Caperucita Feroz

Urora era una mujer anciana. Desde hacía años, encontraba molesta la vida en la villa y no acababa de asumir la forma en que las nuevas generaciones vivían su vidas y descuidaban los valores tradicionales. Así que, más fuera de lugar que dentro, había decidido retirarse lejos de ese caos, a vivir como una ermitaña en las inmediaciones del bosque, en paz y tranquilidad en su burbuja de recuerdos de tiempos mejores, con unos valores más cívicos que los actuales.

Esculda, su nieta, era una buena chica, pero con la cabeza en el lugar equivocado, tal y como Urora lo veía. Por eso, cada vez que podía, intentaba dirigirla por el camino correcto, y recordarle los valores y puntos de vista que habían sido sus guías en la juventud.

Esculda, como todos los domingos, la visitaría para llevarle algunas pocas cosas que la mujer necesitaba. Lo hacía siguiendo el camino que bordeaba el bosque, tal y como todo el mundo hacía: «No te salgas del camino, no te internes en el bosque», le decían siempre que iba a visitar a su abuela.

Ella entendía en cierto modo porqué su abuela se había instalado tan cerca del bosque, siendo que la mayoría de la gente precisamente lo evitaba en lo posible. Solo los leñadores se internaban en él para talar árboles, o unos pocos cazadores se internaban en él en busca de caza, pero siempre siguiendo el camino que lo cruzaba.

Esculda sentía una cierta atracción por ese bosque, que no llegaba a entender. Ejercía un encanto sobre ella, y le gustaba caminar por sus cercanías. A veces, se acercaba en el límite, y se pasaba horas sentada, observándolo, esperando a ver… no sabía bien qué, pero lo sabría en cuando lo viera. El bosque tenía algo que la atraía. Sus cientos de árboles, algunos torcidos, otros rectos, las ramas cruzándose, aquellos matojos y hierbas creciendo sin control, y toda la vida salvaje que acogía… Para ella, en el bosque no había otra cosa que tranquilidad y silencio. Y caos… Un bendito caos que contrastaba con el orden y leyes rígidas inquebrantables que regían su vida y la de su pueblo.

Pero la gente estaba siempre advirtiéndola y aconsejándola, más bien ordenando, que tuviera cuidado, que no se acercara tanto, que no se alejara del camino, que no debería ir sola… Era un lugar del que todo el mundo hablaba y contaban leyendas sobre criaturas extrañas y monstruos. Unas historias acababan con la desaparición del protagonista, y otras con que alguien mataba a algún monstruo. Esculda, en cambio, no veía que el bosque pudiera ser tan peligroso.

En parte, por eso le gustaba ir a casa de su abuela, para poder alejarse un poco de los consejos de la gente e ir cerca del bosque. A ella le fascinaba ese lugar dejado por la mano de la gente. Mientras que su abuela, sencillamente se había alejado del pueblo para encerrarse en su propio mundo.

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The company of wolves (1984)

¿Cómo un lugar como este podía despertar tanto miedo en la gente? Estaba claro que si te perdías en él, lo ibas a pasar muy mal, y eso hacía que los pueblerinos sintieran temor por él. También es posible que pudieran atacarte algunos animales salvajes, como lobos u osos. Pero… aparte de eso ¿qué más puede tener de malo un bosque? Seguramente esos mismos animales pensaban lo mismo de la gente: «no entres en el poblado, hay humanos salvajes, te matarán…». Aunque, para ser francos, los animales no necesitaban salir del bosque para ser cazados.

Muchas veces estaba tentada a salir del camino, entrar en el bosque y perderse en él. Pero, más que miedo de no poder volver a salir, lo que temía era que alguien pudiera verla, decírselo a su madre y que esta la castigara. O lo que era peor; que en el pueblo la consideraran loca; la loca que camina por el bosque, la loca que hace cosas extrañas. La loca que se sale del camino.

Así estaba ella, plantada justo al borde del paso, como otras tantas veces, hipnotizada por el encanto de lo indomable. Frente a ella, el bosque; silencioso y tranquilo. Si daba un paso, solo uno, estaría en él.

—¿Por fin te has decidido a entrar? —dijo una voz.

Inmediatamente, y con temor de que alguien del pueblo la hubiera seguido, buscó el origen de la voz.

Casi frente a ella, una loba había salido de entre los arboles y la miraba tranquilamente, con lo que parecía una sonrisa dibujada en su hocico.

Inicialmente, el susto al ver al animal le hizo olvidarse de que alguien le había hablado. Se quedó paralizada del miedo sin saber que hacer.

—No voy a comerte. No tengas miedo —dijo la loba con voz tranquila, y se sentó sobre sus patas traseras.

Esculda se quedó atónita.

—Te he visto otras veces quedarte mirando el bosque, queriendo entrar, pero nunca lo haces. ¿Has decidido hacerlo hoy? —repitió la loba.

— ¿Puedes hablar? —preguntó la joven sin prestar atención a lo que había dicho.

—Claro.

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—No sabía que los lobos pudieran hablar —la verdad es que nunca en su vida había visto un lobo o, en este caso, una loba, y menos tan de cerca. Todo lo que sabía de ellos es por lo que le habían contado y, por lo que la gente decía, eran criaturas malignas sedientas de sangre—. ¡Pero si todo el mundo sabe que los lobos no hablan! —recordó de golpe.

—En realidad, la gente no sabe muchas cosas. También eligen ignorar bastantes e inventan muchas. A los humanos no os gusta lo que desconocéis, así que esos huecos los rellenáis con vuestras fantasías. Mayormente vuestros temores. ¿A dónde vas, tan cerca del bosque y sola? —preguntó en un cambio de tema.

—Voy a casa de mi abuela, que vive en las afueras del pueblo, cerca del bosque.

—Ah, sí. Esa casa. Si sigues el camino marcado llegarás a ella, aunque eso ya lo sabes. Pero si me preguntaras como llegar a casa de tu abuela, podría indicarte un camino a través del bosque mucho más interesante.

—No puedo. Mi madre me ha prohibido ir a través del bosque.

—Querrás decir que te ha prohibido salir del camino.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

Pese a que la loba la atemorizaba, había algo en su naturaleza que la embrujaba. Y tampoco parecía muy peligrosa después de todo.

—Si quieres, puedes acompañarme por el camino —dijo Esculda para su propia sorpresa.

—Gracias, pero los caminos son para los humanos. No está en mi naturaleza seguir ninguno. A vosotros, en cambio, os gustan, os gusta saber a dónde vais a llegar antes de comenzar un viaje. Por eso, si le preguntaras a un animal como llegar a un sitio, siempre te llevará a través del bosque.

—No entiendo el problema de saber a dónde voy a llegar. A lo mejor eres tú la que tiene miedo de seguir un camino porque eres un animal salvaje —acusó Esculda.

—Quizá tengas razón. Pero, ¿soy un animal salvaje porque vivo en el bosque, o vivo en el bosque porque soy un animal salvaje? ¿O quizá me convertí en animal salvaje al elegir vivir en el bosque? ¿Eres tú humana porque vives en el pueblo? Realmente, no importa. Lo que importa es que sé cual es mi sitio, y estoy donde pertenezco.

—Yo también sé a donde pertenezco —protestó Esculda.

—Solo digo lo que pienso —dijo la loba con una sonrisa de niño travieso—. Me gustaría escuchar lo que piensas tú

—Pues pienso que lo que dices no es cierto —protestó Esculda—. Por ejemplo, hemos aprendido a domesticar a los perros. Los perros son lobos domesticados al fin y al acabo —dijo la joven con orgullo.

—Los perros no son lobos. No puedes domar algo salvaje sin destruirlo. Un perro es una fracción de naturaleza destruida y añadida a vuestra conquista por el orden. Nuestra naturaleza salvaje es lo que nos hace ser lo que somos.

—Creo que prefiero seguir por el camino para llegar a casa mi abuela —respondió Esculda, en un intento de terminar la conversación.

—Como desees —respondió la loba otra vez.

La joven se alejó por el camino a paso ligero.

La loba la observaba alejarse. Rió para sí misma y se internó en el bosque.

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El camino se le hizo más largo de lo normal, pero en todo él estuvo dándole vueltas a lo que la loba le había dicho. Era un galimatías sin sentido. Los humanos no destruían nada, solo lo hacían más seguro y confortable.

Bueno, es posible que para levantar el poblado hubieran tenido que talar unos cuantos árboles, y más que seguían talando, pero era necesario para conseguir leña y materiales con los que hacer herramientas, más casas, carros… Y los perros, eran felices sirviendo a sus amos. ¿Qué problema había en domesticarlos? Ahora tenían una casa, alguien que los cuidaba y alimentaba. No sabía que había de malo en eso.

Siempre y cuando se comportaran bien, por supuesto. Recordaba como algunos cazadores castigaban con severidad a sus mastines si estos no obedecían. En su opinión eso le parecía algo cruel…. Pero…

En este punto, se esforzó por pensar en otra cosa. Como en el fuego de la casa de su abuela o las historias que ella le contaba. Historias de tiempos pasados, más romanticos y hermosos. De cómo la gente vivía hacía años, como se hacían las cosas en sus tiempos… y esto la llevó a acordarse de que su abuela le preguntaría cuándo se iba a casar, cuándo iba a darle bisnietos, que a su edad, su abuela ya estaba casada y llevando una vida decente. También la recriminaría por no ser como su abuela creía que debía ser. No es que tuviera prisa ni ganas reales de casarse, pero cuando esto pasara, pensó, incluso su madre tendría extremo cuidado de con quién se iba a casar. Ni si quiera en elegir un marido tenía Esculda libertad para decidir.

«Sé una buena chica», decía todo el mundo. Es lo que le dicen a los perros cuando hacen lo que se espera de ellos.

Parecía que la loba estaba en lo cierto, todo el mundo se esforzaba por tener el control de todo y todos.

Volvió a sacudirse esas ideas de la cabeza. ¡Que sabía un animal salvaje del mundo de los humanos!

Se esforzó en pensar en otras cosas, algo totalmente distinto. Se preguntó qué habría más allá del bosque y del camino. Nunca había salido de su pueblo y lo poco que conocía del resto del mundo, era por rumores. Más allá podría haber cosas con las que nunca había podido imaginar, pero que quedaban fuera de su alcance.

En esos pensamientos estaba, imaginando como sería el resto del mundo, cuando, sentada en el camino, encontró a una cazadora. La mujer, algo mayor que ella, pero aún joven, la saludó a su paso.

—Buenos días, Esculda —dijo—. ¿vas a llevarle comida a tu abuela?

—Sí, doña Verdandia —se limitó a responder con el debido respeto a la edad.

—Muy bien. Buena chica.

Esculda continuó caminando pero Verdandia, volvió a hablarle.

—¿Sabes? Es peligroso para una chica tan joven caminar por aquí y sola. Debería haberte acompañado alguien.

—Muchas gracias, pero no me pasará nada. He hecho este camino muchas veces —respondió.

—Podría asaltarte un lobo o un oso en cualquier momento. Si quieres puedo ir contigo —dijo enseñándole su ballesta.

«Ya ha aparecido y no me ha hecho nada», pensó Esculda.

—No se hable más; te acompañaré —dijo poniéndose en pie, decidida a escoltarla–. Conmigo a tu lado, no te pasará nada.

—¿Por qué debería pasarme algo malo? Solo es un bosque.

—Un bosque lleno de peligros, Esculda.

—Yo no veo ninguno.

—Eso son los peores, los que no podemos ver.

Esculda pensó que la gente del pueblo siempre tenía miedo a cosas que no podían ver, monstruos escondidos en rincones. Más bien, parecía como si la gente tuviera miedo de los monstruos que ellos mismos se inventaban.

Sin poder desembarazarse de la cazadora, Esculda caminó el resto del camino con ella, mientras esta le daba consejos, sobre que debía casarse, como había hecho ella, y que le recomendaba a su hijo, un joven fuerte y sano. La joven, apresuró el paso para llegar en cuanto antes.

Un rato después, que a ella se le hizo eterno, llegaron a la casa de su abuela.

—Muchas gracias por acompañarme —mintió la joven—. No quiero entretenerla más antes de que se haga oscuro.

—No hay de qué. Saluda a Urora de mi parte. Y escucha a tu abuela; es una mujer sabía que conoce la importancia de las tradiciones.

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Esculda suspiró con alivio cuando la cazadora se hubo largado. Ahora, se encaró a la puerta de su abuela, y dudó un poco en llamar a la puerta. Parecía que todo el mundo tenía algo que decirle, y no estaba muy segura de si quería escuchar la parte de su abuela, porque se la sabía de memoria.

—Abuela, soy yo, Esculda —llamó.

Nadie contestó. Volvió a insistir, con idéntico resultado.

Era muy raro.

Decidió asomarse a la ventana a ver si podía ver a su abuela, quizá estaba durmiendo o le había pasado algo, y descubrió, con terror, que la ventana estaba destrozada.

Dentro, la loba estaba sentada tranquilamente en el suelo junto al fuego, y no había rastro de su abuela, excepto el camisón destrozado y sus lentes.

—Pese a haber tomado el camino más rápido, has tardado bastante —dijo la loba en cuanto la vio.

Esculda, llevada por la emoción del momento, saltó al interior por la ventana, sin dar crédito de lo que había pasado.

—¡Abuela! ¡Abuela! —llamaba, sin querer aceptar la verdad.

—Puedes llamarla hasta que te canses, pero no contestará.

—¡La has matado! —le acusó la joven.

—Tenía que hacerlo.

—¿Tenías que hacerlo? —exclamó— ¿Por qué?

—Para liberarte, por supuesto. Estabas apunto de pasarte horas escuchando otra vez todas sus historias y quejas sobre la gente de hoy día, sobre ti… Estarías horas dándole escusas sobre porqué vives como vives y no como ella espera que lo hagas. Volvería a aleccionarte sobre como debes ser una buena chica. ¿De verdad querías hacer eso?

—¡Eres una asesina!

—Llámame como quieras pero, en el fondo, te sientes liberada —dijo con orgullo. Luego cambió a una expresión de abatimiento y añadió—. Pero si tanto la echas de menos, solo tienes que esperar unos años. Entonces tu madre se convertirá en ella y tú… en tu madre.

—Debería matarte ahora mismo.

—Hazlo. Mátame; «Sé una buena chica».

Pero, por algún motivo, Esculda no podía matarla.

En el fondo, en esa parte oscura que ella había escondido toda su vida, incluso de sí misma, se sentía liberada. Y al mismo tiempo se sintió mal consigo misma.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? —exclamó una voz desde la ventana, sacando a Esculda de sus pensamientos.

Verdandia, al oír los gritos de Esculda, había vuelto, y ahora estaba asomada a la ventana. Sus ojos recorrían la estancia, pasando de la loba a la ropa de la anciana y seguidamente a la joven, que estaba frente al animal.

—¡No temas niña! ¡No te muevas!

La cazadora comenzó a golpear la puerta con todo su peso, una, dos y hasta tres veces, cuando la puerta saltó de sus bisagras y se desplomó. Con la ballesta en la mano, entró por la puerta despacio, en movimientos suaves con intención de no asustar a la loba y hacerla reaccionar.

El animal, se alzó en sus cuatro pasas, gruñendo y mostrando una dentadura enorme.

—Sé una buena chica y ponte detrás de mí ¡Rápido! Yo te protegeré, sé lo que tengo que hacer —ordenó la cazadora.

—No necesito que me protejas —replicó Esculda—. No le tengo miedo.

—¡No discutas y haz lo que te digo!

Los gruñidos de la loba llamaron la atención de la joven, y entonces la vio como no la había visto hasta ese momento. Si en todo el día, se había comportado de forma tranquila con ella, ahora, todo su pelaje estaba erizado y se movía lentamente frente a la cazadora, lista para el ataque.

Aunque Verdandia tenía el aspecto de toda una autoridad, con movimientos calculados, su técnica y armada con la ballesta, no era nada comparada con la imagen de la loba, que había cobrado su naturaleza depredadora. Sus patas, grandes y musculadas, tenían la potencia suficiente para poder saltar sobre su presa mejor. Los ojos eran grandes y fieros, fijos sobre la cazadora, para controlarla mejor. Y su boca era enorme, con dientes afilados, para devorarla mejor.

La mano de la cazadora tanteaba el carcaj en su espalda, tomo una saeta y la cargó en la ballesta.

Entonces, algo la golpeó en el hombro. Cuando miró, encontró una de sus saetas clavada en él. Sin creer lo que veía, miró a Esculda. Esta, la miraba fijamente, con una expresión severa.

—¿Pero…? —dijo, pero no tuvo tempo de decir más, porque la joven se abalanzó sobre ella y le apresó el cuello con ambas manos con toda su fuerza.

Las dos cayeron al suelo, forcejeado, con Esculda encima, apretando con todas sus fuerzas el cuello de la cazadora. Verdandia intentaba liberarse de la presa sin conseguirlo, por todo el suelo de la cabaña

Apretó y apretó. La resistencia de Verdandia era cada vez menor, sus gemidos desaparecían conforme su vida se extinguía, hasta que la mujer dejó de resistirse y quedó inerte.

Esculda se detuvo. Contempló el cuerpo muerto de la cazadora. Nunca había sentido su pulso tan acelerado, el corazón golpeando amenazando con escapar del pecho. Se frotó la cara, en un intento de relajarse y recuperar la respiración.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó la loba.

—Estaba harta. Harta de que me dijera lo que tengo que hacer. De seguir sus normas. De recibir órdenes. Harta de gente que te impone ser como ellos mismos, llevar su misma vida. Quería acabar con todo. No podía soportarlo más.

La loba sonrió. Lentamente se encaminó a la ventana.

—¿Vendrás ahora conmigo?

—No lo sé. Debo pensar.

—Como desees —respondió.

—¿Vas a salir por la ventana? Puedes salir por la puerta; está rota.

—Solo los humanos usan puertas en el bosque —y saltó por la ventana.

Esculda se quedó sola en la choza.

Con sus ojos grandes, observó la ropa de su abuela, lo único que quedaba de una mujer que solo vivía para recordar un mundo pasado. Ya no volvería a imponer costumbres anticuadas sobre tiempos nuevos. Vio a la cazadora muerta. Alguien que era una autoridad en el bosque, alguien que vivía según las normas actuales. Tampoco podría imponérselas.

Ahora, ella debería decidir qué normas seguir y cúando hacerlo.

Fuera, estaba la loba. Quizá quizá la esperaba o quizá se había ido. La naturaleza era así de imprevisible.

Se dio cuenta de que ahora sus manos eran ahora más grandes y fuertes. Se puso en pie y se rasgó la ropa. Lanzó al fuego los girones de la capa roja, el vestido blanco, los zapatos y quedó desnuda.

Caminó hasta la ventana y saltó por ella.

Cayó al exterior sobre sus cuatro patas. Olisqueó el aire con su hocico. Sus dientes eran ahora también más grandes, con los que podría alimentarse mejor. Todo era diferente ahora. Rasgó la tierra con las garras y la sintió como nunca la había sentido antes. Su cuerpo estaba cubierto por un pelaje denso y grueso.

Fuera, entre los árboles, podía ver a la loba, esperándola. No estaba sola.

—No estaba segura de si me esperarías —dijo ella.

—Llevamos años esperándote —respondió.

Esculda aulló al bosque. El bosque entero aulló con ella.

 

I, I wish you could swim
Like the dolphins, like dolphins can swim
Though nothing, nothing will keep us together
We can beat them, for ever and ever
Oh we can be Heroes, just for one day
–Heroes, David Bowie
the-company-of-wolves-1024.jpg
The company of wolves (1984)

Las imágenes pertenecen a sus autores/as

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3 comentarios sobre “Caperucita Feroz

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