —dijo el enano.

—¿Estás buscando a alguien? —preguntó la humana de pelo negro.

—De momento, voy a Annmoule a ofrecer mis servicios —dije.

—Entonces, ¿no estás buscando a ningún criminal en particular por esta zona? —insistió la otra humana.

—No. ¿Debería?

—¡No! ¡No! En absoluto. No hay criminales peligrosos por aquí. Ni uno —dijo el enano.

—¿Ni salteadores de caminos? —pregunté.

—Especialmente asaltadores de caminos. No hay nada de eso en toda la zona —dijeron a coro.

—Nosotros solo somos granjeros. Honrados y para nada criminales… —dijo una de las humanas hasta que la otra la hizo callar de un golpe en los riñones. Esta manía que tienen los humanos de hacerse callar sin motivo es algo que no entenderé. Pero no seré yo quien se meta en las costumbres de los demás.

—Bueno, pues ya que he terminado el conejo, seguiré con mi camino. Calculo que en un par de horas debería llegar.

Apenas me había dispuesto a partir, cuando el enano me llamó.

—¡Espera! Quizá podamos pedirte un favor.

El múrgol protestó pero el enano le hizo callar. Ya no tenía tan claro quién era el jefe del grupo.

—Tenemos un problema, y siendo que eres una profesional, quizá podrías echarnos una mano.

—Eso depende. Mis honorarios son altos, y no regateo.

—Los cristales no deberían ser un problema —dijo el enano—. Deja que explique. Efectivamente, nuestra granja, que no está muy lejos… bueno, verás. En realidad, lo de las gallinas… no es normal. Simplemente no queríamos decírtelo porque… son cosas nuestras, ya sabe, cosas de familia.

—¿Sois familia? —pregunté.

—Claro. Somos hermanos —dijo la humana castaña.

Los miré atónita de uno en uno: un múrgol, un enano, dos humanas. Algo se me escapaba.

—¿Sois hermanos?

—Adoptados —dijo el enano—. El viejo Lyachand… quiero decir, padre, nos adoptó porque no tenía hijos, ni está casado ni nada y… mire es una larga historia.

—Sí, esto se está alargando con detalles sin importancia —añadió el múrgol.

—Yo también agradecería que fuera al grano —dijo el escribano—. No estoy seguro de si voy a tener suficiente papel. Ya llevo cinco páginas y todavía no ha empezado con la historia.

—Está bien.

—Verás —comenzó el enano—, la cosa es que tenemos una granja no muy lejos de aquí. Llevamos años trabajando muy duro en ella, criando gallinas, cerdos, vacas… todo eso. Es nuestra forma de vida, y ahora nos hemos visto expulsados de ella. Nos han atacado y tirado de allí.

—¿Quién os ha tirado?

—Em… verás… —miró a los demás—, han sido las gallinas —dijo, con algo de humillación en la voz.

—¿Las gallinas? —pregunté— ¿Por lo del celo?

—Sí. ¡No! El celo no tiene nada que ver —respondió el múrgol—. Es por algo que no sabemos qué es, pero se volvieron rabiosas de la noche a la mañana, y comenzaron a atacarnos, picoteándonos, y arañándonos con sus… sus… ¿garras? —aventuró, buscando apoyo de sus colegas. Ellos asintieron, sin conocer tampoco una palabra mejor—. Tuvimos que huir de allí por nuestra vida.

La humana morena le interrumpió de una sonora carcajada.

—Corrió como no lo había visto correr en mi vida —le dijo a la otra humana y ambas rompieron a reír a pleno pulmón.

El múrgol era con diferencia el más grande de todos, cosa por otro lado, normal. Me costaba visualizarlo huyendo de un grupo de pollos, por muy histéricos que estuvieran.

—¡Callaos las dos! —les reprendió el múrgol sin resultado—. ¡Vosotras también salisteis por patas!

—Pero no llorábamos como tú —contestó la castaña y las risas se intensificaron, casi histéricas.

Yo no entendía la gracia de todo aquello.

—¡Ya está bien! —riñó el enano a los tres—. Mire, señorita, esa es la granja de nuestra infancia, dónde hemos pasado nuestra vida, donde hemos crecido y vivido nuestra infancia. Y seguramente mataron al viejo Lyachand… a padre, quiero decir.

—¿Tuvisteis que huir de allí por unas gallinas? —le pregunté.

—Las vacas les ayudaban —añadió la humana morena.

—¡No les ayudaban! Las gallinas los controlaban —repuso la otra humana.

—¿Cómo van a controlar unas gallinas a otro animal? —respondió su análoga.

—¿Y cómo sino van a atacar a nadie, imbécil?

—¡Cerrad la boca las dos! —gritó el múrgol—. Mire, no sé que ha pasado en esa granja; seguramente sea algo de los magos que viven más allá, o no sé que ha sido, pero los animales se han vuelto locos.

—Y queréis que las mate para volver a la granja.

—No, no. Lo que queremos es que recupere nuestros ahorros. Todos nuestros toquens están guardados en una caja, en el sótano. El trabajo de una vida, señorita. Nuestras vidas —dijo la humana de pelo negro.

—Si pudiera devolvérnoslos, estaríamos muy agradecidos —dijo la humana de pelo castaño con voz lastimera. Los otros asintieron.

—Con esos toquens, podríamos pagarle, aunque tampoco tenemos mucho, no somos más que humildes campesinos.

—¿No queréis recuperar vuestra granja? —pregunté, sorprendida—. La vais a dejar así sin más. ¿El hogar de vuestra infancia?

—Mire, señorita —empezó el múrgol—, llevamos toda nuestra vida trabajando ahí. Estamos de esa granja hasta los… estamos hartos de esa granja.

—Eso mismo —dijo el enano—. Las gallinas han matado a nuestro padre adoptivo. Lo sentimos mucho por él, porque era un buen hombre, pero no nos dejaba salir de la granja, ni hacer vida ni nada. Ahora que está muerto, solo queremos nuestra herencia y empezar una nueva vida. Las gallinas pueden quedarse con la maldita granja y cultivar uva si quieren. Nos importa un comino. Le pagaremos con los toquens de nuestra herencia, cuando nos lo traiga. ¿Qué le parece?

Tenía serias dudas de que pudieran pagarme por lo que normalmente cobro en este tipo de trabajos, pero dadas las circunstancias, pensé que las gallinas no deberían representar un problema serio. Estos eran simples campesinos, no versados en la infiltración y el subterfugio, por lo que semejante situación les resultaba demasiado. También era cierto que los encargos habituales entrañan un serio riesgo, a diferencia de este, que solo incluía unas cuantas gallinas en época de celo. Así que, en aquel momento, pensé que podría adaptar los precios a las circunstancias.

Si entonces hubiera sabido lo que supe luego, no hubiera aceptado. No hubiera ni aceptado el conejo.

—Las gallinas no tienen época de celo —interrumpió el escribano.

Geanaïlle se calló en seco. Lo miró pensativa. Parpadeó varias veces, procesando información.

—¿No? —dijo al fin.

—No. Al menos, por lo que yo sé.

La varadikta pareció algo confusa.

—Bueno. No es relevante para el relato. Como decía, accedí a cumplir el trato a cambio de una pequeña cantidad.

El escribano suspiró, y continuó escribiendo.

—Está bien. Os traeré vuestra caja. De eso os cobraré un pequeño porcentaje. ¿Dónde está?

—Debería estar en el sótano. Dentro de la casa, abajo del todo.

—Esperadme aquí y vendré lo más rápido que pueda. ¿Cuántas gallinas hay?

Se miraron indecisos.

—Es difícil saberlo, se parecen entre ellas y se mueven mucho, así que a veces contamos la misma varias veces —dijo el enano.

Si lo hacía con cuidado, no debería ser muy difícil. Entrar y salir. Esquivar a unas pocas gallinas no debería suponer ningún problema, comparado a los guardias bien entrenados y equipados que estaba acostumbrada. Además, siendo que había encontrado a una de ellas tan lejos de la granja, quizá tenía suerte y el resto se habían desperdigado igualmente.

(Continuará…)

Dibujo de portada  pertenece a jbrown67.

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