El Ritual

Este es un relato que escribí cuando vivía en Glasgow. Lo he revisado pero sin hacer grandes cambios. Prefiero dejarlo como era originalmente, aunque, eso sí, con correcciones menores de ortografía y tal. Para los escritores que os preguntáis de dónde sacar las ideas, y todas esas cosas, la idea se me ocurrió en el retrete, haciendo cosas cotidianas.

 

En la cueva, excavada en lo hondo de unas catacumbas, reinaba la oscuridad excepto por unas pocas antorchas encajadas en los muros. La ondulante luz naranja iluminaba parcialmente el círculo de acólitos que se encontraba rodeando el altar de sacrificios sobre el que yacía la virgen desnuda dedicada al ritual.

Los acólitos iban ataviados con túnicas que habían sido conseguidas de lugares extraños. Llevaban brazaletes forjados en hierro, colgantes con símbolos rúnicos y unas cofias a modo de sombrero con velo que les escondía la cara y garantizaban el anonimato.

Los cánticos profanos, viejos como sol, enmudecían el “plip – plip” constante del goteo de la humedad que se filtraba por la piedra del lugar.

La joven, atada al altar de pies y manos con unas cadenas, apenas podía moverse debido a una droga que le habían proporcionado.

En un rincón, múltiples objetos habían sido dejados después de su uso; libros, piedras, una jaula con animales muertos y la figura rota de un Santo estaban ahora amontonados.

Poco a poco, los acólitos elevaban la voz de los rezos y, de forma rítmica, una fuerza misteriosa empezaba a sacudir la gruta. Una presencia de otro mundo se filtraba en este gracias a las palabras que no deberían ser pronunciadas, los símbolos que no debieron ser dibujados y otras cosas que tampoco deberían haberse hecho.

Una neblina violeta se hacía cada vez más densa y visible. Se arremolinaba y formaba tentáculos que se agitaban espasmódicos alrededor de la chica, acariciando sus curvas y penetrando en ella por nariz, orejas, boca y cualquier otro orificio.

Entonces, comenzó a agitarse y sacudirse, intentado resistirse a la profanación no solo de cuerpo sino de su alma. Un ser de otro plano estaba tomando posesión de ella conquistando cada célula y pensamiento uno a uno.

Los cánticos subían de volumen, en parte para silenciar el “plim – plim” tan molesto, pero especialmente para fortalecer el conjuro.

Sin aviso, todo cesó. La bruma desapareció completamente dentro de la virgen y la presión en el ambiente desapareció.

El que parecía ser el Maestro de ceremonias, se acercó a la joven, sacó una daga de su manga y le cortó la garganta sin ninguna ceremonia adicional. La sangre manaba como una bota de vino rota, llenando un cáliz de bronce hechizado con grotescos símbolos que había sido depositado para recogerla.

—Ahora Hermanos, beberemos esta sangre y el poder que el gran demonio Harauabaqoshg ha tenido a bien concedernos pasará a nosotros, nos hará seres superiores y seremos capaces de aplastar a nuestros enemigos. ¡Que nuestros enemigos maldigan este día!

Dicho esto, dio un largo sorbo de la sangre aun caliente y se la pasó al Hermano que tenía más cerca.

—Yo, es que… Soy vegetariano —dijo, rechazando el cáliz.

—¿Qué?

—Que soy vegetariano. No como ni bebo nada de animal. Huevos tampoco. Bueno, soy un poco vegano y no me sentiría bien bebiendo sangre de persona. Pero no te preocupes, tu sigue que yo miro y no molesto.

—Bueno eh… Supongo que está bien, no pasa nada. ¿Alguien más es vegetariano o vegano?

Un par levantaron la mano tímidamente

—Bueno, pues vosotros poneros ahí y vais barriendo.

—Perdona —dijo otro— , yo no soy vegetariano ni quisiera molestar, pero es que me preocupa un poco las enfermedades. Por cosas así empezaron el SIDA y el ébola. Prefiero pasar, si no te importa. Hago como que bebo, por no cortar el rollo, pero nada más, ¿vale? – dijo y le pasó el cáliz al siguiente.

—Yo es que ya he cenado, pero gracias ¿eh? —se disculpó un tercero.

—Si no te molesta, preferiría mojar un poco con pan, en vez de beber así sin más. Unas bravitas o unos montaditos no estarían de más, la verdad.

—Maestro, ya que estamos con cosas, preferiría usar pajita para no beber de dónde estos —dijo otro con la mano en alto.

—Yo he traído unos cacahuetes para picar – aportó otro.

—Pero se supone que ya sabíais a lo que veníais —dijo el Maestro, confuso—. No entiendo a qué viene ahora tanto remilgo.

—Eh, que yo me he traído el pan de casa. Preparado estaba —dijo con la boca llena y escupiendo migas por todas partes.

—Nosotros es que estamos en esto por lo típico. Las orgias, sociabilizar, ir de antisistema y tal. Pero es que beber sangre es un poco friki. Pero que no pasa nada, vosotros seguís y nosotros vamos limpiando. ¡Enciende la luz Demetrio, que no veo nada y me voy a dar en el “deo” chico!

—Bueno a ver, entonces ¿cuántos estáis aquí en serio? Pues seguimos con lo nuestro. ¡Y tú, deja el puto móvil, caramba!

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