El árbol

Recuerdo aquel árbol en el centro del pueblo, grande y robusto, solitario en las afueras de un pueblo en la zona rural.

Ningún otro había crecido a su alrededor, ni tampoco ninguna planta lo había hecho, ni matojo ni siquiera una mala hierba. Todo el espacio parecía pertenecerle solo a él.

Sus ramas surgían gordas y poderosas y, aunque sus primeros tramos lo hacían buscando el cielo, no tardaban en torcerse y doblarse lejos de esa dirección, en formas bastante incómodas, incluso para un árbol, como si se negaran a apuntar hacia lo más alto y celestial. Había algo en las formas enrevesadas que me inspiraban algo oscuro sobre él, y no alcanzaba a saber qué. Me cautivaba, y los pocos días que había pasado en este pueblo de vacaciones, había pasado todos los días algún rato a observarlo extasiado. No es que me relajara o me gustara especialmente, porque lo cierto es que me generaba algo de inquietud. Pero esa ansiedad que me creaba sin motivo, me llenaba de curiosidad.

No solo todo tipo de plantas era incapaz de crecer a su alrededor, sino que incluso los habitantes del pueblo evitaban pasar cerca de él. Me parecía, a modo de chiste de interpretarlo, que el pueblo había crecido en dirección opuesta, para alejarse de él.

La gente evitaba pasar cerca de él, prefiriendo tomar un rodeo. La zona era perfecta para sentarse y disfrutar de su sombra, comer, o jugar los niños. Pero no venía nadie aquí. Pregunté a algunos locales sobre el árbol, pero me respondían, o me daban evasivas.

Tanto misterio a su alrededor hizo que se convirtiera en una pequeña obsesión, por supuesto. Mientras encendía otro un cigarro, lo observaba.

No me di ni cuenta a la velocidad en que me terminé ese primer cigarro. Y digo primero, porque le acompañó un segundo. Y un tercero. Y varios más. Uno daba paso a otro. No era el típico vicio, o esos momentos ociosos en los que uno no tiene donde meter las manos y llena ese vacío fumando. No.

Puede darme cuenta, de que era nervio. No sé cuánto tiempo pude pasar observando las formas del árbol. La manera tan siniestra en que sus ramas, gruesas y poderosas, apenas eran afectadas por el viento o la oscuridad de varios huecos que se habrían. Me quedé absorto en la contemplación, perdido en su misterio. En ese tipo de morbo extraño que hace que no podamos apartar la mirada de algo que, en el fondo, nos resulta desagradable. Ese árbol, era algo más lúgubre que nada de lo que había visto. Me recordaba a una de esas estaciones de metro olvidadas. Despertaba una parte primaria en mí, un miedo ancestral arraigado en lo más profundo de cada persona.

¿Por qué seguía eso ahí? Me pregunté. Si tan horrible era, si tan desagradables emociones provoca en la gente, de la manera en que me lo hacía a mí, ¿por qué no se habían deshecho de él?

La respuesta me vino sola junto a otro cigarrillo. El ser humano tiende a destruir aquello que teme, pero hay cosas en este mundo que prefiere no atacar, por miedo a las consecuencias. Ha debido de eso por lo que, durante años, la gente del pueblo ha mantenido intacta esa forma de flora deforme y angustiosa.

Cuando me dispuse a dejar el pueblo y seguir con mi camino, quise tomar una fotografía del árbol, para enseñarla a amigos cuando les hablara de él.

Eché una ojeada a la foto, para asegurarme de que había salido bien. ¡En qué mal momento lo hice!

La imagen que la cámara revelaba me causó tal terror que la solté por impulso. Ni siquiera el coste de ella y la posibilidad de que se hubiera roto me hizo dejar de pensar en lo que la foto revelaba.

Me costó esfuerzo y tiempo agacharme a recoger la cámara, y puedo jurar por lo más sagrado que si lo hice, fue por irme de allí cuanto antes, y no dejar la cámara allí.

No quise volver a mirar la previsualización de la foto. Inicialmente la quise borrar. Quise eliminar aquella pesadilla de cualquier objeto relacionado conmigo. Pero un segundo pensamiento me hizo guardarla. Era una prueba de que no estaba loco y de que no había sido un fallo mío, de mi vista o de cualquier otra situación.

Me dirigí a mi coche. Me senté al volante y encendí el motor.

Quizá fue el morbo, o la duda. Quizá fue el querer asegurarme de que había sido alguna alucinación transitoria, pero volví a mirar la foto.

No había sido un fallo de mi vista. Ahí estaba la imagen. Apagué la cámara, la lancé lejos de mí, y cayó a los pies del asiento del conductor.

Con las manos temblorosas, me encendí otro cigarro para calmar los nervios.

Unos golpes en la ventanilla de mi lado, me hicieron gritar por el susto.

Al otro lado, una señora muy mayor me hacía señales para que bajara la ventanilla. Lo hice.

—Ahora entiende porque todo el mundo odia ese árbol, ¿verdad?

No supe qué decir. Me limité a asentir. Y por fin, le pregunté:

—Pero, ¿por qué?… ¿Qué es eso? —le pregunté, con indicaciones ha la cámara.

—Antiguamente —comenzó a explicar la anciana—, la inquisición ahorcaba gente en ese árbol. Lo que ha sacado en la foto que ha hecho, son sus almas que se han quedado atrapadas en las ramas del árbol.

2 comentarios sobre “El árbol

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