Testigo del fin

Pronto, todo rastro de la existencia de la especie humana habrá desaparecido y no quedará nada ni nadie que pueda siquiera recordarnos.

Apenas quedamos unos pocos supervivientes, y sólo para ser testigos de cómo la llama de una civilización de miles de años, llega a su fin de la manera más indigna y menos previsible que pudiera haber. Ninguna de las visiones, teorías o fantasías sobre el fin del mundo pudo prever la que, finalmente, se iba a alzar como la auténtica.

Nadie hubiera pensado que algo tan absurdo pudiera ocasionar tal daño a la humanidad. De hecho, al principio, nadie le prestó atención. ¿Cómo podíamos creer que acabaría de esta manera?

Tampoco supimos nunca de dónde vinieron, ni si era su intención acabar con la vida en nuestro planeta o si fue una consecuencia indirecta de su existencia.

Aquí estoy, atrincherado en mi ruinosa vivienda, rodeado por ellos, que asoman con su silencioso orgullo por cada rincón y grieta de una casa que amenaza con derrumbarse en cualquier momento. Todo gracias a ellos. Simplemente su existencia fue lo que condenó a todo nuestro planeta.

Al principio nadie se dio cuenta, y los que lo hicieron, no le prestaron ninguna atención. Otros, lo tomaban como una pequeña molestia que debían solucionar como cualquier otra labor casera de mantenimiento, porque los primeros sitios donde aparecieron estos pequeños invasores, fue en las construcciones. Aparte de esto, todos hacíamos una vida normal.

Pero no tardó en hacerse cada vez más evidente. En poco tiempo, no había país ni ciudad, que no contara con varios edificios infestados con esos malditos hongos y, por supuesto, las noticias se hicieron eco de ello, llamando la atención sobre algo que estaba a la vista de todos, pero que hasta el momento, habíamos ignorado.

¡Hongos! Algo tan simple e inofensivo, similares a los que podías encontrar en un supermercado, los que comíamos a diario, ahora crecían por todas partes. Paredes, techo, suelo, aceras, muros de iglesias… Podías señalar una vivienda al azar, y los tenía creciendo en mayor o menor medida.

Al principio, cuando los encontré creciendo en algunos rincones de mi oficina, culpé al servicio de limpieza por negligencia. Aseguraban que los habían quitado, pero que por lo visto, habían vuelto a crecer. Por supuesto, no les creí, y asumí que no los habían visto, y si lo hicieron, no los eliminaron.

Pronto me enteré que otros socios o clientes, estaban pasando por la misma situación. Bien ellos mismos, o sus limpiadores, aseguraban haberse deshecho de las setas para, en pocas horas, volver a encontrarlas en el mismo sitio, o incluso nuevos brotes en cualquier otro rincón. Lo mismo pasó en mi propia casa poco después. Aquellos asquerosos vegetales crecían una y otra vez, cada vez en mayor cantidad.

Poco podíamos sospechar que esto era el preámbulo de ciertos eventos, a cual peor, que culminaría con una auténtica pesadilla, un cuatro de Marzo.

Las conjeturas sobre su origen fueron múltiples. Humedad, el cambio climático… Lo extraño era que estaba pasando en todo el mundo, en países con diferente clima y temperatura. ¿Cómo podía ser? En cualquiera de los casos, nadie se alzaba con una respuesta plausible. Por supuesto, los medios se llenaban de conclusiones incuestionables y métodos caseros que aseguraban su efectividad… sin que nadie acertara con algo válido.

Algunos aseguraban que empezó antes, en zonas remotas donde pasó desapercibido, y que no fue hasta que ocurrió en zonas civilizadas, cuando nos dimos cuenta.

Los vídeos en youtube hablando sobre el suceso y su origen se disparaban, al igual que las noticias. Había teorías de todo tipo, desde una mutación en hongos comunes, hasta experimentos del gobierno, o un ataque terrorista. No faltaron las teorías magufas que aseguraban su origen extraterrestre, o un castigo de la madre naturaleza. Lo cierto era que nadie sabía nada y ningún organismo oficial podía arrojar luz sobre el asunto.

Estas despreciables… cosas, no solo se estaban apoderando silenciosamente de cada recóndito hueco del mundo y de nuestras construcciones, sino de nuestras vidas también, ya que se había convertido en el tema de conversación habitual. Lo más extraño era esa sensación de estar hablando de ellos, en su presencia. Cuando se hacía, muchos lo hacían hablando en voz baja, como si pudieran oírnos. Quizá lo hagan.

Frecuentemente he tenido la sensación de que me contemplan desde el silencio, que sus sombreros son ojos que surgen de las paredes para observar el mundo que les rodea. Especialmente ahora que mi casa está atestada por ellos, me siento rodeado por miles de ojos vegetales mirándome, esperando a que muera de inanición. ¿Qué puedo hacer? Los he intentado destruir cientos de veces, pero continuaban creciendo una y otra vez, como las cabezas de la hidra mitológica. Al final, me acostumbré a su desagradable presencia.

Día tras día, los pisos y edificios hospedaban un número creciente de pequeños hongos, que, sin dejar de crecer, en cuestión de semanas cubrían gran parte de las superficies, no solo por fuera, sino por dentro, en sus entrañas. Algunas viviendas, donde nadie ejercía un mantenimiento o cuidado, habían sido tomadas por ellos, causando daños irreparables en la estructura. El interior de los muros estaba saturado de ellos hasta lo inimaginable. Tal era la cantidad, que las ratas y cucarachas se habían visto obligadas a abandonar estas residencias, y las que no lo hicieron a tiempo, perecieron atrapadas entre las densas telarañas vegetales que se formaban.

Se descubrió que, a diferencia de los hongos normales, estos tenían raíces y crecían con fuerza, penetrando en cada resquicio que encontraban, creando aberturas y fracturas en las construcciones donde se desarrollaban. Eliminarlas se reveló como algo imposible. De estas raíces surgían unos filamentos diminutos se que aferraban al terreno con extremada fuerza, y por mucho que se intentaran quitar, siempre quedaba algo de lo que se generaban nuevas raíces, y de ellas, más setas.

Los equipos designados para eliminarlos no tuvieron mucho más éxito; ningún veneno o pesticida que se usó causó ningún efecto. Parecían inmunes a todo lo conocido. ¡Incluso se los había encontrado creciendo dentro de un reactor nuclear!

En cuestión de meses, la vida en todo el mundo había sido radicalmente alterada por los hongos. Definitivamente estaban tomando posesión de nuestro modo de vida. Se abrían paso a través de las superficies, destrozando baldosas, moquetas o cualquier material que se encontrara en su camino. Algunas instalaciones estaban acusando fallos y deterioros debido a los que crecían en su interior y las afectaba debido una fuerza basada en la masa. Los que crecían en las paredes de mi casa aprisionaron las tuberías del agua de tal manera que acabaron por hacerlas reventar. Los centros sanitarios, eran incapaces de tener áreas limpias e higiénicas, ya que todas las salas de operación tenían brotes. Eran millones de personas, en todo el mundo, las que reportaban problemas similares de un tipo u otro.

Que los expertos descubrieran, casi al principio, que estos hongos no correspondían a nada conocido, alimentaba las teorías del origen extraterrestre, cada vez más populares y ahora divididas en dos vertientes; ¿era un ataque extraterrestre o una simple casualidad el que cayeran en nuestro planeta?

Pero los que creíamos en las teorías sobre mutaciones y efectos de experimentos científicos seguíamos siendo numerosos, y muchos culpamos a los chinos de estar atacando el mundo occidental con técnicas químicas, pero ellos estaban sufriendo la situación de igual manera que el resto del mundo.

Ninguna explicación se alzaba como definitiva y la humanidad seguía en las tinieblas. Mientras tanto, poco a poco, nos acercábamos, sin saberlo, al fatídico cuatro de Marzo. Pero aún quedaban otras desgracias por llegar antes.

En menos de un año, todos los edificios estaban en mayor o menor grado tomados por las setas. Los neoyorquinos vieron con tristeza cómo su querida estatua de la libertad había sido devorada por ellos, así como las pirámides de Egipto y numerosos monumentos, patrimonios de la humanidad, a los que no se les había podido prestar atención, fueron eliminados de la faz de la tierra.

Como una especie de macabro adelanto de lo que iba a venir, las edificaciones más débiles y dañadas, se derrumbaron víctimas del daño que les causaban con el crecimiento inmisericorde de sus raíces a través de sus estructuras.

En este momento, es cuando nos dimos cuenta de la auténtica gravedad de la situación. Quienes podían, se mudaron a lugares más seguros, y los que no pudieron, se quedaron en sus hogares hasta que fueron desalojados y reubicados en zonas temporales. Algunos inmuebles, colapsaron y se derrumbaron por sorpresa aplastando a todos los que se encontraban dentro. Con los meses, se produjo un efecto dominó en el que el derrumbe de un inmueble causaba el mismo efecto en los que tenía alrededor, tan dañados que no pudieron soportar el impacto. Incluso las explosiones controladas ponían en peligro cualquier otra estructura cercana, y algunas ciudades tuvieron que ser evacuadas.

De repente, me di cuenta de que mi hogar se había convertido en una espada de Damocles que acabaría por destruirme en cualquier momento, pero no tenía a dónde ir.

Y mientras, seguía sin encontrarse una solución, ni un veneno, pesticida o solución permanente. Finalmente, se desarrolló en laboratorios un tipo de bacteria que podía eliminarlos, e incluso resultó efectivo. Con cierta lentitud, el virus acababa con los hongos. Se probó en Milán con bastante éxito, y en unos días, marchitaban y morían.

Por fin se había encontrado una cura.

O eso creímos.

Se distribuyeron las bacterias, se fumigó por todas partes y, efectivamente, al principio funcionó. Al principio.

A los pocos días, pudimos ver, horrorizados, que un nuevo brote, inmune a la bacteria, crecía nuevamente.

¿Quizá fuera esta bacteria la que hizo posible el principio del fin? ¿Lo que dio a lugar lo aquel cuatro de Marzo? Nadie lo sabe.

Las cosas cambiaron, con o sin bacteria… para peor.

Los hongos crecían en cualquier superficie y lugar; coches, barcos, aviones… todo era susceptible de desarrollarlos, y algunos vuelos sufrieron accidentes, con la muerte de sus ocupantes hasta que se cancelaron todos los vuelos. También algunos trenes o vehículos sufrieron accidentes similares, por deterioro de partes importantes. No hay que decir que todo esto estaba afectando seriamente a los servicios, por lo que las ambulancias eran cada vez menos frecuentes, la gente faltaba más al trabajo por no atreverse a desplazarse o falta de transporte público, o temían que su puestos de trabajo se desplomaran sobre ellos, si es que aún seguían en pie.

Por supuesto, esto afectaba también a todo tipo de servicios. Internet había sido cancelada hacía tiempo, y la única manera de seguir informado era mediante la televisión, en caso de que la electricidad seguía funcionando en tu hogar. Algunas centrales eléctricas habían quedado reducidas a escombros, y lo mismo con las de agua.

Lo peor fue que, entre esta falta de servicios se encontraban los de alimentación; no había manera de conseguir comida de la manera habitual. No tardó en darse casos de vandalismo. Al principio asaltábamos supermercados en busca de lo que pudiera quedar, o entre las ruinas de los que habían colapsado.

Los enfrentamientos se hicieron más comunes, y salir a por comida se convirtió en una lucha constante, que más de una vez acababa en sangre. Yo no salía a la calle sin mi escopeta, que tuve que usarla con más frecuencia de la que me hubiera gustado. Además, fortifiqué mi casa para evitar ataques, que también era algo cotidiano.

A estas alturas, aunque aún existían gobiernos buscando una solución, a nadie le importaba. Sobrevivir al día a día era mucho más importante que esos malditos hongos.

El mundo estaba sucumbiendo a un caos a nivel global y, poco a poco, nuestra sociedad iba apagándose, pero aún era Febrero. La auténtica pesadilla, estaba ya a la vuelta de la esquina. Si todo hubiera quedado como estaba, quizá algo hubiera podido hacerse. Algún nuevo sistema hubiera aparecido.

Pero no.

El cuatro de Marzo llegó, y con él… se abrieron las puertas del infierno.

Aún quedaban algunos medios informativos y electricidad que ponían al día de la situación. Cuando creíamos que nada podía ir a peor, lo hizo.

La noticia no fue que se encontrara el cadáver de alguien en su domicilio. Ni que la pobre chica que lo encontró entró en estado de shock, y psicológicamente afectada para el resto de sus días.

La noticia fue que el cadáver estaba infestado de setas que habían nacido dentro de él. Habían arraigado en sus órganos internos, en los pulmones, a lo largo de todo el sistema respiratorio y digestivo. Se habían abierto paso a través de su garganta hasta salir al exterior por boca, nariz y oídos, incluso rasgando tejido y piel. Por si esto fuera poco, las raíces hicieron con su cuerpo lo mismo que hacían con los edificios, destrozando en su crecimiento huesos, músculos y nervios. Todo ello mientras había estado vivo. Ahora que estaba muerto, continuaron creciendo por las cuencas de los ojos o cualquier otro orificio.

El pobre hombre murió por una mezcla de deshidratación, asfixia y con sus órganos destruidos.

Los expertos que habían estudiado el cuerpo, aseguraron que se debió a que había ingerido hongos. ¿Cómo puede sorprender esto? Sin comida, ni manera de conseguirla, el pobre desgraciado se vio obligado a comerlos, ya que crecían a su alrededor.

Más casos se dieron por todas partes, ya que multitud de personas también habían hecho lo mismo, y acudieron en pánico a los pocos hospitales que permanecían en pie.

En los siguientes días, aparecieron más víctimas, familias enteras, que sufrían dolores internos por las setas que crecían dentro de ellos y se abrían paso a través de la carne, creciendo también en sus pulmones sin dejarles respirar.

Afortunadamente, yo sentía tal repugnancia por estos vegetales, los odiaba tanto, que nunca jamás se me ocurrió comerlos. Solo pensarlo, me daban arcadas.

Entonces, se hizo público algo todavía peor; estos hongos que habían crecido en el cuerpo humano eran variantes nuevas y sus esporas podían proliferar en otros organismos vivos. En otras palabras, eran, desde cierto punto de vista, contagiosos.

Los doctores y enfermeros que habían atendido a los afectados no tardaron en manifestarlo ellos mismos, y los pocos que no lo hicieron renunciaron a sus puestos en el hospital, abandonando a su suerte a quienes allí dejaron.

Los casos se hacían cada vez más frecuentes. Una vez entraban en tu organismo, tardaban días en empezar a hacerse sentir, por lo que cualquiera podía ser portador.

Ahora, cuando salía en busca de comida entre algunas ruinas, si encontraba a alguien, nos apuntábamos desde la distancia; nadie se atrevía a dejar que nadie se acercara, y si lo hacías, disparaban sin preguntar. Si alguien quería asaltar tu casa, disparaba primero, acabando con sus ocupantes, antes de entrar.

En hogares que sospechaban que alguien podía estar criando los hongos, los tiraban de casa sin ninguna piedad. Una simple tos o un dolor muscular era síntoma suficiente para que tu hermano, cónyuge o hijos, te expulsaban por miedo a contagiarse.

Cientos de personas y animales, morían a diario, consumidos por estos hongos que crecían dentro de ellos, y se alimentaban de sus cuerpos, dejando jardines cadavéricos.

El gobierno intentaba mantener el control de una sociedad que ya no existía ni obedecía a nada que no fuera la supervivencia animal. Ni siquiera la policía, el ejército o los científicos, respondían a ninguna orden.

Los servicios cayeron definitivamente, dejó de haber comunicación. Las ciudades desaparecían poco a poco, mientras sus edificios se derrumbaban unos tras otros. Incluso me llegaron noticias de que las centrales nucleares de algunos países, al estar desatendidas, los hongos las habían destruido, liberando un apocalipsis nuclear. Cabía esperar lo mismo en el resto del mundo. La cuenta atrás hacia la extinción era ya un hecho inevitable.

A nadie le importaba ya el origen de los hongos. ¿Extraterrestres? ¿Mutación? ¿Cosa del gobierno? Daba igual.

Ellos esperan pacientemente, sin prisa, para reclamar el planeta cuando nosotros dejemos de existir. Todo vestigio de nuestro paso, nuestra historia, todo cuanto hemos hecho, eliminado como si nunca hubiéramos existido, para ser suplantados por… unos malditos e impasibles hongos. ¡Unos hongos miserables!

Mientras esperaba el momento de la extinción, yo me había convertido en una alimaña sobreviviendo como podía, rodeado únicamente de los futuros herederos del planeta. Me sorprendió la facilidad con la que había descendido de un ser civilizado, un ciudadano educado y formado, a convertirme en un salvaje, capaz de cualquier cosa con tal de sobrevivir un día más, pese a saber el destino que nos aguardaba.

Cada vez encontraba menos gente en mis incursiones, hasta no hacerlo en absoluto. Soy uno de los pocos supervivientes, que observa impotente la desaparición de nuestra especia. Atrincherado con esos odiosos hongos rodeándome, observándome desde todas partes. Agazapado en una residencia con demasiadas grietas como para mantenerse en pie. Si he de morir, prefiero hacerlo bajo los muros de mi casa. Prefiero la muerte rápida del aplastamiento.

Oigo las paredes crujir. Nubecillas de polvo caen en algunos sitios. La viga del techo cruje. Las columnas gimen bajo el peso de los hongos, lamentándose por el daño que le hacen, incapaz de seguir manteniéndose por más tiempo.

La promoción

Además de analizar cosas y cotillear cómo escriben los demás, también escribo mis propios cuentos. Muchos de ellos han sido publicados en este blog, pero es mucho mejor leerlos en su recopilación autopublicada en Amazon, al mismo precio que te cuesta un café, pero durando mucho más.

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