El drama de Legolas

Pese a ser un día cálido, en la mente de Legolas era una noche fría y lluviosa.

Le habían convocado a un concilio en casa de Elrond, para un asunto sobre un anillo y el resurgir del temido Sauron. En realidad, no le importaba nada de todo aquel asunto. Sus pensamientos estaban en otro mundo.

No podía dejar de pensar en cuan marginal se sentía de la banda a la que iba a acompañar. Con sus ojos de elfo, miraba a todos los allí reunidos avergonzado. A su juicio, tenían un aspecto majestuoso, divino, vedado por siempre para su raza. Todos ellos poseían algo que había deseado desde siempre.

Barbas. ¡Barbas! Solo podía pensar en todas aquellas maravillas pilosas.

El enano, con sus maneras toscas, lucía una frondosa, sana, bien cuidada, digna de un rey de reyes. Los humanos, en cambio, apostaban por un estilo corto, un poco descuidado, dotándoles de un aspecto canalla. La de Gandalf… oh, ¿qué se podía decir de la suya? Ni siquiera la belleza del idioma élfico era capaz de expresar sus emociones al contemplar la maravilla capilar del mago gris, la densidad, tamaño, canas… Solo el cabello del mismísimo Elrond, brillante, hidratado y sedoso, podía compararse al vello facial de este hechicero. Pero incluso en ese caso, solo era una simple cabellera.

Legolas se sentía orgulloso del cutis de porcelana que le caracterizaba, rival de las mejores sedas de Lothorien, pero sin un pelo en la faz para mesarla, decorar con anillos o hacerse trenzas, carecía de sentido. Oculto tras una fachada de falso orgullo, era un paria, un bastardo capilar. ¿Cómo podía siquiera plantearse acompañar a seres tan maravillosos, formar parte de esa comunidad? No le aceptarían entre ellos. Maldijo su sangre inmortal.

Cuando terminó la reunión, corrió a sus aposentos a llorar desconsolado, abrazado a su unicornio de peluche. Entre llantos, clamaba poder tener barba. Haría cualquier cosa por conseguirla; suplicó a todos los dioses por ella.

Tras horas de llantos desconsolados, un fulgor blanco, surgido de un rincón del techo, interrumpió sus juramentos. Legolas observó, con curiosidad, la misteriosa luz, cada vez más intensa por momentos. De ella surgían las voces de los Valar, recitando cánticos jamás escuchados. Sus versos le animaban, le decían que había un elfo barbudo en su interior, esperando a ser liberado si realmente lo deseaba. Le aseguraban ser el creador de un nuevo linaje élfico, con los carrillos poblados por un cabellos como no habría otra igual.

Legolas lo ansiaba con todo su corazón y no dudaba en aceptar cuanto los Valar le pidieran. Uno de ellos le tendió una navaja forjada en la luz del inicio de los tiempos. Al principio, no lo entendía, pero enseguida vio claro su destino. Solo pensarlo, le aterraba. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Era tal el deseo por cultivar su mentón?

A la mañana siguiente, la comunidad del anillo estaba lista para partir. Cuando apareció Legolas, todos le miraron en silenciosa sorpresa.

Nadie dijo nada, pero todos comprendieron. Aragorn intercambió miradas con Boromir. Gimli dejó escapar una gran nube de humo con admiración. Ni siquiera Gandalf pudo ocultar una sonrisa de respeto. Tras unos segundos, todos ellos asintieron con aceptación.

El elfo lucía una frondosa barba como el ónice, ondeando al viento libre, orgullosa, sana, brillante. La acariciaba lentamente, entrelazando sus dedos por entre los filamentos, disfrutando de cada sensación.

No importaba de dónde la había sacado; era uno de ellos. Ahora, Legolas formaba parte de una auténtica hermandad de aventureros.

No esperaron a despedirse de Elrond para partir, pues sabían que no se dejaría ver. Pasaría mucho tiempo hasta volver a ser visto. Por lo menos, hasta conseguir una buena peluca.

La promoción

Si te ha gustado esta historia, no la encontrarás en mi libro, recopilación de varios cuentos, pero hay otros que, seguro, no has leído.

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