La granja del tesoro (3)

Parte 3

Me despedí del grupo y me dirigí hacía dónde me habían indicado que estaba dicha granja. Si todo iba bien, no debería llevarme más de veinte minutos. Por algún motivo, los granjeros no quisieron acompañarme. Lo atribuí a su temor a las gallinas.

Como ya he dicho, no sabía gran cosa de la vida de granja, ni de gallinas ni nada relacionado con lo rural, ya que nací y me crié toda mi vida en áreas urbanas, así que mis conocimientos sobre estos animales se limitaban al entorno culinario. No obstante, por lo que sabía de ellas, eran aves bastante torpes y estúpidas. Aquella otra gallina había supuesto un problema, pero porque cometí el error de infravalorarla. Esta vez no volvería a pasar.

Dada la proximidad de la granja, extremé mis precauciones desde el primer momento, y me moví en silencio todo el camino. Me puse el traje de camuflaje oscuro, y me preparé completamente. Enterré la mochila bajo un árbol y continué.

No tardé en llegar al valle donde la granja estaba. Desde la distancia puede observar algunos animalitos dando vueltas, ociosos.

No lo he comentado antes porque no era menester, pero, al igual que mucha gente en Argilidar, cuento con varias mejoras mágicas en mi organismo que me dan ciertas ventajas tácticas. Podría haberme decantado por aprender hechizos, pero nunca me interesaron esas artes. Considero las mejoras mágicas mucho más precisas y eficientes, sin necesidad de aprender toda una carrera.

Una de estas mejoras me permite poder ver a largas distancias y, gracias a esto, pude examinar la zona con detalle. Efectivamente, habían varias gallinas dando vueltas. Lo extraño en ellas es que actuaban de la manera en que lo hace alguien montando guardia, o incluso como perros guardianes, más que como propios aves buscando algo que picotear.

Lo más extraño de todo fue lo que se movían en círculos.

Tres vacas, por separado, recorrían un circuito… cabalgadas por sus respectivas gallinas. Uno de los granjeros había mencionado algo así. Las gallinas, de alguna manera, parecían haber domesticado a las vacas y las usaban de montura.

Definitivamente, aquí había algo extraño que lo del periodo del celo no explicaba.

En esos pensamientos estaba, que me olvidé del entorno. Solo en el último momento, cuando ya era demasiado tarde, oí un ruido encima de mí. Miré arriba lo justo para poder ver una gallina saltar sobre mí desde lo alto del árbol en que me había cobijado. Debía haber estado ahí arriba, montando guardia, oculta entre las ramas y no la vi, centrada en estudiar el terreno.

Antes de que pudiera reaccionar, la gallina se me había aferrado a los hombros y me picoteaba la cabeza con furia. Salí a la carrera nuevamente, intentando espantarla lanzando manotazos al aire sin éxito.

Como tenía los ojos cerrados para evitar que los picoteara, no podía ver por donde iba, hasta que choqué contra algo duro y caí de espaldas.

Afortunadamente, la gallina también se golpeó con lo que resultó ser un árbol, y ahora estaba aturdida y se tambaleaba.

No perdí el tiempo; lancé un cuchillo al cuello y murió rápidamente.

Era la segunda vez que me pillaban por sorpresa y estaba empezando a ser humillante. Decidí tratarlas como enemigos cualquiera y extremar las precauciones.

Me limpie la sangre de las heridas que me había producido en la cabeza, y volví por mi camino. Como la otra vez, no eran heridas mortales, pero eran extremadamente dolorosas.

Esta vez, trepé al árbol y volví a la granja saltando de uno a otro, para tener una vista desde un plano superior y evitar más emboscadas.

Lo peligroso sería salvar la distancia de claro hasta entrar en la casa. Varias gallinas la patrullaban y, ahora contaba con que posiblemente se alarmaran unas a otras y si una me veía, avisaría al resto.

Mi piel contaba con una mejora que me permitía confundirme con el entorno, proyectable a mi ropa, pero estaba pensado para ser usado en lugares oscuros o urbanos; en pleno día en la campiña me resultaría completamente inútil. Debía hacerlo a la vieja usanza; aprovechar huecos, momentos de distracción…

Busqué el punto por el que tendría que recorrer menos distancia hasta la casa. Entre el árbol en el que estaba encaramada y la casa habían unos diez metros. Un sonido en otro árbol delató una gallina en lo alto de un árbol muy cerca de mí. Pero no se había percatado de mi presencia.

Saqué la cerbatana con sumo cuidado. Introduje un dardo envenenado. Me moví sigilosamente entre las ramas como una serpiente, acercándome a una distancia adecuada lentamente.

Sin previo aviso, noté una mirada sobre mí. Lo que creía que era un manojo de hojas en la rama, resultó ser una una gallina con traje de camuflaje. Esto ya era el colmo.

La gallina saltó sobre mí y me saturó con cientos de picotazos en la cabeza. En el forcejeo para liberarme, perdí el equilibrio y ambos caímos del árbol.

Apenas habíamos caído un metro, activé una mejora que me permite levitar durante unos segundos, lo necesario para frenarme en el aire y caer de forma controlada. La gallina, empujada por la caída, perdió el agarre y se estrelló en el suelo.

Por desgracia, la otra gallina advirtió la situación y empezó a cacarear escandalosamente. Enseguida pude advertir agitación en las cercanías; la alarma había puesto a toda la granja en pie de guerra.

Opté por una retirada estratégica y, suponiendo que ahora la mayoría de las aves vendrían a dónde yo había sido vista, di un rodeo buscando otro punto opuesto, con la esperanza de que estuviera despejado o, al menos, más accesible.

Varias gallinas habían llegado, y estaban registrando la zona, pero gracias a mis movimientos sibilinos no pudieron seguirme el rastro.

Cuando llegué a la zona opuesta, la encontré desprotegida tal y como esperaba. La distancia de planicie era mayor y era más arriesgado, pero no había nadie a la vista. Seguramente era una trampa. Me arrastré por el suelo, pasando lo más inadvertida posible. Me detenía cada pocos metros, asegurándome que no había nadie, usando el sistema de camuflaje de forma intermitente. Aunque, como había dicho, no contaba conque a plena luz fuera muy efectivo, no perdía nada por intentarlo. Quizá la hierba podía ser un fondo útil con el que mimetizarme; nunca lo había probado.

En cualquiera de los casos, ya fuera por mi experta pericia o porque no había nadie alrededor, llegué a la casa sin ningún problema. Forcé la ventana en completo silencio sin mucho problema, y me colé dentro.

Allí, todo era oscuridad. Estaba en una estancia cuyas ventanas estaban todas cerradas y la poca luz que entraba era por rendijas y grietas en estas. Huelga decir que la visión en escasa iluminación forma parte de mis mejoras, así que esto no fue un problema.

Antes de dar un solo movimiento, me quedé quieta, inspeccionando el lugar en busca de más amenazas y más gallinas ocultas, pero no parecía haber nada. De hecho, no oía ni un ruido en toda la casa.

Me encontraba en la planta baja de un caserío de dos, más un altillo. Sin embargo, mi objetivo estaba en algún lugar del sótano. Ahora, en la oscuridad, estaba en mi elemento. Me movía en el más completo sigilo, era una sombra entre las sombras, un mero susurro en el viento…

—Y entonces encontró la entrada al sótano. Puede seguir desde ahí si no le importa —dijo el escribano, interrumpiendo con educación, mostrando las pocas hojas en blanco que le quedaban.

(Continuará…)

Dibujo de portada  pertenece a jbrown67.

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